La evolución de las palabras a lo largo del tiempo no afecta solo a los sonidos que las forman, sino muy especialmente a sus significados. Estos cambios de sentido obedecen principalmente a dos mecanismos semánticos: la metáfora y la metonimia. La metáfora consiste en dar a una cosa el nombre de otra que se le parece, como cuando llamamos “cuello” al estrechamiento de la parte superior de la botella porque nos recuerda al cuello del hombre y los animales. La metonimia, por su parte, consiste en dar a una cosa el nombre de otra cuando ambas se encuentran asociadas por proximidad, dependencia, causalidad y otras relaciones. Así, podemos llamar “cuello” a la parte de algunas prendas de vestir que cubre el cuello.

Metafora-metonimia

El mecanismo de la metonimia es sumamente variado: “las canas” es un modo de nombrar la vejez; “la Casa Blanca”, el gobierno norteamericano; “una copa”, su contenido; “el cuero”, el balón de fútbol; “un Picasso”, un cuadro de este pintor; “el primer violín”, el violinista principal de la orquesta. Esta variedad da lugar a cambios de significado tan imprevisibles, que a menudo un par de palabras etimológicamente emparentadas resultan disociadas sin remedio en la mente de los hablantes. La tarea del etimólogo será entonces remediar esta disociación.

CaderaVoy a ilustrar lo anterior con dos casos curiosos. El primero es el de las palabras cojo y cojín, cuya semejanza fonética es evidente pero que tendemos a interpretar como mera casualidad. Pues no, la relación existe y se remonta al latín, donde coxa es el nombre de la cadera. Esto explica, por ejemplo, que a la artritis dolorosa causada por la infección de la cadera la llamemos coxalgia. Por asociación de la dificultad para andar con una de sus causas (precisamente el fallo de la cadera), el latín vulgar creó la palabra coxus, de donde procede cojo. Y de la misma raíz latina está formado el nombre del almohadón que usamos para apoyar la espalda, pero que originariamente servía para sentarse, es decir, para apoyar la cadera: el cojín, cuya relación con esta es de proximidad.

cojin

El segundo caso relaciona dos palabras que en la escuela aprendisteis a distinguir por su ortografía: azar y azahar. La lengua de origen es aquí el hispanoárabe, donde zahar (del árabe clásico zahr) significa genéricamente ‘flor’. Dando a la especie el nombre del género (otra vez la metonimia) y añadiendo el artículo árabe (cuyas variantes son al- y a-), se creó el nombre de cierta flor blanca: la flor de azahar.

Azar-azahar

Pues bien, resulta que la palabra árabe zahr, ‘flor’, adquirió, también por metonimia, los significados de ‘dado’ y ‘cara desfavorable del dado’, ya que existía un juego de dados en el que perdía quien sacase la cara marcada precisamente con la figura de una flor. Por influjo de la lengua y cultura árabes, a este juego se le llamó en castellano azar, algo así como ‘el juego de la flor’. Y a partir de tal significado, por nuevas metonimias, la palabra fue adoptando los de ‘lance desfavorable en el juego de los dados’ (siglo XIII), ‘mala suerte, desgracia, riesgo’ (siglo XVI) y finalmente ‘casualidad, caso fortuito’ (siglo XVII), que es su sentido moderno. Pero para cuando se llegó al final de este sorprendente viaje semántico, la “flor” original ya estaba, como quien dice, marchita. Solo la etimología es capaz de despabilarla un poco.

Profesor LÍLEMUS

[Para mi amigo Jaime, a quien operan en breve de la “coxa”, para que lleve con paciencia la consiguiente “cojera” y no deje de reposar en un “cojín”]

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