Cuando el alcalde mandó pintar en la calzada un paso de peatones, los lugareños se sintieron extraños. Después de años de moverse libres por la calle, no solo se les ordenaba atravesarla por un lugar preciso; lo peor era la sensación de verse tratados como peatones. En el vecino Café de la Libertad alguien llegó a decir que es el conductor –así, en singular- quien acorrala hasta la acera al hombre y lo convierte en peatón. Pero lo cierto es que los conductores, movidos por el bien común, aprendieron a circular con precaución al llegar al paso pintado, así que los peatones quedaron conformes.

paso-de-peatones-senalPasados los días, un automovilista distraído provocó un atropello, y la preocupación de los peatones enfrentó al alcalde con el problema. Sabiendo que sus agentes no estarían presentes cada vez que un coche se acercara al paso, mandó colocar una señal de advertencia con la imagen de un peatón en el acto de cruzar. Esta escueta información, dirigida a la voluntad de los conductores a través de su inteligencia, le pareció suficiente para lograr que eligieran circular con prudencia.

paso-de-peatones-prohibicionPero el exceso de velocidad provocó un segundo atropello. El alcalde mandó entonces añadir otra señal que prohibiese circular por encima de los 20 km por hora. A su parecer, esta razonable combinación sería bastante. En la tertulia del café alguien comentó que las prohibiciones -también las obligaciones- tienen una propiedad natural: pueden ser respetadas o desobedecidas libremente. Y los lugareños, que veían en la señal una llamada a la responsabilidad, la recibieron de buen grado.

Un día ocurrió el tercer atropello y hubo quienes reclamaron al alcalde una solución contundente. Este mandó colocar junto al paso una cámara de vigilancia que permitiera multar a los infractores. La medida equivalía a destinar un agente del orden siempre presente en el lugar. En el café algunos se dieron cuenta de que el alcalde ya no proponía el bien común como motor de la conducta, sino un prosaico interés particular. Pero la necesidad de evitar accidentes dio por buena la medida, que fue admitida no sin cierta resignación.

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El cuarto atropello pilló a todos por sorpresa. La alarma general exigió elevar el paso de peatones a la altura de la acera. Así los conductores no tendrían más remedio que atravesarlo despacio, si no querían dañar el vehículo. En el café alguien señaló que, al añadir a la prohibición un impedimento físico, se apelaba directamente a su voluntad sin pasar por la inteligencia. Con el tiempo, todos los conductores, no solo los imprudentes, dejaron de prestar atención a las señales, atentos como estaban a la amenaza de la cámara y al obstáculo del paso elevado. Y los lugareños terminaron por preferir, ya sin sombra de resignación, la superior tranquilidad de circular seguros.

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Tal vez por ello, cuando se produjo el quinto accidente y salieron del café a socorrer al herido, nadie se paró a pensar que la auténtica atropellada había sido la libertad.

Profesor LÍLEMUS

[Al poner por escrito la fábula, que tiene varias moralejas tanto en la esfera pública como en el ámbito privado y familiar, me he acordado de Guillermo, que fue el primer beneficiario de esta historieta, y de mi antiguo alumno Luis Durán, que alimenta a diario el sueño de convertir su aula de filosofía en un templo del pensar]

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