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Si tuvierais que elegir las palabras más importantes que se han dicho en el charlatán siglo XX, a muchos os vendrían a la mente las que el 21 de julio de 1969 dijo Neil Armstrong al pisar la Luna: “That’s one small step for a man, one giant leap for mankind” (Este es un paso corto para un hombre, un salto gigante para la humanidad). Y tal vez os hayáis preguntado quién compuso una frase de tanta trascendencia: si fue simple ocurrencia del astronauta o si era un elemento de la misión tan estudiado como podía serlo el programa de actividades lunares o el diseño de los trajes espaciales.

Moon landing-New York Times

Pues bien, lo cierto es que la NASA nunca intentó influir en este detalle. Ya sé que, por tratarse de un momento eminente en la historia humana, tal despreocupación parecerá asombrosa, pero desde su fundación en 1958 la NASA se comportó como la agencia gubernamental pero civil que era, tanto en su estructura y organización como en sus maneras. La toma de decisiones solía hacerse mediante reuniones de equipo donde cada uno opinaba y aportaba su conocimiento y experiencia, y las cuestiones que no afectaban ni a la eficacia ni a la seguridad se dejaban al arbitrio de los particulares. Cada una de las seis misiones que aterrizaron en nuestro satélite tuvo un número de actos y gestos personales al margen de lo planificado. Y no todos resultaron, una vez realizados, del agrado de sus dirigentes.

EL HOMBRE TEMPLADO

Neil ArmstrongEl propio Armstrong era un ingeniero aeronáutico que había ejercido desde muy joven su profesión como piloto de pruebas civil, no militar. Y, si hacemos caso de sus declaraciones, en el momento de aterrizar en el Mare Tranquillitatis ni siquiera él estaba muy seguro de lo que diría al pisar la superficie. Esto encaja a la perfección con el carácter templado y sobrio de Neil. En su labor de piloto de pruebas hizo siempre gala de gran pericia y una sólida profesionalidad. Y como comandante del Apollo XI, la maniobra de pilotar el módulo lunar Eagle hasta la superficie estuvo entorpecida por continuas sorpresas, que él resolvió con verdadera sangre fría. Baste decir que en el momento de llegar al suelo solo quedaban en el tanque treinta segundos de combustible. Y a pesar de su buen hacer y prestigio, los que le conocían destacaron siempre en él la despreocupación por su propia imagen y la falta total de vanidad.

El lugar de aterrizaje previsto de la primera misión lunar (Apollo XI) era una generosa elipse de unos 18 x 5 km. Téngase en cuenta que la velocidad orbital previa a la maniobra de deceleración y descenso era de casi 6.000 km/h.

El lugar de aterrizaje previsto de la primera misión lunar (Apollo XI) era una generosa elipse de unos 18 x 5 km. Téngase en cuenta que la velocidad orbital previa a la maniobra de deceleración y descenso era de casi 6.000 km/h.

Además, la actitud de Neil en este asunto tenía su lógica. Para el gran público la primera huella humana en un mundo extraterrestre era un momento de romántica fascinación, pero la mente calculadora y profesional del astronauta estaba exclusivamente volcada en la dificultad técnica del primer aterrizaje lunar, que había ensayado en innumerables y fatigosas sesiones a bordo del simulador. Aunque hoy nos parezca sorprendente, la Luna de entonces guardaba todavía numerosos secretos que fueron desvelados en aquellos viajes. Por poner un ejemplo, las sondas enviadas previamente para preparar las misiones no habían permitido determinar con exactitud el grado de solidez de su superficie. De modo que, sin tener garantizado de antemano el elemento central de la misión (el aterrizaje), lo que pudiera decirse después no era para Armstrong motivo de especial atención. Por testimonios de personas próximas puede entenderse que el hombre había considerado algunas posibilidades, pero no hay por qué dudar de que la decisión final la tomó sobre el terreno.

LA PERIODISTA INCISIVA

Oriana Fallaci-Quel giorno sulla LunaEntre los millones de personas que escucharon en directo aquellas palabras, una en particular había conocido a Neil en persona y, todo sea dicho, se había impacientado hasta la irritación por la pachorra del americano. Me refiero a la famosa periodista italiana Oriana Fallaci, quien visitó largamente la NASA en los años 60. En su libro de 1970 “Quel giorno sulla Luna” describe a Armstrong como un hombre tranquilo, calculador, inexpresivo, carente de calor y cordialidad, una especie de autómata sin pasiones ni fantasía. Con indisimulado desprecio llega a afirmar que “si la humanidad del futuro será un ejército disciplinado de criaturas asépticas y cerebros electrónicos, Neil Armstrong es ya el futuro”. Yo sospecho más bien que el característico tono arrollador de la escritora tuvo que apabullar a aquel hombre tímido, pero en general simpático, que era Neil. El caso es que a ella el tipo no le agradaba y la Fallaci nunca llevó bien eso de quedarse callada.

Sus visitas a Houston fueron frecuentes, y en una de ellas alguien le contó estos detalles de la historia de la frase, solo unos días después de que fuera pronunciada. Tal como cuenta Andrew Chaikin en su interesante libro “A Man on the Moon”, el tema surgió durante una conversación que sostuvo al borde de la piscina con el matrimonio Conrad.

EL YANQUI GUASÓN

CHARLES CONRAD JR.Charles “Pete” Conrad, también astronauta, estaba preparándose entonces para comandar la misión Apollo XII, que viajaría a la Luna a mediados de noviembre. En materia de carácter, Pete estaba en las antípodas de Neil: espontáneo, alegre, intrépido, burlón, amigo de bromas pesadas, provocador e imprevisible, no ahorraba el lenguaje grosero cuando las cosas se le torcían. Siendo niño, la dislexia y el descaro le trajeron problemas escolares y llegó a ser expulsado del colegio, pero el tesón de su madre le condujo por fin a la Universidad de Princeton. Tras obtener allí el grado de Ingeniería Aeronáutica, ingresó en la U.S. Navy, donde llegó a ser un apreciado piloto de pruebas.

En un momento de aquella conversación veraniega, Oriana dio por supuesto que la frase de Armstrong había sido dictada por los burócratas de la NASA, y Conrad se apresuró a corregirle. Como ella insistía en no creerlo, al astronauta se le ocurrió una de sus originales ideas:

-Vale, te lo demostraré. Voy a componer en este mismo momento las palabras que diré al pisar la Luna.

-¡Imposible! –atajó la periodista-. Nunca te dejarán salirte con esa.

-Nadie dirá nada. Ni siquiera lo sabrán hasta que esté sobre la Luna.

Y allí mismo, espoleada por la incredulidad su viva imaginación, Conrad ideó una frase tan informal que hizo reír a Oriana.

-Nunca podrás decir eso.

-Está bien, ¿qué tal si apostamos 500 dólares?

Uno de los mayores éxitos de la misión Apollo XII fue aterrizar la nave (al fondo a la derecha) con increíble precisión, a una distancia caminable a pie de la sonda Surveyor 3 (lanzada en abril de 1967), cuyo estado debían examinar.

Uno de los mayores éxitos de la misión Apollo XII fue aterrizar la nave (al fondo a la derecha) con increíble precisión, a una distancia caminable a pie de la sonda Surveyor 3 (lanzada en abril de 1967), cuyo estado debían examinar.

Y unos meses más tarde, el miércoles 19 de noviembre de 1969, pocas horas después de haber posado con elegancia el Apollo XII en el Oceanus Procellarum, Pete apoyó firmemente las botas en el último peldaño de la escalera y dio un salto hasta la base de uno de los pies de la nave. A diferencia de Armstrong, Conrad era un tipo bastante bajito, y este era precisamente el tema de su ocurrencia. Millones de testigos pudieron oír entonces las palabras que había pactado en secreto con la italiana al borde de una piscina.

Whoopie! Man, that may have been a small step for Neil, but it’s a long one for me (¡Fantástico! Tío, puede que este haya sido un paso corto para Neil, pero es bastante largo para mí).

La tripulación del Apollo XII. Conrad es el de más baja estatura.

La tripulación del Apollo XII. Conrad es el de más baja estatura.

En algún lugar del mundo Oriana debió de sonreír divertida al escuchar cómo el yanqui guasón le ganaba limpiamente los 500 dólares de una apuesta que, por cierto, nunca llegó a hacerse efectiva. Pero no creo que Pete se tomase mal el impago. A él le bastaba con mantenerse firme en lo que siempre fue su costumbre: salirse con la suya.

Profesor LÍLEMUS

[Para Ramón, a quien están a punto de caerle los cuarenta y aún tiene dudas sobre la mayor aventura científica del siglo XX]

Si queréis leer más anécdotas de las misiones Apollo, podéis probar con estas:

UN PROFESOR “EN LA LUNA”.

ME HAN FALLADO LOS CÁLCULOS.

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