-Allá voy –dice para sí el profesor Lílemus antes de entrar al aula con dos pasos decididos y hacer un alto ligeramente teatral. Su presencia suspendida ha sido rápidamente registrada por veintisiete pares de ojos. Al ver las conversaciones disolverse, el profesor echa a andar hacia la tarima entre la expectación del primer día de clase. Deja sus cosas sobre la mesa, se vuelve hacia ellos y los recorre con una amplia mirada, dando tiempo a que se sitúen tras los pupitres. Es la segunda mirada en apenas diez segundos, profunda, sostenida, expectante. Casi todo lo valioso que espera de ellos en esta primera sesión lo piensa lograr con los ojos. A lo largo del curso, las miradas serán el acompañamiento de actos y palabras; hoy son el instrumento solista, al que han de envolver las palabras y muy especialmente el tono de la voz. Cuando con el paso de las semanas profesor y alumnos se vayan conociendo, todo estará armonizado de alguna manera con las miradas del primer día. Desde el pasillo se oye el cerrarse de una puerta.

-Buenos días –saluda Lílemus, dando a la mirada un timbre cordial.

-Buenos días –repiten algunos.

-Podéis sentaros.

Este momento es mágico: la frase anterior, poderosa como un conjuro, acaba de transformar a ellos en vosotros. El profesor continúa:

Lilemus-Cara-Me llamo Samuel Lílemus y en este primer curso del bachillerato seré vuestro profesor de Lengua y Literatura. Quiero subrayar la palabra “vuestro”. Personalmente pienso que el profesor es un bien común del que la clase debe disponer, así que desde este momento me pongo a vuestra disposición para lo que necesitéis de mí –el tono sincero de la voz resuena en la franqueza de la mirada-. El curso es largo, y vendrá el día en que os sintáis desorientados, o incapaces, o desanimados, o furiosos, o simplemente aburridos. Llegado ese momento, quiero que recordéis que sois prácticamente adultos, que tenéis una boca para pedir y que a mí me pagan por ayudaros.

Ha estado a punto de añadir: “Sí, ya sé que podrían pagarme más, pero prometo ayudaros como si me pagaran una pasta loca”. Sin embargo, ha preferido contenerse. Ya habrá tiempo para las bromas; hoy podrían disonar del mensaje –el único mensaje- que se propone transmitir. Además, los desconocidos no suelen bromear.

-Pero bueno, no nos pongamos dramáticos. Hoy es primer día de clase y soy yo quien necesita algo de vosotros: saber quiénes sois.

Saca de su cartera la lista del curso y, sentando un muslo en la mesa, empieza a pasarla. Al primer nombre cantado responde un “aquí” con la mano levantada, y los siguientes parecen sentirse cómodos con la misma respuesta. El profesor se detiene brevemente en cada uno con ojos que parecen de interés, o de complacencia, o tal vez de optimismo. Quién sabe. Se suceden veintisiete maneras diferentes de decir “aquí”, afinada cada una al tono interior de quien la dice. Lílemus se recrea en escuchar el “aquí” decidido, el sonoro, el imperturbable, el alegre, el torpe, el inquieto, el desafiante, el que se desmarca con un “soy yo”, el que suena tímido, o distante, o tal vez solo distraído. Quién sabe. Al terminar la operación, apenas puede recordar tres o cuatro nombres, pero ya posee un amplio repertorio de sonidos.

-Muy bien –concluye-. Ahora que ya me habéis dicho dónde estáis, me gustaría saber de verdad quiénes sois. Pero tenemos que darnos prisa, porque dentro de… –echa una mirada concienzuda a su reloj, como si de verdad estuviera haciendo un cálculo- cincuenta minutos más o menos esta clase va a saltar por los aires…

Apenas terminada la frase, Lílemus ya rebusca en su carpeta, de la que extrae un taco de fotocopias, aparentemente ajeno al cruce de miradas desconcertadas que acaba de provocar.

-Esto que os estoy pasando –anuncia, mientras empieza a repartir- es una encuesta personal, así que podéis empezar por escribir vuestros nombres. En ella hay preguntas que os gustará responder y otras que os harán pensar: “¿Y a este qué le importa?”. Quiero que distingáis bien unas de otras y solo contestéis aquello que de verdad queréis darme a conocer. Ah, sabed que no siento ninguna simpatía por la simulación de la bondad. En realidad, ni hoy ni nunca vais a necesitar trucos para complacerme: el simple hecho de estar aquí ya me complace suficientemente. Lo que pasa es que de verdad quiero saber quiénes sois, y una respuesta en blanco me dirá más que cualquier mentirijilla. Silence, beautiful voice –recita-. Ahora bien, sabed que todo lo que escribáis lo leeré con interés y, por supuesto, sin juzgar a nadie. ¿Ha quedado claro? –se detiene, en espera de los primeros asentimientos-. Pues adelante, podéis empezar.

Otra vez la mirada –segura, incitante- ha pasado al primer plano, y la mayoría ha empezado ya a escribir. Lílemus sabe que, si el tono de una palabra de primer día no está afinado al tono de la mirada correspondiente, será escuchado el mensaje de la mirada, nunca el de la palabra. Es una atribución del instrumento solista. También sabe, por las respuestas sorprendentemente sinceras de otros años, que la aclaración recién hecha será tomada en serio. El cuestionario pregunta por los asuntos más variados: hábitos de escritura y lectura placentera, preferencias personales dentro de la asignatura, cualidades que aprecian en un profesor, autores y géneros preferidos, gustos y destrezas musicales, países o lugares visitados, capacidades dramáticas y de debate… Todo aquello que cada uno podrá aportar a una materia tan variada como Lengua y Literatura. Es además el primer ejercicio escolar del curso: aunque ellos no lo sepan, ya están reflexionando sobre la asignatura, sobre sí mismos, y plasmando en el papel su caligrafía, su ortografía, su dominio del vocabulario, sus necesidades, sus aspiraciones, su personalidad.

Pero Lílemus no tiene tiempo que perder. Sentándose por primera vez, busca sobre la mesa el plano del aula y con su ayuda se pone a repasar mentalmente cada pupitre. Tiene exactamente quince minutos para asociar veintisiete caras a veintisiete nombres y apellidos. Será un rato de intensa actividad mental, con el que espera lograr un botín sustancioso. Sabe bien que ese vosotros recién creado no debe durar mucho tiempo: urge fragmentarlo en el individual de cada uno. Porque al otro lado de cada  hay un yo que se siente falsamente cómodo dentro del grupo, y que puede no manifestarse hasta tanto no se vea individualmente tratado e incitado. Y el nombre propio –el propio nombre- es un buen primer paso en este camino: al sentir reconocida en el nombre nuestra individualidad, tendemos a responder como individuos. Nada hace tanto daño a la manifestación auténtica del yo como la sospecha de ser, para el profesor o para quien sea, uno más, uno cualquiera. En la mente etimológica de Lílemus, la palabra nombre (en latín nomen, originariamente gnomen) está unida a conocer (en latín, noscere, de gnoscere).

Los quince minutos pasan más rápido de lo que él quisiera, pero en la partitura de hoy la iniciativa es toda suya y ha llegado el momento de hacerse oír.

-Los que aún no habéis entregado id pensando en terminar. No tenemos demasiado tiempo, porque dentro de… -vuelve a consultar el reloj con desesperante naturalidad- unos treinta minutos esta clase va a saltar por los aires…

Otra vez buscan una pista en su mirada, pero la mayoría parece resignada al desconcierto. Mientras los últimos van terminando, empieza finalmente la presentación de la asignatura. Se oyen criterios y objetivos, intervenciones –por fin- y preguntas, la lectura de un texto, la tarea para el día siguiente. Hasta que a falta de cinco minutos…

-Antes de terminar, os quiero pedir un favor. Mientras vosotros escribíais, yo me he impuesto también una tarea: aprender de memoria vuestros nombres. Y ahora, si sois tan amables, me gustaría que me tomarais la lección. Vamos a hacerlo así: yo os llamo a cada uno por vuestro nombre y apellido y, cuando me equivoque, vosotros me corregís. Empiezo.

Los nombres se suceden sin titubeos, entre miradas de expectación y sorpresa. En algunos nacen sonrisas como notas despertadas por una batuta, en las que Lílemus ha creído ver siempre una especie de agradecimiento. Año tras año el truco sigue funcionando, sin que sea necesaria una memoria prodigiosa: él desde luego no la tiene. Completada con éxito la jugada, hay un intento de aplaudir, que el profesor se apresura a atajar recordando la tarea para el día siguiente. Tras echar un rápido vistazo al reloj, toma su cartera, se despide y se dirige a la puerta. Por el camino una voz le interpela:

-¿Y la clase…?

El profesor se detiene con el pomo de la puerta en la mano. Desde algunos pupitres puede verse en sus labios el asomo de una sonrisa.

-¿Qué pasa con la clase? –dice, girándose en busca de la voz.

-Aquí sigue… No ha saltado por los aires –el tono es guasón, retador.

-Pues yo veo las cosas de otra manera. Hace una hora erais una clase de veintisiete, es cierto, pero lo que yo tengo delante en este momento no se parece a semejante cosa. Tú desde luego ya no eres “uno”: eres Miguel. Y los demás ya no sois unos: sois Ignacio, y Pablo, y Jaime… -mientras los nombra, despliega una mirada afectuosa, triunfal, que abarca a todos y es correspondida por un coro de rostros iluminados-. ¿De verdad puede alguien ver en vosotros una “clase”? Además, me habéis contado algunas cosillas y las tengo aquí por escrito –añade, levantando la cartera como un trofeo-. Las pienso leer esta tarde, así que ya podéis empezar mañana mismo a ser lo que me habéis dicho que sois… Hasta mañana, pues.

-Hasta mañana –resuenan.

-Allá vamos –sonríe divertido el profesor Samuel Lílemus al cerrar tras de sí la puerta del aula.

Después de todo, la educación nunca deja de ser un apasionante concierto de pronombres.

(Para Diego Alonso y María Anzola, que se disponen a dar la primera clase de sus vidas, tal vez sin haber caído en la cuenta de que llevan años educando)

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