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Yo fui alumno de José María Velázquez en el vizcaíno Colegio GAZTELUETA. Velázquez -así le llamábamos entre nosotros- tenía en el aula eso que se dice de los actores: presencia escénica. Cuando tocaba explicar -tarea a la que dedicaba el tiempo justo- lo hacía de pie, moviéndose por la tarima y volviendo cada tanto a la mesa a vaciar la ceniza de su Habanos. De temperamento vital, sabía graduar como nadie los tonos, los gestos y las intensidades. Hablaba con autoridad, mandaba sin intimidar y, a pesar de su miopía, miraba directamente y con seguridad. Su gesto en reposo era severo, pero al dirigirse a nosotros acompañaba las palabras con una sonrisa franca y enérgica, que compensaba con creces cierta atonía de los ojos, medio escondidos al fondo de unas gruesas gafas tintadas. Si se te ocurría hacer alguna barrabasada, él volvía al modo severo, y comprendías enseguida que aquello no merecía la pena. Como además tenía imaginación didáctica, las clases eran variadas, siempre había alguna tarea en la que estar ocupado, y en general te sentías invitado a un desorden creativo, más que a un silencio estéril. Como haría un director de orquesta, él armonizaba nuestra actividad con batuta firme, pero sin quitar el protagonismo a los instrumentos. Las lecciones eran interesantes con una frecuencia difícil de igualar, lo que solo puede significar que estaban preparadas a conciencia, y lo cierto es que a él se le veía disfrutar. Cuando el profesor está a gusto en el aula, los alumnos lo notan de inmediato y tienden a pensar que son ellos la causa. Después de todo, allí dentro no hay nadie más, y los adolescentes hacen de cualquier cosa una cuestión personal. En fin, yo supongo que tendría algún defecto, pero a mí la memoria me funciona cada vez peor. Todavía no he dicho que enseñaba Lengua y Literatura.

Velazquez-Chalet

Una colección de grandes profesores. José Mari es el primero por la izquierda

Lo que voy a contar sucedió en una de sus clases, allá por mis trece años. Los trece –debo confesarlo- fueron para mí un año difícil, del que recuerdo vagamente roces con más de un profesor y conversaciones con el tutor sobre mis notas de interés, actitud y trabajo. De aquella clase, sin embargo, puedo dar el día exacto: fue el 21 de mayo de 1976. Que nadie se maraville: esta fecha sale en cualquier enciclopedia, porque aquel viernes por la mañana el ciclista Juan Manuel Santisteban se mató en un accidente de carrera mientras disputaba la primera etapa del Giro de Italia.

Juan Manuel SantistebanEn las primaveras de nuestra adolescencia germinaban las bicicletas, y el Giro, que siempre se ha corrido en mayo, estaba en todas las conversaciones. Y también en aquellos diminutos aparatos de radio que, bien camuflados en el uniforme escolar, servían a más de uno para escapar de una clase aburrida sin salir del aula. Por este medio clandestino supimos que el ciclista del equipo Kas se había salido de la carretera en una curva y había muerto. En el descanso del mediodía, la noticia salió a las terrazas del colegio bajo la perezosa lluvia de pelusas de los chopos, y al volver a clase (los viernes por la tarde tocaban dos horas seguidas de Lengua) esperamos en pequeños grupos a que llegara el profesor con las radios encendidas. Al ver entrar a Velázquez, las escondimos instintivamente. Yo no puedo saber qué plan traía él preparado para aquella clase, pero sí sé que lo envainó con naturalidad: llegó hasta la tarima, se percató del ambiente, preguntó, escuchó y, para nuestra sorpresa, pidió una radio, que colocó sobre la mesa del profesor. Pasamos un rato escuchando el reportaje de los enviados especiales al Giro. Necesitábamos hablar, y él supo organizar la conversación que surgió espontánea, dando la palabra a unos y otros. Luego nos pidió que redactáramos un escrito sobre el asunto y, al terminar, supongo que nos mandó leer alguna cosa, porque le estoy viendo enfrascado en la corrección de aquellas redacciones. Finalmente anunció que había calificado cuatro de ellas con un diez y las leyó para todos en voz alta. Si es cierto que las clases de Lengua se hacen de hablar, escuchar, leer y escribir, creando en el aula situaciones comunicativas reales, aquella fue la clase perfecta. Ni siquiera tuvo que motivarnos: se limitó a percibir nuestra intensa motivación y supo encontrarle un cauce.

Pasada una década, José Mari volvió a darme clase, esta vez en el Curso de Aptitud Pedagógica de la Universidad de Deusto. Entonces no podía yo imaginar que a la vuelta de los años me llamaría a compartir como profesor uno de aquellos cursos, el cual fue para mí ocasión de conocerle mejor, de entretenidas conversaciones y de un intenso aprendizaje. Entre los materiales didácticos que usaba para enseñar el oficio de enseñar, estaba la fotocopia de una tira cómica ambientada en la escuela. En ella, el profesor de Ciencias imparte despiadadamente la lección de los lepidópteros, acumulando datos y tecnicismos sobre las mariposas, en medio de la apatía general. De pronto, una mariposa auténtica entra volando por la ventana, provocando en el grupo sorpresa y agitación. Un alumno, presa de la emoción, la señala con el dedo y grita:

-¡Oh, una mariposa!

El profesor, visiblemente contrariado, les abronca:

-¡No tenéis interés por nada! ¡Os distraéis con cualquier cosa!

La moraleja es clara: con qué facilidad se convierte el aula en un espacio académico ajeno al mundo, donde la realidad de la vida va sufriendo sucesivas reducciones hasta quedar casi irreconocible. La vigorosa naturaleza es desplazada por las Ciencias Naturales, en cuya mayúscula el nombre parece ponerse de puntillas, como intentando estar a la altura del original; sus mágicas leyes acaban suplantadas por las fórmulas de la Física; sus bellas proporciones, por números desnudos; los acogedores libros, por la cruda Literatura; nuestra aventura común, por la Historia; nuestro ser inapresable, por categorías filosóficas; la lengua viva, en fin, por conceptos gramaticales. Y así, cuando la vida auténtica logra colarse por algún resquicio, resulta que nadie la reconoce y es inmediatamente expulsada como una extraña. ¡Venga, largo de clase: por alborotadora!

Al oírle declarar la idea en las aulas universitarias, recordé aquella clase de mis trece años y comprendí con orgullo que yo poseía el mejor ejemplo práctico de este principio, porque solo yo tenía a la vista, reunidos en la misma persona, al defensor del principio y al autor del ejemplo. Si la palabra y los actos van parejos, ya sabes que el hombre es de una pieza. Y cuando el adulto llega a comprender a sus profesores de la escuela -no las materias, sino las personas- es cuando la escuela puede darse al fin por concluida.

Pasó el tiempo, y al llegarle la edad de jubilarse, prefirió retrasarlo unos años. Cuando finalmente lo hizo, su juventud profesional saltaba a la vista. Todavía hablo con él de vez en cuando, pero ya solo tiene palabras sobre sus hijos y nietos. No le culpo: él y María Jesús, su mujer, han dado al mundo vástagos de buena cepa. En fin, otra vez la vida. Hasta los héroes acaban chocheando.

Y si todo ello dejó en mí una huella imborrable, es porque aquel profesor sensato, en una tarde revuelta de viernes, permitió que la imprevista mariposa se quedara en clase a despertar el bello desorden propio de un grupo adolescente; porque en lugar de empeñarse en remar contra corriente, quiso dejarse llevar por el río, pero sin levantar nunca el remo. Bueno, no solo por eso. Resulta que una de aquellas cuatro redacciones que él leyó para todos… era la mía.

Muchas gracias, José Mari. No por la nota: por tu “clase” incomparable.

Profesor LÍLEMUS

(Dedicado a mis profesores. A todos. A ver si de una vez también yo termino la escuela.)

Velazquez y la mariposa-5

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