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Las modernas disciplinas gimnásticas requieren prendas de vestuario específicas que solemos asociar con la imagen de los gimnastas. Lo cual no deja de resultar curioso, porque los griegos, que inventaron la gimnasia, la practicaban en un estado de desnudez suficiente como para justificar su nombre, que deriva de γυμνός (gymnós), ‘desnudo’. Los romanos, por su parte, siempre menos originales y desde luego más pudorosos que los griegos, siempre vieron el asunto con cierta desconfianza, salvo quizá en el ejército, hasta que Augusto instituyó los Collegia iuvenum. De hecho, este es uno de los aspectos del mundo antiguo que no revivió en Europa durante el Renacimiento, el cual, como sabéis, debe su nombre al renacer de la cultura clásica a fines de la Edad Media.

En efecto, hubo que esperar al advenimiento de la Edad Contemporánea para ver de nuevo en nuestra vida cotidiana esta clásica actividad. El espíritu gimnástico se extendió por Europa a lo largo del XIX, hasta culminar en 1881 con la creación en Lieja de la Federación Internacional de Gimnasia. El hombre occidental empezaba a tomar conciencia de su condición de individuo, dueño no solo de una mente que cultivar sino también de un cuerpo que ejercitar, y a mediados de aquella centuria los gimnasios eran ya un elemento relativamente común en el Viejo Continente.

Uno de ellos, situado en Toulouse, lo regentaba el instructor Monsieur Léotard. Su hijo Jules, bien dotado para la gimnasia pero también para los estudios, había iniciado la carrera de Derecho y estaba destinado a convertirse en un ilustre abogado; pero el joven, en lugar de seguir los sueños de su padre, decidió perseguir los suyos propios. No como un acto de rebeldía, sino siguiendo precisamente el ejemplo de su padre, que desde pequeño le había transmitido de manera natural el encanto de su oficio. Esta es la historia de tantos padres, que no creo que llame ya la atención de nadie.

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A la edad de veinte años, mientras se ejercitaba en el gimnasio paterno, Jules concibió la idea descabellada de colgar del techo sobre una piscina dos trapecios en movimiento y saltar de uno a otro. Mientras él se balanceaba agarrado con las manos a uno de ellos, un compañero se prestó a lanzar el segundo trapecio, y aunque la cosa fue un tanto chapucera, desmañada y peligrosa, Jules completó el salto de modo efectivo. Teniendo en cuenta que acababa de inventar nada menos que el trapecio volante, tampoco era como para andarse con perfeccionismos. Y cuando el padre lo vio con sus propios ojos, prefirió rendirse a la evidencia y apoyar al hijo, continuando así también la historia de tantos padres.

Leotard (2)En 1859, Jules Léotard debutó en el parisino Cirque Napoléon con su novedoso número, llamado “Les Merveilles Gymnastiques ou La Course aux Trapèzes”. Sus actuaciones despertaron en el público un reconocimiento total e inmediato, convirtiéndole en una celebridad. Su fama fue internacional, y le llevó de gira por las principales ciudades europeas, incluida nuestra Barcelona. Llegó a realizar hasta cinco saltos encadenados.

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Pero la fama no le vino solo de las acrobacias. Resulta que Léotard era un joven apuesto y musculoso, y pronto entendió que, si lograba resaltar sus talentos físicos, el éxito sería redondo. La misma imaginación que había ideado saltos imposibles se las ingenió para diseñar como traje de faena una fantasiosa indumentaria ajustada de cuerpo entero, que facilitaba la libertad de movimientos durante las acrobacias e impedía que se enganchara peligrosamente la ropa. En un acto de verdadera modernidad, Léotard supo mirarse a sí mismo con los ojos del público, y muy especialmente con los de las mujeres. Y así, aunque la vestimenta fue considerada indecente por algunos, lo cierto es que alegró la vista de muchas. Este morirse por el personaje, más allá de sus dotes artísticas, fue siempre esencial en su éxito, hasta que sufrió una muerte prematura a la edad de 32 años. No en uno de sus saltos fascinantes, sino por una enfermedad infecciosa, probablemente la viruela.

LeotardsSu creación indumentaria pronto se popularizó entre gimnastas y trapecistas, y pasó a la posteridad con el nombre de su creador. Como se ve en la fotografía superior, Jules lleva puesta una ropa ajustada de una sola pieza que le cubre el cuerpo entero. Esta prenda es usada hoy sobre todo en la danza y recibe en inglés precisamente el nombre de leotards, que también designa, especialmente en singular, una prenda elástica que cubre solo el torso, esa especie de traje de baño completo que se usa para hacer gimnasia.

leotardos84_0En español la palabra leotardos se ha especializado como la prenda, generalmente de lana, que cubre y ciñe el cuerpo desde la cintura hasta los pies. Tal vez se deba esta reducción a la tendencia de algunos trapecistas a actuar con el torso desnudo. En cuanto a la lengua francesa, resulta curioso que la palabra no haya dejado el menor rastro en ella, lo que muestra una vez más que nadie es profeta en su tierra.

UNA FAMOSA CANCIÓN

Léotard, en su doble faceta de fascinador de masas e imán de mujeres, inspiró divertidamente la canción The Man on the Flying Trapeze, compuesta en 1866 por el cantante inglés de music hall George Leybourne. Precisamente aquel año ambos coincidieron en cartel en el Alhambra Music Hall de Londres, donde el francés tuvo un reconocimiento sensacional.

Bruce SpringsteenSe trataba de un pegadizo vals para piano y voz, que tuvo un éxito inmediato y ha sobrevivido hasta nuestros días a través de una larga serie de versiones, que incluyen un episodio de la serie animada Popeye (visible aquí) y otras que sabréis rastrear en la red. Si queréis rematar esta entrada con una exquisitez, os recomiendo escuchar la versión que Bruce Springsteen interpretó en 2006, acompañado por una de las bandas de rock más logradas de la última década: la Seeger Sessions Band. La letra que canta el Boss es un tanto libre, pero veréis en ella al Bruce genial de las versiones tradicionales, quien se las arregla para colar un par de veces en el texto “the f word”, al final de la tercera y cuarta estrofas. En esta última lo hace con bastante gracia. Y cuando hacia el final de la interpretación llama a Patti Scialfa, su mujer, que forma parte de la banda, y saludan juntos al público, parecen estar haciendo un guiño de complicidad a la historia que cuenta la canción, o al menos eso veo yo. Ya me diréis después de haberla escuchado.

Flying trapeze portadaLa pieza es del género narrativo, entre romántica y humorística, muy en la línea del estilo music hall. En la letra, cuya versión original podéis seguir en The Man on the Flying Trapeze, un hombre cuenta cómo su joven novia, viendo en el teatro las acrobacias de un atractivo trapecista llamado Signor Bona Slang, cae perdidamente enamorada del artista y llega a fugarse con él, dejándose descender en un trapecio desde un segundo piso hasta la calle. Unos meses más tarde, el hombre vuelve al teatro y descubre con sorpresa que su antigua novia forma parte del espectáculo. Vestida de hombre con ropas ceñidas (he taught her gymnastics and dressed her in tights, dice la canción) y camuflada tras un nombre masculino, hace saltos en el trapecio como ayudante del Signor Bona Slang, que claramente se está aprovechando de la romántica chica para vivir estupendamente. Y en eso consiste el guiño de Bruce y Patti, que llevan casi treinta años compartiendo escenario y vida. En cualquier caso, esas ropas ajustadas de la canción no pueden ser nuestros leotardos de cintura para abajo, sino el traje completo que usaba Monsieur Léotard. En caso contrario, es de suponer que la función habría acabado con el público enfervorizado y tomando por asalto el escenario, detalle que en ningún momento menciona la letra.

Esta mezcla de travestismo y amor me ha hecho pensar más de una vez en la película de Billy Wilder con Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon. Pero esta vez, Con leotardos y a lo loco.

Profesor LÍLEMUS

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