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Corrupcion-Jean Jacques RrousseauEn 1762 (dejadme que subraye lo temprano de la fecha: 1762), Jean-Jacques Rousseau afirmaba en una obra clave en la historia del pensamiento humano (“El contrato social”) que un estado cuyos ciudadanos prefieren servir en los asuntos públicos con su bolsa, antes que con su persona, se encuentra ya muy cerca de su ruina: “¿Es preciso ir a la guerra? Pagan tropas y se quedan en casa. ¿Es preciso ir al consejo? Nombran diputados y se quedan en casa. A fuerza de pereza y de dinero, tienen en fin soldados para esclavizar la patria y representantes para venderla”. Y como este proceso iba ya muy avanzado en Inglaterra, el francés toma a su país vecino como ejemplo: “El pueblo Inglés cree ser libre, y se engaña; porque tan solo lo es durante la elección de los miembros del parlamento, y luego que estos están elegidos, ya es esclavo, ya no es nada. El uso que hace de su libertad en los cortos momentos en que la posee, merece por cierto que la pierda.” La advertencia de Rousseau tendrá un sentido afilado para quienes se hayan acostumbrado a leyes salidas de la chistera de los partidos políticos, al cobarde incumplimiento de las promesas electorales o a su chulesca sordera por la voz de la calle… A mí me parece que resume bastante bien la historia de España de los últimos ciento cincuenta años, pero ahora quiero centrarme en otro asunto: la corrupción.

En España se ha generalizado la creencia de que el principal problema de la política actual es la corrupción. Nada más lejos de la realidad. El principal problema de la política es la política misma tal como la tenemos montada, que aboca necesariamente al sistema a la corrupción. A los partidos políticos les hemos confiado generosamente nuestra soberanía, que han usado a lo largo de los años para hacerse cada vez más fuertes en los sillones del poder a costa de la ciudadanía. Y esto no es vulgar demagogia: el poder legislativo que les hemos otorgado lo han aprovechado para colocarse en el centro de casi todos los ámbitos de decisión pública (y de movimiento de dinero), supuestamente en aras del bien público.

Reglamentos-Corrupción politica

No solo les hemos dado la llave de la caja sino el poder de decidir cuánto dinero aportaremos a ella ahora y en el futuro. Las elecciones se han vuelto un siniestro juego de papeletas electorales, simples cheques en blanco cuyo beneficiario tiene la potestad de decidir cuánto poder va a arrebatar a nuestra independencia ahora y en el futuro. Es el sistema mismo el que está abocado a la corrupción, porque hemos puesto demasiados recursos económicos y de poder en manos de los partidos políticos. El resultado es una administración gigantesca que va de lo municipal a lo nacional pasando por lo autonómico, y que se ha ido atribuyendo por su cuenta –a mí, al menos, nadie me ha consultado- la mayor parte de las decisiones públicas. Hemos confiado la llave de la bodega a una pandilla de alcohólicos y ahora pretendemos que nos sirvan el vino. Qué risa.

Corrupcion- Borrachos Velazquez

Al ser acaparados todos los ámbitos de lo público, el propio adjetivo “público” ha quedado falseado, pasando de significar ‘lo del pueblo’ a significar ‘lo que entra en el ámbito de gestión de los partidos’. De tanto chutarnos la droga de las elecciones hemos olvidado que la democracia no es la capacidad de elegir representantes cada cuatro años, sino la capacidad que tiene el pueblo (el pueblo, no la plebe) de lograr por sí mismo el bien común. Es preciso refundar los partidos y el propio sistema, adelgazar la administración y bajar los impuestos hasta el límite indispensable para una gestión sobria y eficaz de los asuntos más necesarios o complejos. Y devolver en el resto la iniciativa a unos ciudadanos que ya han olvidado cómo llevar a cabo los proyectos públicos “por sí mismos”. El pueblo sumiso, despojado y servil, ya solo sabe mendigar al Estado las monedas de una subvención o lamentarse detrás de una pancarta de lo mucho que le tiene olvidado. El sueño generalizado de lograr una plaza de funcionario es solo uno de los síntomas de esta alienación del pueblo.

Corrupcion-Quino-Chupetes

Mientras tanto, leyes terribles, que transforman faltas en delitos y llamadas de atención en multas astronómicas, van presentando ante el pueblo atemorizado las cabezas cortadas de diversos malos malísimos: el defraudador fiscal, el conductor peligroso, el acosador sexual, el violento doméstico, el fumador público, el maltratador de aula. Pero ningún partido se anima a crear una ley radical de “manos cortadas” que disuada convincentemente a los altos representantes públicos o a los funcionarios de a pie del robo del dinero de todos. ¿No podrían, por ejemplo, los partidos ser responsables subsidiarios de los excesos de sus miembros? Tal vez eso les diese algún criterio a la hora de admitir en sus filas a ciertos personajes, o a la hora de formarlos en el espíritu del servicio público. Se limitan –y eso con suerte, porque ahí siguen algunos- a expulsar del partido al último imprudente al que se le ha ido la mano o a denunciar ante los micrófonos los excesos del rival. Pero los intentos de acabar con el problema de fondo son francamente tímidos.

La causa me parece obvia: son ellos los que tienen la llave de un problema que ellos mismos encarnan. Kafkianamente, el derecho de acabar con el sistemático abuso de nuestros votos solo podemos ejercerlo mediante el voto a los mismos partidos políticos que lo cometen, lo que convierte la advertencia de Rousseau en una pesadilla viva. Si la persecución de la delincuencia se coordinase desde el patio de Alcalá-Meco, nadie en su sano juicio esperaría demasiada motivación en la lucha contra el crimen.

Corrupcion-Carcel

Tradicionalmente la historia ha resuelto estos círculos viciosos mediante sencillas y eficaces revoluciones, pero el pueblo español, desorientado e infantilizado por el panem de las subvenciones y el circenses de los espectáculos (incluida una televisión estúpida), parece haber olvidado los caminos de la libertad. Y al acercarse una cita electoral, nos enzarzamos en la rebatiña de los escaños como si fuera cosa nuestra, sin sospechar siquiera que la solución no es dar el poder a un partido distinto (¿alguno va a devolvernos el mando de nuestras vidas?) sino recobrarlo por nosotros mismos de alguna manera. Recuperar la llave de la bodega y dar un traguito, que ya va siendo hora.

Pero el asunto de esta recuperación y de la próxima cita electoral lo dejo para otro día.

Profesor LÍLEMUS

[Para Alfonso, que se formó en la política como un verdadero liberal y siempre ha jugado limpio]

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