¿Por qué llamamos “TACOS” a los AÑOS de edad?

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El otro día me tocó cumplir años, trámite que formalizo puntualmente, desde hace ya muchos, en la última semana del verano. En ocasiones así, los amigos se acercan a felicitarte la vida y te dan charleta sobre el asunto. Poco importa que el cumpleaños sea un evento invariablemente fijado; la conversación surge natural, como si acabaran de saber que vas a ser padre o te mudas de casa. Y en una de esas alguien me pregunta:

-Oye, por cierto. Tú seguro que lo sabes. ¿Por qué llamamos tacos a los años de edad?

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Los amigos dan por supuesto que, siendo profesor, tendrás respuesta a cualquier pregunta que les ronde el cráneo. Yo lo interpreto como un prejuicio atávico de nuestra civilización, nacida cuando las familias aprendieron a abandonar la prole en manos de un profesional, para que lo toreasen a él y lo abrasaran a preguntas que ellos, los progenitores, no sabían responder exactamente. Esto, aparte de acelerar el progreso humano, creó en los individuos una certeza elemental que no se extingue jamás: igual que un amigo médico conocerá al instante la causa de tus dolores en cualquier hora y lugar y sin medios de exploración, un profesor sabrá responder tus preguntas jugando limpio, sin recurrir a libros u otras prótesis de la mente. Esta creencia inquebrantable tiene la pega de trasladar a bares y tertulias la típica tensión profesional que debiera quedarse en la consulta o el aula, aunque en el fondo me alivia que a los conocidos les dé por eso y no por ponerme chinchetas en la silla o sapos bajo la mesa. Uno nunca sabe por dónde van a salir los atavismos.

Pero en esta ocasión tanteé mis fuerzas y miré al amigo con una sonrisa, felizmente convencido de estar a la altura de su ideal de maestro. Bastante dura es la profesión como para encima andar decepcionando al personal. Esta me la sabía, o creía saberla. Y la certeza me la había dado veinte años atrás un artículo de prensa de Arturo Pérez-Reverte, que suelo usar en clase y empieza así:

Acabo de leer no sé dónde que la tumba de Nefertari, consorte que fue del faraón Ramsés II, ha sufrido más daños a causa de las visitas turísticas en poco más de medio siglo que durante los tres mil tacos de calendario que permaneció oculta (“Nefertari va lista”, 26.02.1996).

taco-de-calendarioAhí tenemos la palabra devuelta a su estado original de frase. De acuerdo con ella, los tacos que hemos cumplido serían tantos como los calendarios gastados desde nuestro nacimiento. Entre los calendarios de papel, los hay de hojas mensuales, que se cuelgan en la pared; hay agendas calendario para llevar en el bolsillo; y existen también esos otros de hojas diarias encuadernadas con cola y fáciles de arrancar, llamados de taco. Estos almanaques anuales, por el mecanismo semántico de la metonimia, habrían pasado a designar el propio año cuyos días ordenan, de donde nació la castiza expresión.

En los años siguientes, a medida que arrancaba las hojas de más y más tacos, me he topado a menudo en los escritos de Pérez-Reverte con la frase en cuestión, de la que podría citar numerosos ejemplos, incluida la variante tacos de almanaque:

Fue fiel a sí mismo: un estafador de cuerpo entero hasta el final, cuando con ochenta y dos tacos de calendario, que ya son años, aún tenía arte y labia para engañar al médico que le expedía el certificado del carnet de conducir, o se llevaba al huerto a los contertulios de toda la vida, jubilados como él, ganándoles con trampas al dominó los cupones de la ONCE (“La última aventura de Pepe el Muelas”, 26.01.2003).

arturo-perez-reverteAlfonso XII palmó joven y de tuberculosis. Demasiado pronto. Tuvo el tiempo justo para hacerle un cachorrillo a su segunda esposa, María Cristina de Ausburgo, antes de decir adiós, muchachos. Se murió con sólo veintiocho tacos de almanaque dejando detrás a una regente viuda y preñada, a Cánovas y Sagasta alternándose en el poder con su choteo parlamentario de compadres de negocio (“Una historia de España (LIX)”, 21.02.2016).

Los casos también abundan fuera de los artículos de Reverte, aunque en esto no puedo aportar fuentes de postín, sino solo blogs particulares y otras migajas de cultura, tal vez dejadas en el camino –ahora que lo pienso- por alguno de sus innumerables lectores. Pero no me digáis que don Arturo, con su sillón T (¿de taquero?) en la Real Academia Española, su larga experiencia de la jerga castiza y su probada autenticidad, no ha de ser tomado en serio como autoridad para este asunto. A veces he estado tentado de preguntárselo por carta, pero de pequeño, hace ya muchos tacos de calendario o de lo que sea, me enseñaron a no creerme dueño del dorado tiempo ajeno. Y a no molestar a cualquiera con la primera pregunta que me rondara el cráneo. Para eso ya están los profesores.

Profesor LÍLEMUS