¿TODOS y TODAS? No, por favor, NO soy SEXISTA

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Cuando en un acto público escucho al orador saludar amablemente con “buenas tardes a todos y a todas”, no puedo dejar de imaginar a los asistentes divididos en dos sectores por razón de su sexo. Lo que hasta ese momento era una comunidad de iguales, a quienes unía algún interés compartido, se ha transformado de pronto en dos parcelas de diferentes. Si a continuación añade una bienvenida “a los que sois de aquí y a los de fuera”, la procedencia pasa también al primer plano, introduciendo una nueva discriminación. (Vale, ahora que me has recordado que soy varón y soy de aquí, empieza ya con tu tema.) Si en ese momento –es un suponer- le diese por añadir: “No importa si vestís elegante o informal”, yo ya me olvidaría del tema y me pondría a averiguar por su indumentaria quiénes son como yo y quiénes son “otros”. (Hay que ver qué mal viste la tía aquella de la primera fila, que además no parece de aquí.) Y que conste que este despropósito lo habría conseguido el orador por puro afán integrador e incluyente.

Todos y todas-Sexismo

Para fomentar el uso de un lenguaje no sexista, se ha propagado como un incendio veraniego el empleo sistemático de los desdoblamientos léxicos, pero no veo cómo pueden ser no sexistas unas fórmulas que nos recuerdan obstinadamente las diferencias de sexo. Cuando el artículo 14 de la Constitución dice: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”, está proclamando que esas condiciones de las personas son accesorias para su consideración legal de ciudadanos iguales. Y los llama “españoles”, con ese masculino plural de género no marcado (y por lo tanto incluyente), porque si hablase de “españoles y españolas” estaría ya introduciendo una precisión contradictoria con el espíritu del artículo. Hay un abismo entre aludir por énfasis a esas diferencias (“…y no olvidemos que la carta magna se refiere a todos: los españoles y las españolas…”), mecanismo existente en la lengua castellana desde siempre, y este proyecto de ingeniería idiomática y social que algunos pretenden generalizar. Nadie en su sano juicio hablará insistentemente de “los blancos y los negros” si se propone superar las desigualdades raciales. Podrá hacerlo ocasionalmente, por énfasis, pero el uso machacón de esa fórmula lo convertiría en un obseso racista, sospechoso de estar alimentando el enfrentamiento. Por este mismo camino nos vamos convirtiendo en la sociedad más sexista de la historia, obsesionada con una paridad exacta y con frecuencia artificial.

Españoles y españolas-sexismo

Quienes hemos crecido al calor del humanismo, no podemos ver con buenos ojos estas rupturas de la universalidad humana. El humanismo consiste precisamente en lo contrario: en considerar como rasgo esencial y supremo de la propia identidad y grandeza –y también de la ajena- la humanidad, es decir, la dignidad de ser hombre, pasando por alto, aunque a veces cueste, todo el repertorio de pequeñismos que intentan parcelarnos según la raza, la nacionalidad, la lengua, la clase, el voto… y también el sexo. Y es que cada concreción innecesaria que introducimos en nuestra identidad nos recluye en subconjuntos cada vez más estrechos. Tomad a una tierna niña sevillana que juega con otros niños en la Plaza del Altozano y empezad a recordarle a diario que es andaluza y no, por ejemplo, catalana; española y no extranjera; cristiana y no musulmana; del pueblo y no de los señoritos; bética y no sevillista; de Triana y no de Santa Cruz. Añadid a esos recortes de la identidad uno más: niña y no niño. ¿Con quién va a acabar entendiéndose la pobre chica? Para los veinte estará mentalmente más sola que un guiri haciendo botellón en la procesión del Gran Poder.

Guerra de sexos-2A menudo se dice que los desdoblamientos léxicos los exige la “visibilidad” social de la mujer. Conmigo que no cuenten para morder ese anzuelo. La visibilidad femenina, como su nombre indica, tiene que ver con el sentido de la vista y se logra por la presencia pública, manifiesta y natural de las mujeres. Esto otro es pura palabrería, una tonta y superficial “audibilidad” que consigue exactamente lo que se propone evitar. A veces me malicio que algunos buscan con ello precisamente la guerra de los sexos, con la que en estos días de parásitos subvencionados se gana tantísima pasta e influencia.

Y así, en nombre de la dichosa visibilidad, tenemos montada una inmensa orgía -no sexual, sino sexista- que convocaron los grupos feministas y a la que se han ido sumando partidos, profesores, locutores, sindicatos y toda clase de oradores movidos por íntimas convicciones o simple uniformidad. Hoy hasta los curas de parroquia, sobre quienes siempre pesa la sospecha de ser unos carcas redomados, andan retorciendo la lengua en sus sermones dominicales. Términos que hasta hace poco eran incluyentes (el hombre, los españoles, queridos hermanos) han pasado a ser casi ofensivos a oídos de muchos. Si lo que buscaban es la igualdad, sorprende que no paren de vocear al micrófono la diferencia. La contradicción parece evidente, pero siempre ha sido propio de las ideologías desactivar el pensamiento libre y sustituirlo por esquemas mentales en los que hay que encajar como sea. Yo pediría al nutrido coro de los desdobladores léxicos que se ordenen y se pongan en fila, a ver si conseguimos que haya micrófono para todos y todas. Que ya empiezan a ser demasiados y demasiadas.

Profesor LÍLEMUS