Algún día tendremos que curarnos de esta esquizofrenia social y aceptar el regalo que nos ha hecho la historia.

Está bien que se celebre el Día de la Hispanidad, aunque sea apagando el despertador, que es como celebramos las cosas en España. Esta fecha nos recuerda anualmente que formamos parte de una comunidad lingüística y cultural de 500 millones de personas, por encima –o por debajo, cualquier escapatoria es buena- de fronteras políticas y pequeñismos ideológicos. Esta “nación colosal” (según expresión del argentino Alberto Buela) tiene por bandera sólo aquello que de hecho la recorre y es su carta de ciudadanía: la lengua española. Ya sé que no es una patria al uso; es algo más valioso: una verdadera tierra madre, una “matria” que a todos sus hijos reúne y a todos nutre.

Si se han levantado ustedes con ganas de celebrar, mejor no abran los periódicos. Podría amargarles el festejo algún político diminuto, y hasta algún mandamás del Instituto Cervantes, fundado para ejercer en el mundo la “capitalidad de la lengua española” (otra vez Alberto Buela), pero que anda por ahí mendigando perdón no se sabe muy bien por qué. Hoy la lengua y sus hablantes se visten de fiesta para bailar y cantar –cantar entendiéndose, quiero decir- al son de rancheras mexicanas y salsas portorriqueñas, guaranias paraguayas y merengues dominicanos, habaneras vascas y valses peruanos, milongas argentinas y jotas aragonesas. Hoy la lengua celebra que, en la múltiple luz de sus muchos acentos y variedades, sigue siendo una sola después de un milenio de historia.

Glosa de San Millan
Glosas del monasterio de San Millán

Aquella lengua niña que en siglo IX se asomó a los barrotes de la cuna en los cartularios de Valpuesta y dio sus primeros pasos en las glosas de Silos y San Millán, quiso pronto jugar a los héroes en los muy humanos versos del cantar de Mío Cid, y aprendió tolerancia y ternura en los “Milagros” del riojano Berceo. Alfonso X el Sabio la llevó a la universidad, donde hizo sus pinitos científicos, y lentamente, siglo a siglo, creció en hondura y extensión. Supo ser divertida en las correrías del Arcipreste de Hita y profunda en los ríos que van a dar a la mar del palentino Manrique; se desnudó en la prosa de Santa Teresa de Ávila y vistió cien ropajes en los versos de Góngora el cordobés; fue sincera confesión en el toledano Garcilaso de la Vega y burla mordaz en el madrileño Quevedo; fue canción del pirata en el extremeño Espronceda y canto de dolor en el alicantino Miguel Hernández; el barcelonés Juan Boscán le trajo de Italia la elegancia del endecasílabo y el canario Galdós la francesa obsesión por explorar los recovecos del alma humana.

Ya en el año feliz de 1492 la lengua castellana se había mirado al espejo en la gramática de Antonio de Nebrija, y debió de encontrarse muy significativa, lo que, hablando de una lengua, es como decir muy bella. Aquel mismo año la reina Isabel de Castilla, a quien por cierto dedicó el lebrijano su pionera descripción de la lengua, la nombró capitana de tres carabelas rumbo a un destino más que incierto, y allí gritó “¡Tierra!” a bordo de la Pinta en la voz del marinero Rodrigo de Triana, hace hoy 525 años. Y así podemos celebrar que la misma lengua en que Cervantes enseñó al mundo el arte entretenido de contar historias nos ha dado en Colombia los “Cien años de soledad” y en Argentina los cuentos de Cortázar o los sueños paradójicos de Borges; que las mismas palabras con que aprendimos a enamorarnos en Bécquer nos llenaron de líquida frescura en el chileno Neruda. Esta lengua, que ya se hizo mestiza en el cuzqueño Inca Garcilaso, hoy nos sienta a la mesa con el México de Octavio Paz y la Venezuela de Rómulo Gallegos, el Perú de Vallejo y el Uruguay de Benedetti, la Guatemala de Asturias y el Chile de Gabriela Mistral, el Paraguay de Roa Bastos y la Cuba de José Martí. Y en esta mesa de variedad prodigiosa suena aquella canción de Atahualpa Yupanqui para recordarnos que “yo tengo tantos hermanos que no los puedo contar”.

Gramatica de Nebrija a la reina Isabel
Dedicatoria de Nebrija a la reina Isabel.

Sin embargo, esta obra gigantesca se mira hoy en ambas orillas del Atlántico con cierto recelo, cuando no con marcada acritud. Nuestro mundo actual, que usa “imperio” como palabrota, parece incapaz de entender la visión de aquella reina futurista (sus Leyes de Indias están en la raíz de lo que hoy conocemos como Derechos Humanos, por mucho que hoy crean mirarla por encima del hombro gobernantes que en realidad no le llegan a la suela del zapato) o el empuje de una nación atrevida, que hizo de su idioma viajero la lengua de un imperio, con perdón.

De aquel imperio queda hoy una América fragmentada, pero también el regalo de una lengua que aún mantiene unidos los fragmentos. El español es el principal activo cultural y económico de Hispanoamérica y un escudo para su siempre frágil supervivencia. ¿Pueden ustedes imaginar el desamparo de Haití, emancipado en 1804 del yugo esclavista de Francia, si a los desastres naturales y la pobreza congénita no pudiese oponer el escudo de la lengua francesa? ¿A quién interesa en América agitar el fantasma del antiguo y supuesto opresor español? ¿Tal vez al imperialismo actual y real? Lo digo porque la tropa esa que hoy, 12 de octubre, celebrará el “Día de la Resistencia Indígena” parece desconocer la historia de América y se limita a imaginarla con cuatro cosillas que ha visto en las películas yanquis. Esto ya lo advirtió en 1904 el nicaragüense Rubén Darío, cuando escribió su poema al presidente Roosevelt:

          Eres los Estados Unidos,
          eres el futuro invasor
          de la América ingenua que aún tiene sangre indígena,
          que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

Respetar y admirar un deslumbrante imperio del siglo XVI no significa ser un peligroso imperialista del XXI a quien haya que sujetar. Cada tiempo tiene sus ideales. Aquello no fue más que una muestra de la humana vitalidad, como las migraciones neolíticas, el Senatus Populusque Romanus o la revolución industrial, que también tuvieron, como toda obra humana, sus luces y sus sombras.

Mosaico de escritores de España y America

Mientras tanto, en España llevamos cuarenta años practicando la sustitución sistemática del castellano por “las otras lenguas españolas” que recuerda y protege la Constitución, y lo hacemos como una especie de indemnización histórica. Es cierto que el castellano bebió de todos los idiomas que tuvo cerca y a veces los dejó medio secos. Así de darwinistas son las lenguas, a menudo soberbias cuando se ven superiores. Pero no es menos cierto que nuestros antepasados lingüísticos –palabra de vasco- se desprendieron generación tras generación de la suya propia por considerarla un medio de comunicación menos rentable y menos apto. La lengua española, que lleva mil años adiestrándose pacientemente para la comunicación cotidiana, la literatura, la ciencia, la administración, el periodismo, es un vehículo ideal de la vida pública (resulta cómico ver a españoles que hablan español emplear traductores en parlamentos y telediarios, total para entenderse en español). También lo es de la enseñanza, pues da a los estudiantes un afilado instrumento de conocimiento y los conecta con una realidad supranacional de inestimable valor. Hay que ser aldeano para dejar el Ferrari en el garaje y meterse en la autopista con un tractor.

Algún día tendremos que curarnos de esta esquizofrenia social y aceptar el regalo que nos ha hecho la historia. Si el mundo es un triste archipiélago de islotes lingüísticos, no pidamos perdón por haber creado en él un inmenso prodigio de libre comunicación y ciudadanía abierta, al que se acogen cada año millones de nativos de otras lenguas y otras banderas. No discutamos el milagro de la Hispanidad. Los milagros no se discuten; uno sencillamente se rinde a ellos.

Profesor LÍLEMUS

Anuncios