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El profesor Lílemus, sentado a su mesa, corrige ejercicios mientras la clase lee. El denso silencio se agita de tanto en tanto por una mano que pasa la página, un cambio de postura, alguien que se levanta hasta la mesa del profesor a consultar el diccionario.

Lilemus-CaraTras escribir un comentario en el ejercicio que acaba de calificar, Lílemus levanta casualmente la vista en busca de su autor. Justo en ese momento, en la última fila, Ignacio está pasando un papel desde su pupitre al de al lado, donde Nico lo espera con evidente curiosidad. Al verse sorprendidos, han dudado entre seguir o recular, y esa pequeña vacilación les ha inmovilizado un instante en el acto delictivo. Ya es demasiado tarde para echarse atrás, a pesar de lo cual Ignacio, súbitamente sonrojado, se lleva con habilidad el papel al bolsillo.

-Ignacio –la voz de Lílemus levanta todas las miradas-, trae ese papel a mi mesa, por favor.

-Pero…

-A mi mesa –repite el profesor.

-Pero… -insiste Ignacio, con la vaga esperanza de que la orden no sea definitiva.

La expresión de Lílemus no deja lugar a dudas. Ahora pálido, Ignacio recorre el pasillo entre miradas de excitación de sus compañeros.

-No, por favor… –suplica en voz baja al llegar-. Prometo que…

-He dicho sobre la mesa -apremia Lilemus, volviendo la vista a su tarea sin esperar a que el chico obedezca.

Ignacio cede por fin y le tiende el trozo de papel doblado. Permanece un momento así, como esperando a que el profesor lo reciba, pero al no encontrar respuesta lo deja sobre la mesa. De nuevo se queda a la espera de algo, tal vez que el profesor desdoble la nota y la lea. Pero tampoco.

-Muy bien, Ignacio. Te puedes sentar.

De vuelta al sitio, su gesto debe de parecer abatido, porque los compañeros le cruzan ahora miradas cómplices, alguna sonrisa solidaria. Tras sentarse, abre el libro e intenta concentrarse en la lectura. De vez en cuando levanta la vista, primero hacia el papel, luego hacia Nico, que le devuelve una sonrisa resignada. Para su desconcierto, Lílemus aún no ha leído la nota. Ni siquiera ha hecho caso de ella. Allí sigue sobre la mesa, amenazante, junto a la figura del profesor enfundada en su chaqueta de tweed verde. Pero la figura insiste en no hacer nada.

Tampoco Lílemus está concentrado en la corrección. En el fondo, le divierte la situación que se ha creado. Por una asociación de ideas caprichosa, le han venido a la cabeza las viejas palabras del jurista Ulpiano, recogidas en la compilación de Justiniano: Publicum ius est quod ad statum rei Romanae spectat, privatum quod ad singulorum utilitatem (“el Derecho Público es aquel que atañe al Estado romano; Derecho Privado el que se refiere al interés de los particulares”); sunt enim quaedam publice utilia, quaedam privatim (“pues hay asuntos de interés público y otros de interés privado”). En Roma, el hombre intervenía en las relaciones jurídicas de dos modos distintos: bien como ciudadano, es decir, como miembro de la comunidad políticamente organizada, bien como simple individuo. De ahí que las normas legales fueran unas de interés general (el Ius Publicum) y otras de interés particular (el Ius Privatum). Esta delimitación de los ámbitos público y privado, que ponía al Estado en su sitio y limitaba su intromisión en los asuntos particulares, es una de las grandes aportaciones de Roma a la civilización, aunque la nuestra lo olvide cada día más llamativamente.

Desde este singular punto de vista, la nota furtiva la ha pasado un ciudadano a otro ciudadano (por eso se encuentra sobre la mesa del profesor), pero su contenido, en cambio, lo ha escrito un particular para otro particular, y es por lo tanto privado. En ningún caso afecta al interés común de la clase, ni mucho menos al profesor. Privatus en latín significa ‘quitado’: es aquello que el individuo deslinda de la incumbencia ajena y reserva para sí mismo.

Ignacio y Nico, desde la inconsciente naturalidad de sus quince años, no pueden ni sospecharlo, pero Lílemus lo sabe bien. Es eso precisamente lo que ha enseñado siempre: “Somos ciudadanos romanos. Venimos de Roma y todavía la llevamos en todos los pliegues de la toga”. Si la nota sigue allí y el asunto sin resolver, es solo porque quiere dejar que la vergüenza opere en ellos una enseñanza. En el aula no basta decir las cosas: hay que ingeniárselas para que sean aprendidas.

Por otro lado, Lílemus no necesita vencer la curiosidad. Conoce perfectamente el contenido de la nota: es una de las cien cosas que a Ignacio le daría una vergüenza mortal que él llegase a leer. Y a juzgar por su gesto de abatimiento al entregarla, debe de ser una de las cinco primeras. En cualquier caso, pertenece a una intimidad ajena que no le pertenece. En latín, el superlativo intimus deriva de intra, ‘dentro’, y significa ‘lo de más adentro de todo’. Permitirse entrar allí sería en su caso una intro-misión. A Lílemus le encantan estos malabarismos verbales. No puede remediarlo.

-Es la hora –la voz del alumno encargado de anunciar los tiempos de clase le saca de sus pensamientos.

-Podéis salir al descanso –dice el profesor, levantando la vista-. Ignacio y Nico, acercaos.

El tono de las palabras es tranquilo, pero no hay ninguna concesión en la mirada con que les espera desde su mesa. Todavía se propone sacar un último partido a la inquietud de los colegiales.

-Bueno –dice al tenerlos cerca-, supongo que no vais a dejar aquí esta nota el resto del día. Podría leerla cualquiera…

Los chicos se miran perplejos.

-Claro –sigue el profesor-. ¿Quién la ha escrito?

-Yo… -dice Ignacio.

-¿Y a quién iba dirigida?

-A mí… –añade Nico.

-Entonces es vuestra, ¿verdad?

-Eso parece –concluye Nico, quien, ante la vacilación de su compañero, toma la nota y la estruja en la mano.

-Enviarse mensajes no está prohibido. Ni siquiera es inconveniente. Siempre que no os distraiga de las tareas. ¿Vosotros sabéis quién fue Ulpiano?

Ahora se miran confusos.

-No importa. Lo sabréis en clase dentro de dos semanas, y creo que entonces lo vais a aprender mejor que ningún otro. Hasta sospecho que sentiréis por él algo parecido al agradecimiento.

Sigue un silencio, medido segundo a segundo por la mirada sostenida de Lílemus.

-¿Y ahora…? –pregunta por fin Nico.

-Pues exactamente ahora –Lílemus consulta su reloj- os habéis perdido ya tres minutos de vuestro descanso. ¿Se puede saber qué hacéis todavía en clase perdiendo el tiempo con un profesor? Vamos, largo de aquí –añade con fingida severidad.

Salen apresuradamente, conteniendo apenas la risa. Ya en el pasillo explotan dos carcajadas de alivio, que llegan hasta el aula mezcladas con pasos a la carrera y palabras ininteligibles. Lílemus ha vuelto a sus papeles y a sus pensamientos. Se le acaban de ocurrir puntos de vista nuevos para la clase sobre el Derecho Romano. ¿No fue también Ulpiano quien dijo que los preceptos fundamentales del derecho son tres: vivir honestamente, no hacer daño a nadie y dar a cada uno lo suyo?

-Os habéis librado, chicos –dice para sí con una sonrisa-. Ulpiano nunca me habría permitido lo contrario.

(Dedicado a Ángel Ramírez que, cuando yo era un novato total, se tomó con afecto y paciencia el trabajo de entrar en mis clases para luego comentármelas y enseñarme la primera cualidad de un profesor: la sensatez.)

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