Como sabéis, el hecho de que nuestros relojes marquen las 12:00 del mediodía no significa necesariamente que nos encontremos en el mediodía verdadero, fenómeno astronómico que sucede cuando el sol, al pasar por el meridiano del lugar en que nos encontramos, alcanza en su camino aparente el punto más alto. En parte, esta diferencia entre la hora oficial y la verdadera se debe a la existencia del horario de verano, pero hay algo más. En efecto, cuando den las 12:00 del próximo domingo 26 de octubre de 2014, recién estrenado el horario de invierno, faltarán 46 minutos para que el sol pase por el meridiano de Valencia, 60 por el de Santander y 78 por el de La Coruña. La causa la conocéis: desde que existe el tiempo oficial, todos los puntos de un país tienen la misma hora de reloj, independientemente de la posición que a tal hora ocupe el sol en cada uno.

Reloj de torrePero las cosas no fueron siempre así. Imaginad que vivís a mediados del siglo XIX en una localidad de la costa cantábrica. La vida de vuestra decimonónica ciudad se ordena según el reloj de torre que exhiben la catedral o el ayuntamiento, y sus horas coinciden con las de todas las ciudades que, estando situadas en la misma línea norte-sur, tienen idéntica longitud geográfica.

Pero no sucede lo mismo en sentido este-oeste. Debido a la rotación terrestre, los fenómenos relacionados con el sol se van desplazando hacia el oeste a una velocidad angular de 15 grados por hora. A la altura de la costa cantábrica, situada a 43º de latitud norte, esto se traduce en una velocidad real de 1.220 km/h, según mis siempre falibles cálculos trigonométricos. O sea, que la luz del amanecer o la oscuridad del anochecer emplearán unos 25 minutos en recorrer los 520 km que separan San Sebastián y La Coruña.

Avance del anochecer desde el Levante español. La flecha indica el sentido de la rotación terrestre. La oblicuidad de la línea de sombra hacia el noreste indica que estamos en verano.
Avance del anochecer desde el Levante español. La flecha indica el sentido de la rotación terrestre. La oblicuidad de la línea de sombra hacia el noreste significa que estamos en verano.

Imaginad ahora un viajero del siglo XIX que, provisto de un reloj de bolsillo, parte a caballo desde Bilbao al amanecer y llega a Santander al atardecer. Allí apreciará que su reloj está casi cuatro minutos adelantado en relación con la hora local. No hay problema: nuestro viajero se limitará a cambiar la hora de su reloj y todos contentos. Durante un rato tal vez se empeñe en que sea ajustado el reloj del ayuntamiento, pero hasta los bilbaínos acabamos deponiendo nuestra proverbial chulería y cediendo a la razón.

En una época en que los viajes eran infrecuentes y se realizaban a la velocidad máxima de un cuadrúpedo, los habitantes de unas y otras ciudades vivían felizmente ajenos a estas pequeñas diferencias. En la mentalidad común, el tiempo no volaba en minutos y segundos, sino que discurría blandamente por entre las tareas cotidianas, los amaneceres y anocheceres, la fatiga y el descanso.

Ferrocarril

Pero llegó la revolución industrial, y con ella una novedad que impulsó los viajes y lo cambió todo: el ferrocarril. Con el desarrollo de los trenes, ya se podían recorrer en pocas horas vastas distancias. Pronto surgió el problema de la elaboración de las tablas horarias, para las que había de tenerse en cuenta la multitud de horas locales diferentes que recorrían las líneas. Los relojes de los viajeros se adelantaban o atrasaban incómodamente a medida que avanzaban veloces por la campiña, dificultando las conexiones con otras líneas. Peor era el asunto para los empleados del tren, pues debían coordinar un tráfico que se movía entre ciudades de horarios descoordinados. Los siempre peligrosos cambios de agujas se complicaban sin un tiempo unificado y el riesgo de accidentes aumentaba a la par que la expansión de la red ferroviaria.

Los británicos, pioneros del maquinismo, fueron también los primeros en encontrar una solución para el caos horario: “bastaba” sincronizar los relojes de todas las estaciones de una línea, al margen de las distintas horas locales. La primera compañía en hacerlo fue en noviembre de 1840 la Great Western Railway, adaptando todos sus relojes a la hora del Real Observatorio de Greenwich, en Londres. Otras compañías se sumaron en los años siguientes, hasta que en 1847 todas las estaciones de ferrocarril británicas adoptaron el llamado railway time. En la década siguiente, las señales horarias transmitidas por telégrafo desde Greenwich dieron al sistema una exactitud inimaginable.

El problema era que las líneas quedaban convertidas en islas horarias, incoherentes con los relojes que mandaban fuera de las estaciones. Con británica obediencia a la tradición, los municipios se resistían a cambiar los relojes públicos y los hábitos de vida por un asunto que solo les afectaba parcialmente. Por primera vez en la historia de la humanidad se pedía a todo un país que desligara el tiempo de su referencia natural: el sol. Pero poco a poco la revolucionaria idea, junto con sus innegables ventajas, fue haciéndose sitio en la mente de los ciudadanos. En un primer momento fue añadido a algunos relojes públicos un segundo minutero que marcaba la hora de Londres. En 1855 la inmensa mayoría de las ciudades ya habían adoptado esta como propia, pero hubo que esperar hasta 1880 para que el Gobierno Británico unificara oficialmente la hora en todo el país.

Reloj con dos minuteros en el Corn Exchange de Bristol
Reloj con dos minuteros en el Corn Exchange de Bristol

El resto de naciones siguió su ejemplo. Ya en 1868 Nueva Zelanda, entonces colonia británica, había unificado su horario. Francia lo hizo en 1891, adoptando como hora oficial la de París. España, en lugar de ajustar su hora a la de Madrid, adoptó en 1900 la de Greenwich, cuyo meridiano atraviesa Aragón y Levante.

El caso de Francia (cuya hora se diferenciaba de la británica en 9 minutos y 21 segundos) pone de manifiesto que aún faltaba un cambio por hacer: la universalización del tiempo, que se logró mediante la fijación de veinticuatro meridianos de referencia, en intervalos de quince grados, o sea, de una hora. Son los llamados husos horarios.

Pero esa es otra historia. La de hoy trataba de cómo el tren trajo a nuestras vidas la velocidad, y de cómo la velocidad, al unirnos con los que estaban lejos, aconsejó la sincronización de sus relojes y los nuestros. Y es que el tiempo, igual que el espacio, es tan idóneo para favorecer el encuentro como para imponer la separación.

Profesor LÍLEMUS

(En querida memoria de Sergio Oiarzabal, hijo de ferroviario, que amaba los trenes, la poesía y la conversación)

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