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Es la hora perezosa de la digestión. El profesor Samuel Lílemus mira el horizonte del mar a través de los ventanales, mientras la clase lee en silencio a Federico García Lorca.

Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
con una vara de mimbre
va a Sevilla a ver los toros.
 

Hace un minuto el profesor paladeaba en la mente el sonido de los versos, ese ritmo brillante que habrá de hacer sentir a los alumnos cuando empiecen las lecturas en voz alta.

Moreno de verde luna
anda despacio y garboso.
Sus empavonados bucles
le brillan entre los ojos.
 

Pero en algún momento el andar de las palabras se ha desviado hacia un recuerdo de hará quince años, cuando tuvo delante un gitano como este que camina elegante en el poema. Fue un mediodía de agosto en una terraza con mesitas del sevillano parque de María Luisa, charlando en buena compañía. Por entre los árboles centenarios vio venir -camisa clara, pantalón oscuro- la pausada figura de un gitano -gorra al sol, zapato al polvo-, que llamó la atención del profesor por su apariencia a la vez orgullosa y distraída. De elevada estatura, ya no demasiado joven, alargaba la zancada con una mezcla de parsimonia e intensidad, como si viniera subiendo el llano paseo que conducía a la terraza. A Lílemus se le agolparon recuerdos de los poemas de Lorca.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
 

Parque de Maria Luisa-paseo

Al llegar a la terraza, el hombre se plantó al borde de la zona de mesitas y clavó la negra mirada en un punto por detrás de las cabezas, sin que dejara de parecer que miraba a cada uno.

-Este tío sabe lo que hace -apreció en un susurro el profesor, acostumbrado él mismo a captarse públicos variados.

Gitanos

Para cuando sacó de alguna parte la solapa de una caja de cartón de embalar, ya la terraza era suya. Entonces le salieron de las manos unos dedos larguísimos y empezó a hacer sonar la solapa, venida de quién sabe qué basura, como si estuviera tocando una guitarra granadina. Las uñas crecidas y amarillentas recorrían la cara ondulada del cartón arrancando sonidos increíbles, como un vibrar de cuerdas y madera. El número fue breve y logrado, de una gracia endiablada que acabó en sonrisas y aplausos.

Luego pasó con la gorra tendida entre las mesas. A medida que se acercaba a la suya, Lílemus pudo apreciar con más detalle la fuerza de su actitud. El hombre no había abierto la boca en ningún momento. Toda aquella energía se concentraba en unos ojos de acero que parecían pedir sin necesidad y agradecían sin sonreír, como quien reclama por derecho el precio –el valor- del espectáculo.

Me porté como quien soy,
como un gitano legítimo.
 

Era imposible negarse a tanta excelencia. Pero Lílemus… se negó. Diez minutos antes, al llegar a la terraza, dos charlatanes se habían acercado a engatusarle con mil zalamerías y no sé qué historia improbable. Y se los había quitado de encima con unas monedas. El episodio le tenía todavía incómodo y humillado, bien prevenido contra cuentistas y parásitos. Así que al tenerlo delante, esquivando la alta mirada, bajó la vista en silencio a la gorra pedigüeña sin un maldito gesto. Hay que ser injusto y majadero. La gorra no tardó un segundo en comprender y con discreta elegancia levantó el vuelo hacia otra mesa más acogedora. Para cuando Lílemus cayó en la cuenta de su estupidez, camisa y pantalón se perdían a lo lejos en dirección al río.

Para los barcos de vela
Sevilla tiene un camino.
El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos.
 

Parque de Maria Luisa-aereo

Si hubiera podido dar marcha atrás, habría echado mano al bolsillo para vaciar en la gorra hasta las llaves del coche. Pero la grandeza suele presentarse en destellos irrepetibles, y hay que saber verla a tiempo si queremos hacerle justicia y, de paso, brillar con su luz. Una luz como la del gitano aquel, o la del Camborio del poema, que tal vez alguno de estos lectores adolescentes habrá sabido captar.

A la mitad del camino
cortó limones redondos
y los fue tirando al agua
hasta que la puso de oro.
 

Federico Garcia LorcaLos primeros murmullos de los que han terminado la lectura le hacen volver poco a poco del lejano horizonte. Ha llegado el momento de dar a la clase un golpecito de timón. Después de quince años el recuerdo todavía le quema. Aquella mirada silenciosa, toda dignidad y orgullo, era la de un rey destronado que recorre mendigando países extranjeros. Y él no supo verla hasta que ya estaba lejos.

-Bueno -dice al fin-, me queréis decir qué ideas tenéis vosotros de los gitanos…

De cualquier cosa acaba aprendiendo un profesor. Hasta de las propias tonterías.

Profesor LÍLEMUS

[Para mis queridos Anacri y Juan Ignacio, en quienes uno aprende naturalmente a mirar el Sur.

Y vaya esta tardía propina al hombre aquel que me dio una lección de Lorca superior a cualquiera de las recibidas en la escuela o la universidad.]

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