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Comerciante de alfombrasA lo largo de la historia, toda transacción comercial ha pasado por el fascinante trámite del regateo. Cada objeto puesto a la venta en Roma o Damasco, en Atenas o Cuzco, se ha sometido a un ritual de tira y afloja en que comprador y vendedor se baten “el cobre” sin herirse. Bazares y tenderetes han sido eterno teatro de este vistoso drama donde gestos y palabras manifiestan las voluntades sin declarar nunca las intenciones.

El regateo se fundamenta en la primera ley del comercio, según la cual el precio de un artículo es esencialmente negociable. Y el precio es negociable porque es la plasmación material de una realidad inmaterial: el valor del artículo. Al regatear confrontamos dos tasaciones diferentes, movidos por una aspiración de justicia (la cualidad más alabada de un precio es que sea justo); y esto se ha hecho tradicionalmente mediante una discusión, de modo similar a como se litiga en un tribunal la justicia de una causa. Por eso el regateo dignifica a ambas partes, que pueden cerrar el trato con un apretón de manos, símbolo de igualdad, dignidad y respeto.

Codigo de barras UPCPero el comercio moderno se las ha arreglado para alterar el antiguo orden. Los mercaderes de fines del siglo XX encontraron por fin un medio avasallador para someter de un solo golpe a todos los compradores del planeta: el código de barras. Este astuto invento consiste en una serie de barras negras y espacios blancos que, al pasar por un lector electrónico, son traducidos como una serie de números (redundantemente escritos bajo el propio código) que identifican inequívoca y universalmente el producto. A partir de ahí, la información se conecta con la base de datos particular del establecimiento, donde está asociada a un nombre de producto y un precio.

Esto tiene indudables ventajas, casi todas favorables al comerciante. Aparte de que el ritmo de la venta se acelera, la tienda puede conocer en todo momento las existencias disponibles, o extraer conclusiones del número de unidades vendidas en cada momento del día, la semana o el mes. Pero el quid del código de barras –lo que convierte en tragedia el drama de siempre- es que el comerciante se arroga el derecho a marcar unilateralmente el precio sin que medie discusión alguna. El acto de la compraventa queda así reducido a un protocolo deshumanizado donde vendedor y comprador intercambian en silencio bienes y dinero. Y mientras, en el Olimpo, también calla dolorido Hermes, el dios elocuente, protector del comercio.

Los símbolos numéricos constan de siete módulos o franjas de igual anchura, que pueden ser barras negras o espacios blancos. Donde un número de la parte izquierda tiene una barra, su equivalente de la derecha tendrá un espacio, y viceversa.

Cada símbolo numérico consta de siete módulos o franjas de igual anchura, que pueden ser barras negras o espacios blancos. Donde un número de la parte izquierda tiene una barra, su equivalente de la derecha tendrá un espacio, y viceversa.

Cuando uno piensa en esta maniobra de los magnates, le viene a la mente el adjetivo diabólico. Y en el caso que nos ocupa podría estar más que justificado, si tenemos en cuenta cierto detalle que paso a explicar. Resulta que las barras y espacios del código están inscritos dentro de una marco fijo que los separa en dos grupos o mitades. Este marco consiste en tres símbolos de mayor altura que las barras y espacios normales, y situados en el principio, el medio y el final del código. Y la figura elegida para estos símbolos, llamados “barras de seguridad”, recuerda sospechosamente a la del número 6 de la mitad derecha, como se muestra en la imagen siguiente.

He coloreado ciertos símbolos para dar idea de la coincidencia.

He coloreado ciertos símbolos para dar idea de la coincidencia.

Esto significa que cualquier código de barras convencional (el UPC o Universal Product Code) parece contener la serie de números 666, que como todos sabéis se identifica en el libro del Apocalipsis como el número de la bestia. Lo que tal vez no sepáis es que el Apocalipsis asocia esta cifra precisamente con el comercio. Leed, si no, el siguiente fragmento de su capítulo 13, donde San Juan, tras describir la bestia salida del mar con siete cabezas y diez cuernos, nos habla del poder de una segunda bestia bicorne, salida de la tierra:

“(La bestia) hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les marcara sobre su mano derecha o sobre su frente. De suerte que nadie pudiera comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría. El que tiene ingenio calcule el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.”

666, el diabólico número de la bestia. Ya sé que el asunto resulta sensacional e inquietante, pero no quiero lograr vuestra sorpresa al precio de una inexactitud. El propio George J. Laurer, creador en 1973 de los primeros códigos UPC, aclara en su página web que la barra de seguridad y el símbolo del 6 (cuando aparece en la mitad derecha) no son idénticos, ya que la primera consta de tres o cinco módulos (barra-espacio-barra o, en el caso de la central, espacio-barra-espacio-barra-espacio) mientras que el segundo, como todos los símbolos numéricos, consta de siete (en su caso, barra-espacio-barra seguidos de cuatro espacios que, por ser blancos, no suelen tenerse en cuenta por el público). Laurer asegura tajantemente que esta semejanza es pura casualidad.

Las barras de seguridad solo comparten con el 6 derecho el patrón barra-espacio-barra.

Las barras de seguridad solo comparten con el 6 derecho el patrón barra-espacio-barra.

Y yo creo que tiene razón. Lo diabólico del código de barras no está en esta coincidencia apocalíptica, sino en la despersonalización de las relaciones humanas que propone el comercio moderno. Basta ir al supermercado para comprobarlo. Allí veréis a los compradores, que un día fueron libres (comprar procede del latín comparare, ‘cotejar’), convertidos en consumidores solitarios, desatendidos y obedientes. Y a los comerciantes, que un día fueron cautivadores, convertidos en empleados autómatas que se limitan a cobrar artículos cuyo valor desconocen. Y a ambos en simples dientes de un engranaje manejado desde lejos por un poder anónimo y supremo que les ha arrebatado el libre derecho a discutir, a cortejarse, a ponerse de acuerdo y respetarse.

El efecto es evidente: a las nuevas generaciones, que han crecido enjauladas tras los barrotes del código, les avergüenza discutir los precios; y de tanto participar en esta ceremonia infernal, a todos se nos va olvidando que el precio de un objeto es negociable porque la tasación de su valor es una cuestión personal: algo que aprecian de modo distinto dos personas distintas.

Profesor LÍLEMUS

[Para mi hermano Martín, un verdadero amante de la negociación, que sería capaz de discutir a Caronte el óbolo de la barca y obtener una rebaja, para luego pagárselo íntegro con una sonrisa de triunfo. Seguro que los dos acabarían tomándose unas birras…]

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