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La pregunta por la antigüedad comparativa de dos lenguas (o, en términos absolutos, por la lengua más antigua de las habladas en el mundo) es una cuestión que a menudo se hacen los profanos. Cuando alguna vez me la han planteado a mí como filólogo, he contestado que es una pregunta sin respuesta. Naturalmente, emplear tiempo, vino y amistad en responder preguntas que no tienen respuesta es una de las aficiones más viejas y entretenidas de la humanidad, así que no veo por qué no podemos dedicarle la entrada de hoy. La tesis que vengo a sostener puede formularse así: hasta donde podemos saber, ninguna lengua tiene un origen preciso en el tiempo, y por tanto ninguna puede considerarse más antigua que otra: todas las lenguas son la lengua más antigua. Claro que esta tesis admite discrepancias y matizaciones, y espero las vuestras a través de comentarios, pero debo advertir que mi argumento es, aunque simple, bastante afilado. Empecemos.

Es un hecho de evidencia que las lenguas viven en el tiempo y sufren pequeñas transformaciones de generación en generación, sin saltos bruscos. Yo hablo el castellano aprendido de mis padres, que a su vez lo aprendieron de los suyos. Y el castellano que yo hablo no es idéntico al de mis abuelos (a mi abuelo le sorprendía que sus nietos dijéramos “¡vale!” cuando estábamos de acuerdo en algo) pero sin duda se trata de la misma lengua. Atentos al concepto, porque voy a llevarlo al extremo en esta exposición: no es idéntica, pero es la misma.

Si viajamos hacia el pasado a través de las generaciones, la lengua de nuestros antepasados será cada vez más diferente de la nuestra, pero todos reconoceréis que sigue habiendo una identidad esencial. Para que este viaje no resulte demasiado abstracto, vamos a considerar una palabra concreta que nos sirva de hilo: la palabra “noche”. Ya sé que un idioma es mucho más que una mera lista de palabras, pero creo que la muestra nos ayudará a manejarnos. Nuestros antepasados lingüísticos ya llamaban “noche” a la noche en tiempos de las glosas emilianenses, aproximadamente el año 1000 de nuestra era. Antes de eso, a medida que nos acercamos a la época visigoda (siglos VII y VI), encontraremos ancestros que decían esta palabra –la misma palabra- con pequeñas diferencias de pronunciación: primero “noite” (pronunciación que se conservó intacta en gallego) y aún antes “noχte” (algo así como “nojte”), que es una relajación de la forma “nocte” propia del latín vulgar tardío (la variedad coloquial del latín difundida en el Imperio Romano y base común de las lenguas romances).

Extension del latin

Siguiendo hacia el pasado nos encontraremos con el latín clásico (el de Julio César, Cicerón, Virgilio), donde a la noche se le llama, en caso nominativo, “nox”, y en acusativo, “noctem”. Hay también otras formas para los casos vocativo, genitivo, dativo y ablativo, pero vamos a quedarnos con “noctem”, porque el acusativo fue el único caso conservado al desaparecer el sistema de declinación latino y es el antecedente de las palabras castellanas originarias de nuestra lengua madre. Naturalmente, ha habido uno o varios momentos de este proceso en que la lengua no se ha transmitido de padres a hijos, sino de colonos a nativos o de maestros a alumnos, pero esto no cambia en esencia las cosas: la evolución de la forma de acusativo “noctem” a “noche” se ha operado siglo tras siglo, año tras año, sin solución de continuidad. Se trata, pues, de la misma palabra, de la misma lengua.

Si os está fatigando tanto remontarse, os puedo prometer alguna sorpresa a cambio de haceros retroceder aún más. Llegaremos así al latín arcaico que se hablaba, por ejemplo, en tiempos de la fundación de Roma (753 a.C). Junto a la forma de acusativo “noctem” (y las correspondientes al vocativo, genitivo, dativo y ablativo) encontraremos aquí un nominativo diferente (“nocts”), además de un caso locativo (“noctei”) que luego desapareció.

Pero sigamos preguntándonos: ¿de dónde venía ese latín arcaico? Sabemos que los latinos fueron un pueblo inmigrante que entró en la península itálica (llevando su lengua –nuestra lengua- consigo) en el II milenio a.C., procedente tal vez de Europa Central. Este y otros pueblos emparentados entre sí (los llamados pueblos indoeuropeos) se suponen descendientes de una etnia que habitó las estepas al sur del río Volga hacia el año 4000 a.C. Esta etnia primitiva tuvo luego un proceso de expansión en oleadas migratorias sucesivas, que a lo largo de milenios la condujo a Irán, Mesopotamia, la India, la península de Anatolia, Europa. Su lengua (el protoindoeuropeo, que quedó “sembrado” en este amplio territorio) es anterior a la escritura y no poseemos de ella documentos escritos (ni los tendremos nunca), pero ha podido ser reconstruida por los lingüistas con cierto grado de verosimilitud a partir de sus múltiples resultados: las más de ciento cincuenta lenguas indoeuropeas que hoy hablan unos 3.200 millones de personas en el planeta, además de otras ya extintas en la Antigüedad. En protoindoeuropeo, parece que a la noche se le llamaba “nokʷts”, con esa consonante velar labializada kʷ, que se articula en el velo del paladar con un avance simultáneo de los labios (no lo intentéis, por favor).

Origen y expansión de los pueblos indoeuropeos.

Origen y expansión de los pueblos indoeuropeos.

Naturalmente, podríamos seguir remontándonos aún más con la imaginación, pero ya no disponemos de ninguna base concreta para reconstruir las fases anteriores, que sin duda existieron. En efecto, aquella protolengua hablada hace 6.000 años no debió de salir de la nada, sino que era evolución de una lengua anterior o, más exactamente, de sí misma en un estadio anterior. Es, de hecho, un idioma de gran complejidad gramatical, como demuestran sus ocho casos (además de los seis latinos, poseía un locativo y un instrumental), tres números (singular, dual y plural), tres géneros (masculino, femenino y neutro), y un sistema verbal de gran riqueza. No parece que tal logro se pueda improvisar así como así, de un milenio para otro.

Naturalmente, este camino retrógrado que hemos recorrido desde el castellano podríamos haberlo hecho también desde otras lenguas. Las que pertenecen a familias lingüísticas distintas de la indoeuropea (el árabe, chino, japonés, vasco, georgiano, finés, húngaro, bantú, guaraní…) nos conducirán a sus respectivas protolenguas. Las indoeuropeas (las de los grupos lingüísticos itálico, eslavo, celta, germánico, griego, báltico, indoiranio…) nos conducirán, igual que el castellano, al protoindoeuropeo, donde hemos visto que a la noche se le llama “nokʷts” (y “nekʷts” en genitivo). De ahí proceden los nombres de la noche en italiano (notte), rumano (noapte), ruso (ночь, noch), esloveno (noč), galés (nos), inglés (night), alemán (Nacht), sueco (natt), griego moderno (νυχτα, nikhta), lituano (naktis), antiguo sánscrito (नक्त, nakta) o albanés (natë), por poner algunos ejemplos de idiomas indoeuropeos.

Desde este punto de vista, ni el latín ni el indoeuropeo son lenguas muertas: sobreviven a través de un proceso ininterrumpido en cada una de sus lenguas descendientes. Lo que sucede es que, al “fragmentarse” en múltiples variedades incomprensibles entre sí (en el caso del latín son el italiano, castellano, francés, rumano…), no podemos dar a todas ellas el mismo nombre. Ya no lo llamamos “latín” (o indoeuropeo), pero sigue vivo en nosotros. Si lo pensamos bien, ahora mismo me estoy comunicando con vosotros en latín (y también en indoeuropeo).

El latín quedó fragmentado en variedades incomprensibles entre sí. Consideradas en conjunto, son lenguas distintas, pero cada una de ellas por separado

El latín quedó fragmentado en variedades incomprensibles entre sí. Consideradas en conjunto, son lenguas distintas, pero cada una de ellas por separado es con toda propiedad el latín.

Esto no significa que las lenguas no puedan morir. Sabemos de idiomas que se han extinguido poco a poco por diversas causas sin transformarse en otras (el ibero, el etrusco, el sánscrito, el galo, el mozárabe, el guanche, el dálmata), pero no tenemos constancia de ninguna lengua natural que haya nacido de repente, en un momento preciso de la historia, y por lo tanto tenga un año 1 a partir del cual medir su antigüedad. Así que todas las lenguas son, hasta donde llega nuestro conocimiento de ellas, igualmente antiguas. Cada una de ellas ha sufrido una evolución peculiar a partir de estadios anteriores, en un camino que termina perdiéndose en la noche de los tiempos.

Noche-Orion

Y ya que hablamos de la noche, alguna vez, en noches solitarias de telescopio y contemplación, he imaginado a un individuo de aquella etnia indoeuropea primitiva que, mirando hace 6.000 años el mismo cielo nocturno, abre los labios para nombrar: “nokʷts”. En momentos así he pronunciado en voz alta mi propia palabra “noche” y he sentido emocionado una identidad esencial con aquel antepasado lingüístico. Ambos hablamos la misma lengua, pero ya no podríamos entendernos por medio de ella. Él permanece en mí, igual que en el anciano subsiste el bebé que un día fue, aunque el paso del tiempo haya vuelto esa identidad casi -solo casi- irreconocible.

Profesor LÍLEMUS

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