La pausa veraniega de la profesión da rienda suelta a cualquier deformación profesional, en mi caso la del cazador de usos lingüísticos. Estaba yo leyendo el periódico en la terraza de un bar, cuando me llegó el grato sonido de una conversación ajena. Bueno, tal vez tuve que pegar la oreja, pero eso no viene al caso. El rabillo del ojo me enseñó dos hombres más bien jóvenes, seguramente aficionados a la montaña, que hablaban de sus planes para las vacaciones.

-El año pasado estuve en Picos de Europa, así que este mes de agosto haré una escapada a Pirineos –dice uno.

Picos de Europa

Al principio me extrañó que se refiriese a las cordilleras sin el artículo delante (los Pirineos, los Picos), como diría cualquiera. Pero entonces comprendí: la clave está precisamente en ese “como diría cualquiera”. El montañero de verdad, el entendido, el suscriptor de “Pyrenaica” o “Desnivel”, debe de sentir que la naturaleza se ha llenado de gentecica desprevenida que viste chándal sobre zapato y alborota la pureza de los lagos de Covadonga con gritos de «¡Jennifer, baja de esa piedra, que te vas a mancar!». O peor aún, de esa otra que se ha equipado a la última en las grandes superficies y podría hasta dar el pego en pleno teleférico de Fuente Dé. Y ante esta invasión perturbadora el montañero de postín necesita reafirmar su pertenencia a la estirpe de Reinhold Messner con algo que nunca podrá suministrar Decathlon: el lenguaje montañero. Algo que en la cabina del teleférico permita poner en su sitio al impostor y “reconocerse” en cambio con el alpinista de toda la vida, ese que se apoya en el cristal de espaldas al vulgo y sin duda lleva unos crampones como Dios manda en algún compartimento de la mochila. No se vaya a pensar que hemos llegado allí con alguna oferta de Halcón Viajes.

El hombre versado debe demostrar que tiene con su tema un magreo exclusivo que lo distingue del común de los mortales. Eso se nota, por supuesto, en el uso de una jerga propia, pero la jerga no deja de estar al alcance de cualquiera. Un regatista novato volverá al bar del club náutico hablando en voz bien audible de “escotas” y “drizas”, de “ceñidas” y “trasluchadas”, de la noche que pasó “abarloado” a un “trimarán” en el puerto de Arcachon. El vocabulario se aprende y se exhibe sin problema, pero la sintaxis es otra cosa; las sutilezas gramaticales nos dan un no sé qué inalcanzable para el recién llegado.

Un autentico entendido

La pareja de la terraza no da mucho más de sí, por lo que decido dejar el curioseo y concentrarme en la lectura del periódico. La sección de gastronomía describe un vino (un “caldo”, en realidad) en estos términos: «En nariz es fresco, con aromas de regaliz, pimienta, frutos rojos y vainilla; en boca la fruta y la madera están bien conjuntadas, haciendo un vino equilibrado, expresivo y alegre que marida a la perfección con gran variedad de platos». Ya no me llama la atención que el vino huela a regaliz y se exprese con alegría y sea un marido perfecto; a mí me pasa lo mismo después de tomar regaliz. Pero veo que aún queda una seña de distinción para quien se lanza al estrellato del “sommelier” profesional haciendo mil porquerías con el vino “en boca” y “en nariz”. Esta sutil patada al pobre artículo ya no está al alcance de cualquier cierrabares que haya visto Masterchef.

Unididad de cuidados intensivos

Y entonces me viene a la destartalada memoria un torrente de ejemplos añadidos: la enfermera que anuncia el traslado de un enfermo desde la UCI a planta; el piloto que llega a su primera temporada en Fórmula 1; el periodista que ha logrado colocar un reportaje en última página; o cuando llamas a Ikea para consultar la disponibilidad de cierta mesa de nombre impronunciable y te dicen con toda pulcritud:

-Sí, señor, disponemos de varias unidades en almacén. Claro que en domicilio no se lo pondríamos hasta el lunes, pero en tienda lo puede usted recoger hoy mismo.

Tampoco la política es ajena a estas virguerías de lenguaje. Si en la tribuna del Parlamento Vasco a un representante le diese por hablar del final de la ETA, con ese artículo toscamente infiltrado en la banda, un runrún escandalizadillo despertaría a sus amadorradas señorías, provocando risitas de complicidad entre los bancos más dispares. ¿Es que algún andaluz despistado se ha saltado el horario de visitas?

Mientras pago el café (¿cobrarán lo mismo en barra que en terraza?, me pregunto a mí mismo por íntimo afán provocador, miren si soy puñetero), llego a sospechar que la culpa la tendremos como siempre los profesores, tan dados a recrearnos en las instituciones romanas de época republicana o en los utensilios de período magdaleniense. Parece que nos tasaran las frases por palabras, como en los telegramas. Y hago el firme propósito de sentarme al odenador para recomendar a ustedes el honesto uso del artículo castellano, en este mundo donde lo exclusivo está al alcance de cualquier pelado y nos hacemos permeables a toda clase de esnobismos. No tengan reparos en sentarse a la mesa de Ikea que acaban de recoger en la tienda y comentar los insólitos aromas del vino en la nariz, o en irse de vacaciones a los Pirineos mientras desean, de una vez por todas, el final de la ETA.

Agarren con firmeza el artículo y no lo dejen caer, no sea que les arrastre al encharcado suelo de la pedantería.

Profesor LÍLEMUS

P.D. Roberto Zamarbide me aporta en Facebook dos ejemplos geniales, tomados del lenguaje de las retransmisiones: “El jugador centra con pierna derecha” y “El balón se pierde por línea de fondo“. Se ve que también el periodismo deportivo está lleno de entendidos.

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