Hoy os traigo un cuento poco conocido del muy conocido autor teatral Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), al que podéis saltar directamente si preferís libraros de lo que sigue. ¿Por qué un cuento de un dramaturgo? Veréis. El pasado domingo quedé para verme con un buen primo -carnal- y mejor amigo, que, aun antes de estrecharme la mano, ya me había puesto en ella, a modo de regalo, las “Máximas mínimas y otros aforismos” del autor madrileño. Y la condensación temática de esas aceitunas literarias que son las máximas me ha abierto el apetito a piezas más largas y me ha llevado a rastrear en su obra narrativa algún ejemplar que traer al blog.

epitafio de jardiel poncela

Jardiel fue autor teatral de éxito en los años treinta y primeros cuarenta, con obras como “Cuatro corazones con freno y marcha atrás” (1936), “Eloísa está debajo de un almendro” (1940) o “Los ladrones somos gente honrada” (1941). También practicó la novela, el cuento y el aforismo. Él creía que la muerte aumenta la celebridad del escritor, y así lo expresó en la frase escogida –por él mismo, según me aclara amablemente su nieto, Enrique Gallud Jardiel– como epitafio para su tumba: «Si buscáis los máximos elogios, moríos». Claro que en su propio caso no acertó, porque el público coetáneo adoraba sus comedias, pero las décadas posteriores a su muerte vieron un proceso de creciente ideologización de la cultura, tanto durante el franquismo como durante ese reverso del franquismo en que se ha ido convirtiendo la democracia. Y ninguno de los dos regímenes ha dedicado los máximos elogios a un hombre que se tomaba la vida con la independencia y escepticismo propios de un humorista de verdad.

Foto de enrique jardiel poncela

En sus palabras, «jamás he sido un hombre de derechas o de izquierdas. Me gustaron siempre las ideas inherentes a los dos bandos y con su mezcla estaba hecha mi ideología ecléctica. Amaba el sentido histórico y reverencial de la tradición en mil aspectos, propio del programa de derechas, y amaba también el sentido porvenirista y re­verencial del progreso y de la libertad, genuino del programa de izquierdas. Hubiera deseado, pues, una política española de tipo mixto, con lo bueno de los dos lados». En lugar de ello, encontró la censura desde ambos bandos: «Al escribir no acierto mucho con los gustos y criterios de los que bajo dos regímenes diametralmente opuestos ejercen y han ejercido la fiscalización artística». Y eso que entonces no podía ni sospechar que en cuestión de sesenta años su obra se iba a ganar la etiqueta de políticamente incorrecta.

Dibujo de jardiel poncelaDurante la Guerra Civil le desencantó del bando republicano la detención e interrogatorio que sufrió en una checa de Madrid, con el falso cargo de haber dado cobijo al exministro de Gobernación de la República Rafael Salazar Alonso, quien fue condenado –sin pruebas, por cierto- y ejecutado poco después por las propias autoridades republicanas. Esto, unido a la profanación de la tumba de su madre, le convirtieron en propagandista del bando sublevado, aunque luego el régimen franquista prohibió sus novelas por inmorales y no pudieron reeditarse hasta 1958, seis años después de su muerte. Tampoco le ha ido mejor en nuestros días: en un mundo donde el arte come de la subvención pública y donde lo público ha sido acaparado por los partidos, los criterios extraliterarios se vuelven esenciales a la hora de alinear una selección nacional literaria, y la falta de afinidad ideológica o la simple independencia dan muchas papeletas para chupar banquillo, por ejemplo, en los programas escolares. Y es que, también en sus palabras, «el que no se atreve a ser inteligente, se hace político».

Foto de enrique jardiel poncelaCon todo, hay otros factores que influyen en este olvido de la figura y obra de Jardiel, y no me refiero solo a la moderna crisis del teatro: en literatura nada caduca tan rápido como el sentido del humor. Repasad mentalmente los últimos chistes que os han contado y veréis que en todos hay un elemento común: la imprevisibilidad. Cualquier fórmula humorística juega con lo extraño, lo impropio, lo absurdo, pero al ponerse de moda se va volviendo trivial y acaba siendo lo único que no puede permitirse: previsible. Por eso el sentido del humor evoluciona rápidamente a lo largo de la vida de una persona y también de una comunidad. El drama o la tragedia no tienen la misma necesidad de novedades, pues todos encontramos parecidos motivos para emocionarnos o llorar, pero en cambio nos reímos por disparates de lo más variados. El habitual “¿y ese de qué se ríe?” no deja de ser un síntoma de esta variedad.

En tal sentido, el relato seleccionado para la entrada de hoy me parece que ha envejecido razonablemente bien. La pieza carece de título, ya que está ensartada en la serie “Nueve historias contadas por un mudo”, perteneciente a “El libro del convaleciente (inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios)”. Espero que la disfrutéis. Si queréis saber más de su autor, podéis seguir este enlace.

Profesor LÍLEMUS


Escatrón había llegado a primer actor del “Teatro del Drama Rural” como otros hombres llegan a conseguir encender el mechero automático a fuerza de paciencia y de sufrir chispazos. En el “Teatro del Drama Rural” se representaban exclusivamente comedias de frac, gracias a esa exquisita lógica que se observa en la vida de entre bastidores. Algunos autores ingenuos llevaban allí todavía dramas rurales.

—¿Dónde ocurre esa obra? —preguntaba el empresario.

—En la provincia de Palencia.

—¿Qué son los personajes?

—Pastores y cargadores de carbón de encina.

—No me sirve. En este teatro no se representan más que comedias de frac y de smoking.

Y era inútil insistir, porque la insistencia caía en un vacío neumático. Escatrón, que fuera del teatro conquistaba innumerables viudas gracias a que era muy alto y a que su cintura parecía quebrarse en el contoneo de la locomoción, dentro del teatro sufría angustias hiperbólicas. Aquel repertorio de comedias de frac y de smoking amenazaba arruinarle. Tenía en su guardarropa setenta trajes, veinte pantalones de corte, cuarenta y tres chalecos de fantasía, doce chaqués, seis smoking, siete fraques, cinco levitas, cincuenta y nueve pares de zapatos y botas, treinta pijamas, trece pares de pantuflas, setenta y dos sombreros, treinta y seis bastones y seis baúles de accesorios para su toilette.

Sin embargo, el guardarropa de Escatrón era insuficiente, y cada nueva comedia que se estrenaba le obligaba a hacer siete u ocho visitas al sastre. Escatrón, lloroso ante el espejo de su camerino, había llegado a acariciar con ternura la culata de su pistola. Vivía desesperado, como un personaje de Sófocles. Cierta tarde, al pie de la cartelera del teatro, leyó la siguiente advertencia: “La máquina de escribir que aparece en el primer acto de esta obra es de la casa Robiss Klark y Compañía”. Se separó de allí insultando mentalmente al empresario. Aquel don Joaquín era un miserable que, con tal de no comprar una máquina de escribir, recurría a pedirla prestada a una fábrica, a cambio del anuncio… Y, de pronto, Escatrón se dio un golpe en la frente con el  bastón y se hizo un cardenal. Acaba de hallar el medio de no arruinarse por culpa del sastre o del sombrerero. El día del estreno de la comedia “Lord Beach, embajador de  Inglaterra”, el cartel del “Teatro del Drama Rural” anunciaba la obra, indicaba el reparto de la misma y decía, unas líneas más abajo, lo siguiente:

“El frac que viste en el segundo acto el señor Escartón está confeccionado por Pérez Hermanos”.

“El abrigo del prólogo es de la Casa de Anchaves”.

“El batín que viste el señor Escatrón en la escena del adulterio es de la Casa de Ravot”.

“Los guantes que se quita al entrar en escena en el último acto son de la Casa de Pildlo”.

“Las flores que regala a la dama en la primera escena son de la Casa de Campo”.

“El monóculo que usa en toda la comedia es de la fábrica de vidrio de Cachumbo”.

“La pipa que fuma en el momento del incendio está fabricada  por Garrete”.

“Los patines son de Rafelloso y Compañía”.

“La leontina, del acreditado establecimiento La Rosa Verde”.

Y seguían treinta y dos advertencias más. Pero al día siguiente las advertencias del cartel no eran más que una. Ésta:

“El bastón con que la Empresa de este teatro golpeó al señor Escatrón al echarle ayer a la calle está fabricado en la conocida Casa Laguarte y Rojas”.

Enrique JARDIEL PONCELA


Y para los amigos de eso que se llama la intertextualidad dejo aquí una reflexión de don Enrique sobre el atrezzo, que tal vez podría explicar la génesis del anterior relato:

«Lo natural sería que, al cabo de los años, y habiéndose acumulado el atrezzo de docenas de comedias, en cada una de esas guardarropías hubiese ya de todo, y que una simple visita a sus estantes bastase para hallar lo exigido por cada obra nueva. Pero no es así, ni mucho menos, y en virtud de no se sabe qué ocultas catástrofes acaecidas en la intimidad de sus mugrientas paredes, en las guardarropías no se encuentran sino pedazos de artilugios misteriosos de utilidad desconocida, restos destrozados de objetos inclasificables, pingajos intrigantes, algún que otro cencerro, dos o tres docenas de maceteros de finales de 1903, una cabeza de toro, muchos bastones, una collera con cascabeles, flores de trapo, horrendas estatuitas mutiladas por arriba o por abajo, cuatro paraguas, un peón, dos relojes de yeso, un pollo con patatas fritas de cartón piedra, cinco ejemplares encuadernados de la Cría del canario, la dentadura postiza de don Antonio Vico y un botijo sin pitorro».

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