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Juntad una mañana a cuatro músicos, los más variados que podáis encontrar: un violinista checo, un guitarrista andaluz, un senegalés con tambor, un chino con su tenue laúd. Al atardecer los veréis sonreír mientras interpretan juntos piezas increíbles: fandangos africanos, valses pentatónicos, rumbas orientales, polkas flamencas. Pero pedidles entonces que se cuenten unos a otros los cuentos de su infancia, y veréis que no tardan un minuto en mirarse perplejos y ponerse a bostezar.

fusion-musical-rock-barrocoLa fusión es un fenómeno natural en la música, donde las migraciones han creado toda clase de géneros híbridos, donde lo clásico ha bebido siempre de lo popular y viceversa. Un Bach o un Vivaldi están para siempre llamados a quitarse la peluca y vestirse de rockeros, de trompetistas de jazz, de sambistas del carnaval de Río. Pero no sucede lo mismo con las lenguas. Por una anomalía de nuestra especie, el lenguaje humano presenta una acusada tendencia a la diversificación y la incompatibilidad. Por poner un ejemplo, las 150 lenguas de la familia indoeuropea, usadas por más de 3.000 millones de hablantes, fueron hace solo seis milenios un único idioma. Por este mecanismo infernal, el bípedo implume ha llegado a crear la friolera de 6.000 lenguas incomprensibles entre sí, hasta lograr que los trinos de un pájaro humano carezcan de sentido en el bosque vecino. El alemán Bach y el veneciano Vivaldi, puestos a cerrar los instrumentos y abrir la boca, están para siempre condenados a no entenderse ni entre sí, ni con el sambista que desfila a su lado. Adiós al carnaval barroco. Volte você pra casa, senhor Vivaldi.

Ahora bien, los diferentes trinos humanos no son todos cantados en igual proporción. Siglo tras siglo, normalmente sin saltos traumáticos, unas lenguas han crecido a costa de otras en una especie de darwinismo cultural. Las veinte más habladas (el chino, inglés, español, hindi, árabe, francés, portugués…) concentran casi la mitad de la población mundial, aunque solo representen un tres por mil del total de idiomas. Esta desproporción es el resultado de un sinfín de avatares históricos, a menudo impositivos y violentos: alianzas, secesiones, edictos, leyes, guerras, conquistas, colonizaciones. Y así, la revisionista y reivindicativa segunda mitad del siglo XX empezó a desconfiar de estas superconcentraciones de hablantes y a verlas como injustos atropellos que deben ser reparados. Aunque no faltan quienes consideran las lenguas mayoritarias una consecuencia positiva de los colonialismos (pues favorecen en cierta medida la comunicación entre territorios), el pensamiento dominante es que debemos repoblar de inmediato las que están en declive, sin reparar en medios económicos, ni en medidas políticas, ni en consecuencias sociales. Algo parecido a lo que se hace con las especies en peligro de extinción.

¿ES LA VARIEDAD LINGÚÍSTICA UNA RIQUEZA?

Es cierto que algunas lenguas han sufrido decadencia y muerte como resultado de procesos históricos violentos. Al pensar en la grandeza universal de la lengua latina (la del Imperio romano, la universidad, la ciencia, la liturgia), tendemos a olvidar que su difusión la iniciaron a hierro y fuego las implacables legiones romanas. El latín avasalló, por ejemplo, las lenguas celtas de la Galia. Que le pregunten al caudillo Vercingétorix, que moría de sed en su celda junto al Foro Romano, si tenía algún deseo de aprender las declinaciones latinas. Yo no sé lo que diría, porque no conozco maldiciones ni insultos en galo, pero sí sé que en poco tiempo toda la Galia, que había sido un mosaico de pueblos en guerra mutua antes de Julio César, estuvo pacificada y comunicada por las vías romanas y la lengua latina. Precisamente allí nació el emperador Caracalla, que 256 años después extendió la ciudadanía romana a todos los habitantes de las provincias. Si le damos tiempo suficiente, un medio injusto puede producir resultados benéficos. Así es la historia humana: no siempre ejemplar, pero siempre hacia adelante.

vercingetorix-julio-cesar

Con frecuencia, los repobladores de lenguas invocan el principio general de que la variedad es una riqueza, lo cual, dicho así de tajante, resulta un tópico simplón. Como hemos visto, si tú conoces un ritmo y yo otro, pronto conoceremos dos cada uno (y hasta tres, si logramos fusionarlos); pero si tú sabes un cuento y yo sé otro, seguiremos sabiendo un solo cuento cada uno, a no ser que hablemos la misma lengua. Tampoco es enriquecedora la variedad si pensamos en grupos sanguíneos, en anchos de vía férrea o, qué se yo, en cargadores de móvil. En todos estos casos el resultado es el mismo: la incompatibilidad. Imaginad que las diferentes razas humanas, además de peculiaridades genéticas, tuviéramos diferencias anatómicas internas: un hospital del centro de Londres sería un infierno para los médicos. Y sin embargo nos regodeamos en contemplar la diversidad lingüística planetaria, como si en vez de una maldición divina fuera un regalo del Cielo. Qué olvidado tenemos el escarmiento de Babel.

araquistain-tradiciones-vasco-cantabras-1866Otros dicen que la muerte de una lengua es la muerte de toda una tradición cultural, y es cierto. Pero también lo es que ningún ser humano ha dejado por ello de adormecerse con nanas, o de escuchar de labios familiares cuentos antiguos, o de entonar canciones tradicionales. Las tradiciones tienen la propiedad de evolucionar, de renovarse, de trasplantarse y a menudo de traducirse. Sin saltos traumáticos. En mi adolescencia leí las Tradiciones vasco-cántabras, una obra escrita en español por Juan Venancio de Araquistáin (1828-1906). Este autor romántico, nacido y crecido en Deva (Guipúzcoa), estudiante de leyes en Valladolid, registrador de la propiedad en Azpeitia y Tolosa, recogió leyendas antiguas que él había escuchado en la bella lengua vasca. Seguía con ello el impulso dado al género por Gustavo Aldolfo Bécquer, a quien había conocido en un par de visitas que este hizo a la villa guipuzcoana. Una de estas tradiciones, La leyenda de las tres olas, tiene algún episodio ambientado en cierto caserón de Deva del que fue inquilino y que todavía pertenece a mi familia. Mi tatarabuela Romualda Gortázar y Munibe (1833-1926), que fue propietaria de aquella casa y hablaba buen vascuence y mejor castellano, es contemporánea de Araquistáin. Las mismas lenguas hablaba su hija, Rosario Aréyzaga, bisabuela mía y amiga de la joven segunda esposa del autor devarra. Su nieto Juan, mi abuelo, ya solo usaba la lengua de Baroja, pero eso no le impidió, como tampoco a mí, conocer y amar las leyendas de su tierra. Ninguno de ellos -de nosotros- sufrió perjuicios personales ni culturales por la pérdida progresiva del euskera.

La validez del tópico La variedad es enriquecedora, como la de cualquier otro, ha de verificarse caso por caso, y no parece válido para el que nos ocupa. Fijémonos, por seguir con el latín, en el mapa de las actuales lenguas romances, porque es el resultado de un inmenso fracaso cultural. Las fronteras políticas nacidas de la caída del Imperio romano dieron lugar a fronteras lingüísticas, y estas a barreras culturales y mentales. Lo que en su día fuera un medio de comunicación interterritorial (el latín), se fue convirtiendo en una diversidad de medios de incomunicación: el francés, español, italiano, portugués, rumano, gallego, catalán…, todas ellas, por separado, lenguas de gran riqueza y tradición, cuyo defecto principal consiste en haber dejado de ser una sola.

Lenguas romances

Muchos siglos antes, los griegos llamaban a todos los no griegos βάρβαροι (bárbaros), palabra formada sobre la onomatopeya bar-bar, equivalente a nuestro bla-bla. Según este punto de vista, el extranjero es quien habla una lengua que yo no entiendo, y eso lo convierte en alguien diferente de mí, en un otro. Precisamente porque la lengua es nuestro principal instrumento de comunicación, su diversidad la convierte en el principal obstáculo para la comprensión mutua: allí donde empieza una lengua distinta, allí se levanta también una triste frontera humana. Y este virus de la incomprensión lingüística ha condicionado negativamente la historia, pues está desde antiguo en la raíz de conflictos, desconfianzas, persecuciones, odio, discriminación.

¿QUÉ HACEMOS CON LAS LENGUAS EN DECLIVE?

Algunos exagerados me han llegado a preguntar:

-¿Entonces eres partidario de practicar la eutanasia a las lenguas en declive?

Por supuesto que no. Detrás -dentro- de una lengua siempre hay hablantes que la necesitan, la usan y a veces hasta la respetan.

-¿O al menos de dejarlas decaer y morir?

La pregunta está mal planteada: habría que hablar de dejarlas vivir o morir. Y lo cierto es que en este punto empiezo a dudar. Por un lado, soy y me siento filólogo y eso me convierte en amigo de las lenguas, de todas las lenguas, con sus peculiaridades, su historia, sus literaturas, sus conexiones mutuas; pero por otro, soy aún más amigo de la universalidad del género humano. Habría que verlo caso por caso, sopesar puntualmente lo que se gana y lo que se pierde. Una cosa es reanimar una lengua en decadencia y otra muy distinta elevarla a lengua institucional; una cosa es facilitar la relación con las instituciones a hablantes que se manejan mejor en la lengua minoritaria, y otra convertirla artificialmente en lengua principal, legislando de espaldas a la realidad; una cosa es potenciar la comunicabilidad de una lengua, y otra hacer de su territorio una isla idiomática y cultural. En materia de idiomas, la sensatez exige poner la comunicación como criterio primero, así que a menudo no veo mal interrumpir el tratamiento a la lengua moribunda y dejarla en el ámbito familiar hasta que el tiempo –siglo a siglo, sin saltos traumáticos- complete la obra de selección natural. Es su propia vitalidad la que salvará la lengua, si es que la tiene; en caso contrario, el hueco dejado por su paulatina extinción será llenado por otra de modo natural y progresivo.

Y si alguien es partidario de repoblar una lengua, que lo haga, pero con mucha paciencia, sin ir demasiado por delante de la realidad de un pueblo que ya se maneja mayoritariamente en otro idioma; y que lo haga también con mucho respeto y no repita en la era de las libertades los errores de tiempos del absolutismo, porque la recuperación de una lengua se utiliza a menudo como disfraz de fanatismos y luchas por el poder; y que tampoco olvide que, al salvar una lengua en peligro de extinción, podemos estar reanimando también un virus de muy deseable extinción: el Virus de Incompatibilidad Humana. VIH, mira por dónde.

Profesor LÍLEMUS

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