Cuando vi aquello en un episodio de West Wing (para los amigos, El ala oeste de la Casa Blanca), pensé que todo era una idea caprichosa de sus guionistas. Pero me dio por comprobarlo y resultó ser cierto: en el año 2001 las autoridades del estado norteamericano de Dakota del Norte consideraron en serio pedir un cambio de nombre y dejarlo en Dakota. ¿El motivo? La palabra norte induce a imaginarlo como un lugar frío, desierto y aburrido, y esto afecta negativamente a su imagen como destino de turistas y empresas.

Dakota del norte-Fargo
En este paisaje frío y desolado da comienzo la película Fargo, ambientada en Dakota del Norte.

La cosa puede parecer improbable y hasta infantil, pero es reveladora de algo que está en la esencia del lenguaje con que nos comunicamos: el significado de las palabras no consiste solo en los conceptos objetivos que define el diccionario. Estos conceptos están cargados de asociaciones personales y subjetivas de ideas, que los lingüistas llaman connotaciones y forman parte esencial de los significados. Ellas son las responsables de que el lenguaje humano, aparte de designar cosas, sea también capaz de “sugerir” realidades.

EL PODER DE LAS PALABRAS

Pensemos, sin ir más lejos, en los términos norte y sur, que en principio designan de modo objetivo dos puntos cardinales. Y ahora recordemos todas las veces que los usamos con significados peculiares. La palabra norte, por asociación de ideas con la Estrella Polar, que está situada en este punto cardinal y sirve de guía a los navegantes, ha llegado a adquirir el sentido de ‘guía, punto de referencia’. Como llora una canción de Luz Casal, “Eres mi norte, mi guía, mi perdición”. Ya veis que, si los significados son imágenes lingüísticas de la realidad, en su parte connotativa nuestra imaginación es capaz de volar ágilmente de una realidad a otra.

La acepción anterior la recoge cualquier diccionario. Pero a menudo el carácter subjetivo convierte las connotaciones en algo sumamente personal, variado, imprevisible e indefinible, que no cabe en ese museo de significados que es el diccionario. Para un cooperante de ONG, la palabra sur (“¡Cómo nos necesita el sur!”) será el recordatorio de todas las injusticias que el avaricioso hemisferio norte siembra por el planeta. En cambio, para un español del lluvioso norte a una semana de tomarse vacaciones en Cádiz, la misma palabra (“¡Cómo necesito el sur!”) estará cargada de resonancias placenteras, calurosas, divertidas, playeras. Los italianos del norte tienden a imaginar dentro del vocablo meridionali (los del sur, dicho con retintín de superioridad) una pandilla de atrasados, pobres, feos, sucios, perezosos, supersticiosos, celosos y probablemente mafiosos. Todo un repertorio de −osos que los refinados y trabajadores norteños (i settentrionali, dicho con el mismo retintín) deben cargar sobre sus espaldas económicas. El despectivo término terroni es capaz de reunir todo ello en una amalgama de variopintos matices.

Joaquin Torres Garcia-Nuestro norte es el surAhora bien, el hecho de ser variadas no las convierte necesariamente en inestables. Para un individuo o un grupo, las connotaciones asociadas a una palabra pueden ser muy persistentes. El artista uruguayo Joaquín Torres García, cuando en 1942 creó en Montevideo la Escuela del Sur (un taller y centro de enseñanza del arte basado en el Universalismo constructivo), se proponía romper con siglos de estereotipos culturales creados en el norte (sobre todo en Europa) y contagiados al sur (sobre todo el de América). Así lo resumía él con palabras cargadas de resonancias semánticas:

He dicho Escuela del Sur porque, en realidad, nuestro norte es el Sur. No debe haber norte, para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo. La punta de América, desde ahora, prolongándose, señala insistentemente el Sur, nuestro norte.

Pero dejemos este uruguayo trabalenguas y volvamos a Dakota del Norte, donde tanto preocupa la mala influencia del dichoso nombre en su balanza de pagos. Desde que cualquier punto del globo puede ser destino turístico, turismo significa competencia, y competencia significa marketing, donde ya se sabe que el nombre de marca es una consideración fundamental. Ciertamente la promoción turística en el año 2000 puede ser un infierno si hay que arrastrar una marca comercial creada en 1889, cuando el entonces llamado Dakota Territory fue admitido en la Unión y dividido en dos estados. Naturalmente, al bautizarlos, nadie pensó en la posible asociación de sus nombres con la temperatura o el aburrimiento. Ya hemos visto lo personales e imprevisibles que pueden ser las connotaciones. Sencillamente se recurrió a un criterio geográfico objetivo (Dakota del Norte y Dakota del Sur), ya que en realidad no había causas históricas que justificaran la división.

elefante republicano y burro democrata peleandoPara ser francos, todo se debió a las luchas de poder entre el burro demócrata y el republicano elefante. Estados nuevos suponían nuevos votantes, así que se miraba mucho el “color” de cada territorio antes de proponerlo como candidato. En 1888 los demócratas, que controlaban la cámara baja del Congreso, habían propuesto admitir en la Unión a Nuevo México y Montana (de presumible tendencia demócrata) junto con Washington y Dakota (ambos en principio republicanos). Se esperaba que este proyecto de ley lo aceptara también el Senado, entonces en manos republicanas. Pero tras las elecciones de aquel año los demócratas pasaron a ser minoría en ambas cámaras. Antes de que el nuevo reparto de escaños se hiciera efectivo, el partido del burro salvó los trastos como pudo y aceptó un nuevo proyecto de ley, que rechazaba la candidatura de Nuevo México, admitía las de Montana, Washington y Dakota, y además dividía este último en dos estados favorables al partido del elefante. Te anulo un gol, doy valor doble a uno de los míos y convierto el empate en goleada.

Y más de un siglo después los nordakotenses andan preguntándose con envidia qué azares históricos dieron a otros el gusto exótico de la marca California o la belleza exuberante que colorea la de Florida.

LA REALIDAD DE LAS COSAS

Dakota del norteAhora bien, las connotaciones que operan en nuestra mente no deben distraernos de la realidad objetiva de las cosas designadas. Las fantasías del marketing se esfuman cuando uno mira el producto con los ojos de la cara. Y la pura verdad es que Dakota del Norte es un territorio más bien aislado que no coge de camino a ninguna parte, salvo que a uno se le haya perdido algo (¿un alce?) en la provincia canadiense de Manitoba. La lejanía de la costa le da un clima continental extremo, con grandes posibilidades de encontrar fuertes vientos, nevadas, tormentas eléctricas y tornados. Apuesto a que no sabéis decir cuál es su capital (Bismarck) y que, si no fuera por la película Fargo, tampoco habríais oído hablar de su ciudad más poblada.

Dakota del Norte ocupa, en la lista de estados más calurosos de los EE.UU., el puesto 49º. Es, pues, el territorio más frío, si descontamos Alaska. Y es probable que la palabra norte actúe como recordatorio de este gélido hecho para turistas y empresas; pero al verles renegar tan radicalmente de ella, cualquiera diría que a Dakota del Sur (con sus 7,3 grados de temperatura media y su puesto 38º en el ranking) la palabra sur lo convirtiera en una especie de California del Midwest.

No hay que descartar que otros estados se sientan tentados de seguir su ejemplo. A Nevada, que tiene 1.000 km de frontera común con la soleada California, pero un nombre mucho más frío, no le faltarían motivos. Rhode Island podría quejarse de su insular apellido, que nos hace imaginarla erróneamente como una isla desligada del continente (“¿De verdad no tendremos que tomar un ferry, cariño?”). ¿Y qué me decís de New Mexico (para los amigos, Nuevo México)? Con su puesto 21º en el ranking, es bastante menos caluroso –unos cuatro grados- que Arkansas (8º lugar) y Arizona (9º lugar), quienes sin embargo tienen su misma latitud geográfica. Pero al llevar en su nombre la palabra México, tendemos a imaginarlo como un desierto de cactus y sol abrasador, donde la sed de vivir se apaga en bares ruidosos a base de tragos de tequila. Solo espero que sus autoridades no estén pensando en mutilar el nombre y dejarlo en New.

Así es el ser humano. Bien lo sé. Algunos adolescentes de aspecto bastante corrientito creen que las chicas se echarán masivamente en sus brazos en cuanto sus papás les compren la moto.

Profesor LÍLEMUS

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