El título de esta entrada no es un subterfugio para darme autobombo ni incitaros a leer; es solo un adjetivo que habremos usado a menudo al salir del cine y cruzarnos con un conocido que nos pregunta por la película recién vista. “¡Buenísima!”, nos pronunciamos. O “malísima”, que para el asunto que nos ocupa sería parecido. En ambos casos la calificamos mediante un superlativo, que es la forma que adopta el adjetivo para significar el grado sumo de la cualidad por él expresada.

Tratad de imaginar la situación anterior y veréis que con frecuencia el tema se agota ahí.

-¡Buenísima! Tienes que verla.

La conversación debe entonces dar un giro, o bien diluirse en una despedida.

-Sí, ya me han hablado. Bueno, me voy, que empieza la mía.

Pero las cosas podían haber discurrido por otro camino. El conocido os encuentra, os pregunta y vosotros os limitáis a decir:

-Una buena película.

pelicula-buenisima

Si el hombre tenía prisa, le habéis hecho una faena gorda, porque es poco probable que esta respuesta le haya satisfecho. Al usar el grado positivo del adjetivo (o sea, el adjetivo a secas: buena), parece como si aún no hubierais concluido y os dispusierais a justificar más detalladamente las bondades de la cinta. Tal vez él mismo se sienta amablemente obligado a daros pie.

-¿Ah, sí?

Ahí sigue el tío, a la espera de una ampliación, lo que os obliga a vosotros a profundizar en vuestro juicio. Entonces diréis algo sobre el ritmo de la acción, la eficacia de la fotografía, los aciertos del guion, el interés del conjunto. Cuidaréis también aquí de evitar los superlativos (ritmo muy ágil, fotografía muy luminosa). El ritmo puede ser simplemente ágil; la fotografía, luminosa, que no es poco; la trama, desconcertante; el vocabulario, grosero; los personajes, complejos. Y todo ello a secas, no “francamente grosero” o “extraordinariamente complejos”, salvo que en efecto lo sean.

El superlativo es una especie de altavoz adaptado al adjetivo: quien lo escucha queda aturdido por la altura del volumen; quien lo dice encuentra en él una coartada perfecta para no esforzarse. Y da igual si se usan otras formas: “sumamente interesante” no es mejor que “mazo interesante” ni esencialmente diferente de él. Es solo más elegante, pero nunca más preciso.

Al decirlos en grado positivo, obligamos a los adjetivos a desplegar toda su fuerza significativa, sin trivializar con hipérboles la cualidad que expresan. Y al aficionarnos a esta clase de contención, aprendemos a movernos en un mundo donde las cualidades pertenecen íntimamente a los objetos y se adaptan a ellos como prendas ajustadas. Un mundo corriente, hecho de paisajes agradables, de días cansados, de personas atractivas, de vecinos molestos y también de buenas películas. Haced memoria y decid cuántas de las que habéis visto en el último año os parecen ahora “buenísimas”. Seguro que podríais limitaros a dos o tres. Los superlativos pueden reservarse para cuando de verdad la vida nos trae paisajes inolvidables, días agotadores, personas extraordinarias o vecinos siniestros.

Porque oyéndonos hablar con nuestro habitual exceso, cualquiera diría que llevamos una vida agitada de emociones intensas y experiencias trepidantes.

Profesor LÍLEMUS

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