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Hubo a mediados del siglo XIX en Lequeitio (Vizcaya) un carpintero de ribera llamado Domingo Mendiguren. Será preciso aclarar que el carpintero de ribera es el constructor de barcos de madera, oficio que tenía en la época marcado carácter artesanal. Estos constructores trabajaban rodeados del residuo natural de su actividad: las astillas de madera, motivo por el que sus talleres se ganaron el nombre de astilleros. Un buen día el hombre lio los bártulos y se vino a la ría de Bilbao, donde la industria naval, siempre presente desde el siglo XIV, había tomado nuevo impulso a partir de 1841. Aquel año, terminada la Primera Guerra Carlista (1833-1840), un decreto del general Espartero otorgó a los barcos españoles el derecho diferencial de bandera y otros estímulos que revitalizaron la construcción naval propia. Los efectos del decreto se notaron positivamente en las rías del Señorío de Vizcaya, muy especialmente en la de Bilbao.

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El astillero Mendiguren en Olaveaga

Mendiguren se instaló en la margen derecha de la ría, en la zona del convento de San Agustín, que se encontraba en ruinas desde la guerra. Esta parte de la capital vizcaína, donde ahora se levanta el edificio del ayuntamiento, contaba con espacios comunales usados por diversos carpinteros para sus construcciones. Allí nacían a los rumbos de la rosa marinera goletas y bergantines, corbetas y gabarras, fragatas y quechemarines. Cuando en 1883 comenzaron las obras de construcción de la casa consistorial y se remodeló la zona, estos constructores debieron encontrar otros lugares. Y así Mendiguren se trasladó ría abajo hasta Olaveaga, en el lugar que hoy dominan el Palacio Euskalduna y el nuevo estadio de San Mamés.

goleta-angela-mariaEl lequeitiarra Mendiguren destacó siempre en nuestra ría por la buena factura de sus barcos, como esta goleta de bellísima estampa que os dejo aquí en una fotografía de época: el “Ángela María”. Con todo, y haciendo bueno el adagio latino quandoque bonus dormitat Homerus (“a veces hasta el gran Homero se queda dormido”), en cierta ocasión Mendiguren construyó una gabarra que se fue a pique en plena botadura. El asunto fue sobradamente comentado en la villa para vergüenza de don Domingo. Un barco de naufragio prematuro manda al fondo el ánimo de cualquier constructor. Para mayor desgracia, Mendiguren tenía un vecino de trabajo, llamado Agustín de Cortadi, que era un tipo tirando a guasón. Instalado en la otra margen de la ría, en la ribera de Deusto, Cortadi tenía allí su propio astillero desde 1860. La relación entre ambos debía de ser una mezcla de rivalidad y aprecio, y al apreciado rival le divertía hasta la malicia el asunto de la gabarra fracasada. Y así, de vez en cuando, al ver desde su orilla a Mendiguren trabajando en la de enfrente, no podía resistirse a levantar la voz por encima de las aguas:

-¿Qué, Chomin? ¿Ya “plotan”? –se burlaba Cortadi en su mal castellano.

Sepan los de lejos que la lengua vasca tiene resistencia ancestral al sonido /f/ en posición inicial de palabra y suele sustituirla por /p/. Así sucede por ejemplo, en los préstamos recibidos de otras lenguas: el latín fagus, ‘haya’, ha dado en euskera pagoa, como en el apellido Pagadigorría, que significa ‘hayedo rojo’.

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Las dos orillas desde las que Cortadi y Mendiguren se “saludaban”.

Chomin, herido en su orgullo personal y profesional, levantando también la voz le devolvía malhumorado la broma hecha palabrota:

-¡Mierda “plotan”! –protestaba desde Olaveaga en el mismo mejorable castellano.

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Esta fotografía da fe de la amistad de Mendiguren (sentado a la izquierda) y Cortadi (a la derecha)

Esta historieta, que no encontraréis por ahí, la conozco porque le divertía contarla a Ignacio de Gortázar (Conde de Superunda y uno de los bilbaínos fundadores del Atlético de Madrid), de quien la escuchó mi padre, que a su vez me la contó a mí. También por él sé que en otra ocasión, habiendo llegado a Bilbao un barco inglés con averías que arreglar, el consignatario responsable del buque encargó la reparación a Mendiguren, y este se puso manos a la obra con su habitual seriedad profesional, de la que la anécdota de la gabarra parece ser una prescindible excepción. Cuando todo estuvo terminado, el capitán del barco inglés se mostró satisfecho. Pero al saber por medio del consignatario, allí presente, el precio que Mendiguren le pedía, dio muestras de desaprobación. Al lequeitiarra, consciente de que no había en la tarifa motivo alguno de queja, le sonó la mosca detrás de la oreja y, sacando del bolsillo la greda (la tiza que usan los carpinteros de ribera para tirar líneas en los tablones), escribió cifra por cifra en el piso de la cubierta la cantidad que confiadamente había dado al consignatario. Tanto cambió el rostro del inglés al verla, que Mendiguren, ante la evidencia del fraude, agarró al consignatario por las solapas y lo tiró allí mismo a la ría sin ningún miramiento. Este jugoso particular lo reproduce mi padre sin mucha convicción. Ya se sabe cómo crecen los detalles cuando una historia se ha contado más de una vez.

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Un barco en la grada del astillero Mendiguren.

Lo cierto es que el episodio de la tiza tuvo gran influencia en el futuro de los Mendiguren. Y es que en vista de aquello, el constructor, que tenía en mente dar a su hijo Ruperto estudios de ingeniería, encontró a través del capitán inglés el modo de enviarlo a Londres a que los hiciera. Se inició así una saga de ingenieros bilbaínos de apellido Mendiguren y versados en la lengua inglesa. Al volver Ruperto de Londres, Ramón de la Sota estaba creando en Olaveaga los hoy desaparecidos Astilleros Euskalduna, que vitalizarían durante casi un siglo la industria naval vizcaína, tanto en su faceta de construcción como en la de reparación. Y don Ramón quiso tener a Ruperto como primer director. Era este un hombretón alto y corpulento, con un par de llamativos bigotes, a quien no os costará identificar en el centro de esta otra fotografía de época.

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En la foto se ve también, con la mano en el pecho, a su hijo, de nombre Roberto, ingeniero industrial nacido en 1900, que fue compañero de trabajo de mi padre, también en Euskalduna. Siguiendo el ejemplo del suyo, al terminar la carrera fue enviado al Reino Unido a ampliar estudios con unas prácticas en la empresa Foster Wheeler, entonces el número uno mundial en calderas de barco. Y allí se fue, a Glasgow, donde la fatalidad quiso que se contagiara de encefalitis letárgica (la llamada enfermedad del sueño) durante la famosa epidemia que sacudió el mundo entre 1915 y 1926. De resultas de aquello perdió el movimiento de un brazo y la fluidez en el habla. Y, aunque se expresaba con dificultad, cada vez que en contratos, encargos y pedidos había alguna duda sobre terminología naval inglesa, Euskalduna recurría siempre a su exacto conocimiento del mismo idioma en que aquel consignatario ladrón había intentado engañar a su abuelo.

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En la ribera de Olaveaga, bajo el campo de San Mamés, todavía existe la casa donde vivió don Domingo (la roja de la izquierda) y que entonces se encontraba junto a su astillero.

En el año 1868 la supresión del derecho diferencial de bandera puso fin a tres décadas florecientes de construcción de barcos de madera en Vizcaya. Además, el final de las guerras carlistas en el 76 permitió en el Señorío el surgimiento de una verdadera revolución industrial, entorpecida hasta entonces por las incesantes contiendas civiles. Bilbao se sumó así con cierto retraso a las nuevas técnicas de construcción, que sustituían la madera por el acero y la vela por el vapor. Domingo Mendiguren fue uno de los poquísimos que aguantó el tipo, sin soltar la azuela y el martillo hasta el final de su vida profesional, ya entrado el siglo XX. Y al mismo tiempo sus descendientes se sumaban al increíble despertar industrial que experimentó Bilbao con el cambio de siglo. Los Mendiguren representan bien esa raza de gente extraordinaria, y a la vez corriente, que en todo tiempo ha hecho de Bilbao una villa próspera y valiente, y han seguido dando ingenieros de mérito en las actuales generaciones. Impresiona el juego que ha dado -y el que aún dará en el futuro- la humilde y astuta tiza con que Chomin desenmascaró al corrupto consignatario. Uno de sus cachorros, de nombre Chus, biznieto de Julio (otro de los hijos de Ruperto), a quien me encuentro en clase tres veces por semana, hará bien en sentirse inspirado en la figura grande y próxima de don Domingo. Dios le haya dado azuela, buena madera y un mar en que botar los barcos. Uno donde ni por un casual se hundan las gabarras.

Profesor LÍLEMUS

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