En 1834 fue presentado en la corte del rey Guillermo IV de Inglaterra un hombre de porte contenido y modesto, pero ataviado con los llamativos ropajes de la facultad de Derecho de Oxford, que dos años atrás le había concedido un doctorado honoris causa. No se trataba de un jurista; era químico y se malganaba la vida como profesor lejos de la universidad. Según he leído en “The last sorcerers. The path from alchemy to the periodic table”, de Richard Morris, el asunto había atraído la curiosidad general, porque el hombre aquel era además un conocido cuáquero y, durante los preparativos de la audiencia, se había negado rotundamente a presentarse ante el rey portando una espada, como exigía el protocolo. Teniendo en cuenta el ideal pacifista del cuaquerismo, yo supongo que lo de llevar un arma era como proponerle acudir a la corte portando ante sí una botella de whisky. Tras complicadas negociaciones indumentarias, el matemático inglés Charles Babbage le sugirió la posibilidad de vestir para la ocasión la toga universitaria, y esto pareció convencer al profesor, a pesar de que el vistoso color rojo de la facultad oxoniense de Derecho chocaba aparatosamente con el modelo cuáquero de sencillez y sobriedad.

doctor-of-civil-lawEste extraño hecho se explica de modo sencillo. Por un defecto congénito, nuestro hombre era incapaz de percibir el color rojo. Mientras los demás veían un cuáquero prácticamente disfrazado avanzar hacia el Rey, él creía vestir un modesto atuendo de color pardo, acorde con su estilo de vida. Aquel hombre se llamaba John Dalton (1766-1844) y en 1808 había revolucionado la ciencia con su teoría atómica, que ofrecía la primera explicación plausible al hecho de que los elementos químicos se combinen para formar compuestos, o que la masa permanezca constante en el transcurso de una reacción química.

Ya durante su juventud, Dalton empezó a ser consciente de las limitaciones de sus ojos. Los estudios de botánica le hicieron descubrir que los tonos de algunas flores, que otros distinguían con nombres diferentes, él los veía todos muy similares. Los rojos eran una especie de sombra o defecto de color, y el naranja, amarillo y verde eran para él diferentes tonos del amarillo. Dalton ideó pruebas para identificar estas confusiones de color y llegó a formular una explicación al respecto, que presentó ante la Sociedad Filosófica y Literaria de Manchester, ciudad que a su muerte le tributó un funeral propio de un rey. En su opinión, las deficiencias en la percepción del color eran debidas a anomalías en la coloración del humor vítreo, así que dejó instrucciones para que, tras la muerte, sus ojos fueran conservados y analizados. La explicación resultó equivocada, pero la dolencia empezó a ser llamada daltonismo en su honor.

V0006489 John Dalton. Line engraving by W. H. Worthington, 1823, afte

Hoy sabemos que la indistinción de colores se debe a defectos en los genes encargados de producir los pigmentos de los conos oculares. Según cuál sea el defecto, se distinguen varias dolencias, que los médicos suelen diferenciar pero la gente común llama genéricamente daltonismo. Al menos, eso es lo que sucede hoy en español. La lengua inglesa, en cambio, ha preferido dar la espalda a su prohombre y denomina esta enfermedad color blindness (ceguera para el color). A ver si va a ser cierto que nadie es profeta en su tierra.

Profesor LÍLEMUS

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