Durante la reciente elección presidencial norteamericana he recordado el verano del 96, que pasé en Gaithersburg (Maryland). Aquel fue también año electoral. Bill Clinton iba a presentarse a la reelección frente al candidato que había de salir de la Convención Republicana, celebrada en San Diego en el mes de agosto. Una tarde en la televisión vi tomar la palabra ante aquella convención al expresidente Gerald Ford. Precisamente de Ford tenía yo mi primer recuerdo presidencial, pues estando de gira política por Europa había tropezado y caído a los pies de la escalerilla del avión, y naturalmente la foto había dado la vuelta al mundo de mis doce años. Como veis, ya entonces empezaba a encontrar su sitio el periodismo de chicle: blando, apetitoso y nada nutritivo.

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Esta vez no tuvo percances al subir al estrado para hablar en favor de Bob Dole, su vicepresidente de veinte años atrás y ahora principal candidato republicano. El discurso estuvo lleno de inspiradoras referencias a primeros mandatarios del pasado y críticas al que entonces habitaba la Casa Blanca. En sus palabras, el país necesitaba alguien que se enfrentara a los problemas “en lugar de hablar y hablar y hablar y hablar sobre ellos”. Una de las frases de aquel discurso me cautivó:

A few years ago, when I suddenly found myself President, I said I was a Ford, not a Lincoln. Today, what we have in the White House is neither a Ford or a Lincoln. What we have is a convertible Dodge. Isn’t it time for a trade-in?

Hace unos años, cuando me vi de pronto como presidente, dije que yo era un Ford, no un Lincoln. Hoy lo que tenemos en la Casa Blanca no es ni un Ford ni un Lincoln. Lo que tenemos es un Dodge descapotable. ¿No es hora de entregarlo para la compra de uno nuevo?

Los presentes rieron y aplaudieron el rico trasfondo semántico y personal de la frase. En el 73 el vicepresidente Gerald Ford se había visto empujado a la presidencia tras la dimisión forzada de Richard Nixon. Y ahora recordaba con modestia su falta de méritos para aquel cargo inesperado, pero lo hacía como el luchador que se encoge momentáneamente antes de asestar un golpe. Lincoln, aparte del legendario presidente que abolió la esclavitud, es la famosa marca americana de coches de lujo, nítidamente distinta de la popular Ford.

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1996 Dodge Viper convertible

En cuanto al Dodge, la cosa era una ingeniosa manera de presentar a Clinton ante el público como un político sin principios. La idea de un presidente superficial y sonriente, ya salpicado por algún escándalo durante su primer mandato, encajaba a la perfección con la marca de Michigan, que había dirigido su estrategia en los 90 hacia los coches deportivos. Para colmo, a los descapotables se los llama en inglés con una palabra (convertible) que también sugiere la capacidad de cambiar desde una forma o función a otra. En su opinión, pues, Clinton no era un candidato digno de confianza. Algo parecido a los recientes mensajes de Trump sobre la otra Clinton, Hillary, pero dicho con una elegancia que el primer flequillo mundial parece desconocer. Las calderas del debate político deben alimentarse con el limpio combustible del ingenio; la tosca leña del insulto deja en ellas residuos persistentes.

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Ford y Clinton durante un homenaje al primero. Estos gestos de respeto son sinceramente posibles cuando la rivalidad política se ha llevado con elegancia.

Dos primaveras después de aquel verano regresé a los Estados Unidos, en pleno acoso institucional y mediático a Bill Clinton por el escándalo de Monica Lewinsky. El flamante Lincoln negro que nos recogió en el aeropuerto me hizo comentar entre risas la frase de Gerald Ford. Más tarde la olvidé, pero me ha vuelto a la memoria varias veces en los últimos meses. Viendo la infantil ramplonería de la campaña Hillary-Trump y el infantil maniqueísmo informativo que allí se le ha dado, caigo en la cuenta de lo mucho que hemos perdido en estos veinte años. También aquí, aunque lo nuestro sea más previsible. Se echa de menos verdadera voluntad informativa por parte de la prensa y un poquito de gracia y elegancia –incluida la verbal- por parte de la política.

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En su discurso del 96 en San Diego, Ford citó también una oración escrita en carta a su esposa por el segundo presidente, John Adams, cuando en 1800 se convirtió en el primer inquilino de la Casa Blanca: “Pido al Cielo que envíe la mejor bendición sobre esta casa y todos los que la han de habitar a partir de hoy. Que nadie más que hombres honrados y sensatos gobiernen nunca bajo este techo”. En el siglo XX la plegaria fue grabada en piedra sobre la chimenea del comedor presidencial. Ahora ya solo falta que el Cielo la vuelva a escuchar. Y pronto, por favor.

Profesor LÍLEMUS

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