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La concesión del Premio Nobel de Literatura al cantante Bob Dylan ha levantado polémica. Entre quienes se han manifestado en contra, la novelista Anna North ha escrito en The New York Times que Dylan “es un letrista brillante”, que “sus letras pueden analizarse como poemas, pero su escritura es inseparable de su música” y que, al otorgarle el premio, la Academia Sueca “elige no dárselo a un escritor”. Y añade: “Ahora que la lectura decae en el mundo, los premios literarios son más importantes que nunca”. Cuando en 2011 el cantautor canadiense Leornard Cohen recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras, no hubo un revuelo semejante. Parece que ahora la dificultad está en encajar a un “letrista” en el interior de dos palabras que, a fuerza de ser sagradas, se nos han quedado estrechas: “literatura” y “Nobel”. Lo que se discute aquí no es la importancia de la obra de Dylan; es más bien una cuestión de principios: si, en su condición de cantante, Dylan debería estar o no en la lista de candidatos a un selecto premio literario.

Estos días he llegado a pensar que el propio Dylan comparte la opinión de Anna North, y que esa es la causa de su ya demasiado largo silencio. Yo también tengo la mía sobre el asunto, pero antes debo referirme a ciertos hechos de la historia de la poesía.

LITERATURA PARA ESCUCHAR

Hasta donde podemos reconstruir los orígenes de la literatura, la poesía estuvo siempre ligada al canto. El verso no nació como una especie de conjuro rítmico destinado a la recitación. La sucesión de sílabas tónicas y átonas en nuestros versos (o la de sílabas largas y breves en los grecolatinos), que es el factor principal de su ritmo, nace de la necesidad de combinar las palabras con un ritmo musical. Así se ve en las manifestaciones tempranas de todas las literaturas, que se originaron en sociedades mayoritariamente iletradas o incluso en plena era prealfabética. Cuando la escritura aún no existe (o existe pero no se posee), hay un ingenioso medio para reproducir literalmente un texto de generación en generación: componerlo en verso y cantarlo.

Esto es apreciable en todos los géneros. La antigua poesía épica, que narraba las hazañas y leyendas nacionales de un pueblo, se difundía en cantos que podían conservarse por este medio en la memoria colectiva. El Majabharata sánscrito, la Ilíada y la Odisea griegas o el Cantar de mío Cid castellano solo fueron puestos por escrito cuando agentes cultos quisieron fundir textos aislados y reunirlos en largas composiciones que adoptaron así la forma de libro. Naturalmente estos libros solo registraban la “letra” del canto. En la poesía dramática, la tragedia griega primitiva nació como un coro que entonaba himnos en las celebraciones del dios Dioniso. En la poesía lírica, en fin, las composiciones eran verdaderas canciones que se acompañaban precisamente de la lira. Canciones son también las jarchas mozárabes –la primera muestra conservada de literatura hispánica- y las composiciones de la lírica provenzal que conquistó el gusto europeo a partir del siglo XII. En verso y para ser cantada (o salmodiada) está escrita gran parte de la Biblia y la totalidad del Corán. En todas estas manifestaciones, la literatura no va dirigida a un discreto “lector” individual, sino a un bullicioso público colectivo formado por “oyentes”.

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Pero las cosas cambiaron con la invención de la imprenta y la creciente alfabetización de la sociedad. La épica se desligó de la música en obras cultas destinadas a la lectura. La Divina Comedia de Dante (de principios del XIV y por lo tanto anterior a Gutenberg), el Orlando Furioso (1532) de Ariosto, Os Lusiadas (1572) de Camoens, el Paradise lost (1667) de John Milton, la Araucana (1569) de Alonso de Ercilla son algunas muestras ilustres. También la poesía lírica dejó de ser letra de canción para convertirse en poema escrito. Y al “escribir” textos que debían ser “leídos” en silencio o “recitados” en compañía, las corrientes cultas arrebataron la música a la poesía, y su ritmo quedó en simple musicalidad desarraigada. Como síntoma de este estado de cosas, la palabra “literatura” (del latín littera, ‘letra’) pasó de designar ‘el conocimiento de las letras o ciencias’ a nombrar ‘el conjunto de las producciones literarias’ y más tarde ‘el arte que emplea como instrumento la palabra’. El arte de la palabra quedó asociado así para siempre con el libro, pero este cambio es sorprendentemente reciente en el tiempo.

EL FENÓMENO CANTAUTOR

Paralelamente a este proceso, la canción popular seguía usando el verso para sus composiciones. Es cierto que estas suelen caracterizarse por cierto grado de superficialidad, pero ninguna ley artística exige que una composición sea profunda para ser considerada literatura. En la segunda mitad del siglo XX se difundió como un viento el fenómeno de los cantautores: jóvenes con formación cultural y una guitarra en las manos difundían sus “poemas” desde un escenario, aprovechando los canales comerciales creados por la industria musical. Por referirnos a España, los años sesenta y setenta vieron cómo los poetas cultos (Gabriel Celaya, Blas de Otero) abandonaban desengañados la tendencia social, al tiempo que el país se llenaba de cantautores capaces de hacer llegar su mensaje íntimo o comprometido a un público amplio: Cecilia, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Luis Eduardo Aute, Lluís Llac, el cubano Silvio Rodríguez. Ya sé que cuesta imaginar a Sabina como un Quevedo o a Cecilia como una Rosalía de Castro, pero lo cierto es que muchos de quienes habrían sido en otro tiempo poetas militan en el nuestro en las filas de la música. No voy a entrar en si son mejores o peores; me limito a señalar que una buena parte de los poemas que han emocionado o removido a las últimas generaciones de españoles tienen la forma primitiva de una canción. Y la respuesta del público ante ellas es del mismo orden que la experiencia estética de la poesía. Como decía el propio Dylan, the times they are a-changin’.

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Me vais a permitir una pregunta incómoda. ¿Cuántos de mis apreciados y cultos lectores han oído hablar de nuestros mejores poetas vivos? ¿Os suenan Pere Gimferrer, Blanca Andreu, Luis Alberto de Cuenca, Jaime Siles o Antonio Martínez Sarrión? En nuestro tiempo la poesía, entendida como el fenómeno representativo que un día fue, tiene lugar más bien en los pabellones municipales, las plazas de toros y los campos de fútbol. Y estos cantantes o poetas o artistas o como queramos llamarlos entroncan con los juglares que cantaban de pueblo en pueblo las hazañas del Cid o con los aedos que hacían sonar los hexámetros de Homero por el mundo griego. Que conste que no estoy comparando a Sabina con Homero: solo digo que son momentos distintos de la misma corriente humana.

LETRISTAS Y POETAS

Una de las frases de Anna North merece un comentario detallado: “Las letras de Dylan pueden analizarse como poemas, pero su escritura es inseparable de su música”. ¿Desde cuándo la poesía se crea para ser aislada y analizada? Parece que fuera preciso quitar la música a las canciones de Dylan para comprobar si resisten un análisis literario como textos desnudos. Pero reducir a Dylan a un simple “letrista” es una burda trampa mental. Como ella misma reconoce, no se puede considerar una canción como la suma de su música y su letra, porque ambas están indisolublemente unidas en la obra de arte. Sería como quitar al fútbol el público, las estrellas, los colores, las rivalidades, y verlo como una serie de pases, regates y goles sobre un césped anónimo.

Claro que, si lo pensamos bien, esta desintegración la solemos practicar los profesores de literatura. Al “trabajar” en clase los romances medievales o los cantares de gesta, de los que solo conservamos textos sin música, los convertimos en poemas escritos, objeto de un comentario literario semejante al que haríamos de los poemas de Bécquer o Espronceda. También “trabajamos” las obras teatrales como textos autónomos, olvidando que fueron escritas para la escena. Pero estos tratamientos son radicalmente tramposos desde el punto de vista didáctico: la literatura existe para ser experimentada, también en el aula.

leonard-cohenCuando se discute a cantantes como Dylan o Cohen su condición de poetas, me pregunto con malicia por qué nadie discute su condición de “cantantes”. Estaréis de acuerdo en que ninguno de los dos se habría ganado la vida como tal fuera de la segunda mitad del XX. Dylan tiene una voz áspera, nasal o directamente fea, que por algún motivo logró colarse en unos estudios de grabación. La de Leonard Cohen es cálida pero de registro pobre, y sus canciones, que a menudo recuerdan más a una salmodia, están cuidadosamente compuestas para encajar en él. La talla de estas figuras está en haber sido grandes compositores de canciones, pero como intérpretes, creo yo, son bastante mejorables. Entre nosotros, a un Luis Eduardo Aute le pasa algo semejante, y su Rosas en el mar necesita de la voz de Massiel para lucir con un esplendor que nunca alcanzó en la suya propia. Todos ellos parecen, más que cantantes, poetas de marcada personalidad y voz mediocre forzados a subirse a un escenario para hacer llegar su obra a un público numeroso.

Primero hemos empobrecido y estrechado el concepto de literatura y ahora nos escandalizamos de que Bob Dylan no quepa en él. ¿Dicen que no es un verdadero escritor y su obra no fomenta la lectura? Bueno, yo solo sé que él traduce ideas brillantes a rítmicos versos, los rima artísticamente entre sí, los agrupa en estrofas y los pone por escrito. Os juro que sí: por escrito.

ALGUIEN QUERRÁ QUE ME MOJE

Como veis, hasta ahora no he contestado a la pregunta que yo mismo he planteado en el título. Mi línea de pensamiento no ha sido un “¿por qué sí?”, sino más bien un “¿y por qué no?”. Pero si alguien me fuerza a declarar mi opinión, diré que personalmente me interesan mucho más las canciones de otros. Las de Leonard Cohen, sin ir más lejos. Piezas como Suzanne o Hallelujah me ahondan hasta regiones de mí mismo que apenas puedo vislumbrar en el día a día. No solo están entre mis poemas favoritos, sino que son capaces de trascender esta categoría, pues me llegan en su propia voz y fundidos con melodías que me emocionan hasta la médula.

Ahora bien, si vamos a premiar a un exponente del cantautor universal, hay que reconocer que las canciones de Dylan han tenido una trascendencia incomparable. Su figura gigante sobrevivirá al tiempo y quedará para siempre como imagen de un mundo donde la música popular fue vehículo de mensajes poderosos, donde ciertas canciones influyeron más en las transformaciones sociales que los discursos de los políticos, sin dejar por ello de ser insustancialmente bailables. La lucha contra la drogadicción en los setenta y ochenta no tuvo enfrente solo a las mafias traficantes; fue también una lucha desigual contra la idealización de la droga en soberbias canciones-poema como Heroin (Lou Reed), Cocaine (J. J. Cale y Eric Clapton) o Sister Morphine (The Rolling Stones).

También espero que la cosa no se ponga de moda y la Academia Sueca no empiece a premiar cantantes así como así. De este modo el año próximo podrá quedar reconocida la oscura labor de algún poeta pakistaní, a quien probablemente el premio no consiga salvar del olvido global. Seamos sinceros. ¿Quién conoce fuera de España –o incluso dentro- a Vicente Aleixandre, por citar a nuestro último poeta nobelizado? ¿Cuántos de mis lectores sabrían recitar de memoria no ya un poema entero, sino uno –uno solo- de sus versos?

Es probable que Dylan no sea un escritor al uso, pero eso no lo aleja de ser un verdadero poeta. No nos encastillemos en los nombres. Aparquemos por un año los índices de lectura y gocemos del uso artístico de la palabra cantada, bailada, ruidosa. Desempolvemos los vinilos de los veinte años y dejemos que bombeen las venas escleróticas de la poesía actual. Los tiempos han cambiado también en la literatura y tal vez nos esté costando enterarnos.

Profesor LÍLEMUS

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