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Los alumnos se han instalado en sus pupitres. Las conversaciones se van deshaciendo como espuma de olas, y el profesor Samuel Lílemus está ya para empezar la clase. Aún entran dos rezagados, pero uno de ellos, Mariano, da una repentina media vuelta hacia el pasillo en busca de alguien. La cosa cuadra con su originalidad todavía sin pulir. Hay un momento de desconcierto, de espera.

-Ya está Mariano a su puta bola…

El interesado no puede haber oído este último latigazo de la frase. La ha dicho Bosco, a media voz, desde la tercera fila, sin aparente maldad. La frase cuadra perfectamente con su espontaneidad todavía sin pulir.

-¿He oído bien? –interviene el profesor.

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-Creo que sí –admite el chico.

-Pues yo creo que aquí nadie va a su bola. Se trata simplemente de Mariano. Y Mariano tiene algo peculiar: la “marianidad” –se oye alguna risa, porque justo en ese momento vuelve a entrar este, que se sienta sin entender-. Igual que tú tienes la “bosquez”, o como queramos llamarla. Tan peculiar y valiosa es una como otra. Tanto, que vale la pena trabajar por perfeccionarlas. Si lo piensas bien, ese es precisamente el sentido de la educación, y eso explica que te esté echando la bronca con calma y este tono. ¿Capito?

-Sí.

-¿No tienes nada que decir a alguien?

-Perdona, Mariano…

Ha sonado sincero. Hasta lo ha dicho con sonrisa amistosa.

-¿Alguien me va a aclarar todo esto? –pide el recién llegado.

-Luego hablamos.

La clase ya ha empezado, pero Bosco está pensativo. Siempre es mejor que te abronquen con originalidad. Y con alguna explicación añadida. Y sin mala leche.

Profesor LÍLEMUS

[Para Bosco y Mariano, con su permiso]

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