Empezaron, como siempre, los americanos. La Academia de Hollywood sustituyó la fórmula “And the winner is…” por “And the Oscar goes to…”, no fuera que alguno de los sonrientes perdedores sacara conclusiones y se diera cuenta de que había perdido. Años más tarde llegó Operación Triunfo, donde los concursantes eliminados se fundían con los elegidos en lacrimosos abrazos y me-alegra-tanto-que-seas-tús dichos a duras penas entre hipos y sollozos. Sí, ya sé que son sanos intentos de moderar la competición y relativizar la victoria y la derrota, pero de tanto insistir empieza a olvidársenos cuál es una y cuál es la otra. Las cosas no dejan de ser por el simple hecho de no nombrarlas.

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Esta infantil tendencia alcanza el clímax en la política, donde hace años que no pierde ni su padre. A lo largo del pasado 1 de octubre se celebró el Comité Federal más sangriento de la historia del PSOE, del que los móviles iban reportando gritos, insultos, lágrimas, portazos, trampas. Ya por la noche, estando en la calle con unos amigos, supe que Pedro Sánchez acababa de perder -con perdón- una votación crucial, que evidenciaba la falta de respaldo de los suyos. El sector crítico, tras una semana de cuchillos largos y editoriales demoledores, se había salido con la suya. Así que el secretario general se puso ante los micrófonos para anunciar su dimisión, a la que añadió (luego, ya con calma, lo confirmó en un tweet) aquello de “Hoy más que nunca hay que estar orgulloso de militar en el PSOE. Gracias de corazón”. Sorprendente broche verbal a una jornada bochornosa, que llenó a los propios de vergüenza propia, a los extraños de ajena y a los enemigos de risa floja. A mí, que voy por libre pero creo en el debate público, se me atragantó la cerveza. Mientras en la calle hasta el asfalto de la calle Ferraz se sonrojaba, el secretario general se sentía orgulloso, como si fuera un concursante expulsado de MasterChef Junior. ¿Acaso tenía las palabras ya escritas desde la semana anterior? Es curioso que la persecución implacable del photoshop publicitario por parte de los políticos no encuentre paralelo en sus propias declaraciones. Si no está bien que las adolescentes vean esos cuerpos irreales, que podrían llenarles el tierno corazón de aspiraciones enfermizas, tampoco lo está que los adultos oigamos a nuestros dirigentes photoshopear la arrugada cosa pública con palabras bonitas y orgullos a deshora.

Miradas desde el otro lado, las cosas tampoco es que se vieran mejor enfocadas. Ya de vuelta en casa, oí decir a un comentarista: “Lo que iba a ser una victoria pírrica por parte de los críticos ha resultado una holgada victoria por 132 votos a 107”. Se ve que sigue siendo necesario recordar quién fue Pirro, el rey de Epiro que venció a los romanos en la batalla de Heraclea (280 a.C.) a costa de cuantiosas bajas en su propio ejército. Se dice que al evaluar la contienda comentó: “Otra victoria como esta y perdemos la guerra”. Desde entonces una victoria pírrica no es la conseguida por escaso margen, como creen tantos, sino a un precio demasiado alto, por ejemplo, un par de jugadores lesionados o un partido político al borde de la ruptura. Y la de los susanistas sobre los sanchistas el día 1, con sus holgados 25 votos de diferencia, fue pírrica a más no poder: otra semanita como esta y el partido fundado en 1879 por Pablo Iglesias se iría al cuerno de la insignificancia. Allí dentro no había ganado ni su padre y, si hay vencedores, que probablemente los haya, ni militan en el PSOE ni están lo bastante orgullosos de serlo como para decírselo a un micrófono. Cualquier socialista de corazón tardará meses en mirar sin dolor la ruborizada rosa de su emblema.

Antes de irme a la cama, recordé que en los festejos infantiles mi tío Fano Gortázar solía aleccionarnos, con aquella sonrisa irrepetible, en el más sano principio deportivo que he escuchado jamás: “Lo importante no es ganar, ni siquiera participar. Lo importante es merendar”. Eso sí que relativiza victorias y derrotas: terminar merendando juntos. Y aquí va a hacer falta mucha merienda para recomponer lo roto y construir un futuro donde quepan propios y, sobre todo, extraños. Pero no estaría mal que empezáramos por recuperar la sana costumbre de llamar a las cosas por su nombre: ganar se llama victoria, perder se llama derrota, y ganar pírricamente se llama victoria aparente, o sea, un modo disfrazado de la derrota.

Hagamos un esfuerzo. La realidad no es tan dura que no pueda ser aceptada por cualquiera. Somos la brava sociedad española, no ese geriátrico photoshopeado por la cirujía que sonríe perfecto en la ceremonia de los Oscar.

Profesor LÍLEMUS

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