En casa de mi abuela materna había un objeto que siempre me fascinó. La cosa aquella no se dejaba clasificar fácilmente. Por su reducido tamaño, no alcanzaba la categoría de mueble; por su precisa utilidad, superaba la de objeto decorativo; era demasiado abierta para ser una caja y demasiado cerrada para ser un simple expositor. Consistía en una fila de tres licoreras gemelas, contenidas en un marco de madera con refuerzos metálicos; eso que en Inglaterra llaman con nombre latino un tantalus (pronúnciese esdrújulo). Bilbao, el Bilbao de antes, el liberal y marinero, fue siempre una ciudad de gustos ingleses.

tantalus

A la edad en que uno anda descubriendo el mundo con las manos, pude comprobar que las botellas estaban atrapadas dentro del marco mediante una pequeña cerradura de llave. Cualquier intento de manipularlas se encontraba al instante con las paredes de madera del contenedor o con el listón que le hacía de techo. También con la mirada sostenida de algún adulto, en una casa llena de objetos donde cada uno, por insignificante que fuera, tenía su sitio exactamente asignado. El acto de tocarlos era inmediatamente calificado de toqueteo.

TantalusMás tarde, a la edad en que uno da un paso atrás para observar la variedad del mundo y los sentidos se enriquecen con la sensibilidad, caí en la cuenta de que en casa de mis padres los licores vivían encerrados con llave en el interior de un mueble bar. Los de casa de la abuela estaban igualmente prisioneros, pero su vista era inevitable. Y extraordinariamente bella. El color de cada bebida, filtrándose a través del cristal tallado, llegaba a los ojos descompuesto en variados matices, lo que hacía del artilugio una inmensa piedra preciosa, capaz de hipnotizar los de un adolescente.

tantalus-mitologiaFinalmente, a la edad en que la sensibilidad se vuelve inteligente y -para bien o para mal- uno acaba comprendiendo el mundo, supe el origen de su nombre. En la tertulia -no solo se prohibía mucho, también se charlaba generosamente- alguien explicó que Tántalo es un personaje de la mitología griega. Rey de Frigia e hijo de Zeus, era muy amado por los dioses, quienes lo admitían en los festines, pero traicionó su confianza de varios modos: raptó a Ganímedes, el copero de Zeus; reveló las secretas conversaciones divinas; robó néctar y ambrosía para dárselos a los mortales; y, lo más grave, hizo probar a los dioses la carne de su propio hijo Pélope, solo por poner a prueba su omnisciencia. Todo ello le valió la condena de estar sumergido hasta la barba en un lago con árboles frutales sobre su cabeza. Cada vez que se agachaba o alzaba para beber y comer, el agua era absorbida por la tierra y los árboles se elevaban por obra del viento. Los dioses antiguos castigaban muy duramente la soberbia humana. Y también las propias humillaciones.

Cajas para contener y custodiar botellas las ha habido siempre, pero una que impide acceder al objeto del deseo sin ocultarlo a la vista es una genialidad retorcida. Es como ver en bikini a un amor imposible. La novedad, venida de Inglaterra para frustración de niños, de no tan niños, de criados, merecía un nombre acorde con su originalidad, y los ingleses, que siempre han sido buenos artesanos de palabras, acuñaron tantalus. Hay en él una fina ironía, ya que el nombre no conviene tanto al objeto como a la persona que lo sufre: al involuntario y sediento Tántalo que lo tiene delante. Algunos tantalus son verdaderos armatostes, pero yo siempre he encontrado más interesantes los sencillos y ligeros, a menudo provistos de un asa que hoy nos recuerda su antigua portatilidad. Era por eso el tipo preferido de los capitanes (se le suele llamar a captain’s tantalus), que aseguraban así su propio consumo y el de los oficiales en un espacio, el barco, donde todo el mundo tiene muchísima sed.

tantalioLa historia de Tántalo explica también el nombre del tantalio, uno de los elementos de la tabla periódica. Se trata de un metal poco común, de color gris, muy resistente a la corrosión. Fue descubierto en 1802 por el sueco Anders Ekeberg, quien encontró dificultades para separarlo de los otros metales con los que se combina, por lo mucho que le cuesta absorber los ácidos en que es bañado. Sólo el ácido fluorhídrico es capaz de atacarlo. Debido a esta propiedad, Ekeberg lo llamó tantalium. Los científicos humanistas de entonces eran tipos ingeniosos. Tanto como los clásicos decoradores ingleses.

Profesor LÍLEMUS

Anuncios