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Un medio de comunicación hispalense, a propósito del lamentable estado de conservación del yacimiento fenicio del Carambolo, comentaba hace poco “el vergonzante trato que las autoridades sevillanas han dado a esta joya arqueológica desde su descubrimiento”. En textos así, parece que vergonzante fuera sinónimo de vergonzoso, pero lo cierto es que se trata de palabras de significado diferente, y el periodista debería haber escrito vergonzoso. Aquí tenéis su uso reducido a forma esquemática.

vergonzoso-y-vergonzante

Como se ve, ambos adjetivos sirven para calificar tanto personas como cosas. Vergonzoso, en el primer caso, se refiere a un rasgo de carácter: la timidez, la facilidad para experimentar y manifestar vergüenza. En el segundo, señala que una cosa es causa de vergüenza, y suele aplicarse a hechos como el abuso, la dejadez, la ingratitud, el egoísmo, la corrupción, los actos viles, los espectáculos bochornosos, las sentencias injustas, los pactos sórdidos o, ya que estamos, el indigno estado de conservación del Carambolo. Hay un detalle que me gustaría destacar: al calificar un acto de vergonzoso, decimos que hay en él motivos objetivos para sentir vergüenza, pero eso no significa necesariamente que su autor la sienta. El haber abusado vergonzosamente de un compañero no tiene por qué avergonzar a una pandilla de desvergonzados.

El adjetivo vergonzante, por su parte, se aplica a cosas que ocultamos por vergüenza. Se trata de circunstancias o defectos que pueden perjudicar nuestra fama, por lo que procuramos esconderlos de la curiosidad pública. Hay enfermedades vergonzantes, pobrezas vergonzantes, calvicies vergonzantes de tupido peluquín. También se aplica a las personas que sienten vergüenza por ellas y las disimulan. Es aquí donde se aprecia la distancia que separa ambas palabras. Un pobre vergonzante, que oculta a los demás su pobreza, también podría tomársela de otra manera, y no por desvergüenza, sino por dignidad, optimismo, elegancia, despreocupación, por simple inconsciencia. Lo que convierte un hecho en vergonzante suele ser la percepción subjetiva que de él tiene la persona, más que la naturaleza del hecho en sí, que también influye.

Gabriel García Márquez, en Vivir para contarla, habla de cierto bar al que solía acudir con un grupo de escritores. Entre el variado público del local, llamaba la atención un extravagante ladrón de domicilios.

El ladrón tenía una vocación literaria bien asumida, no perdía palabra en las conversaciones sobre artes y libros, y sabíamos que era autor vergonzante de poemas de amor que declamaba para la clientela cuando no estábamos nosotros.

No es que el ladrón aquel fuera una persona vergonzosa. De hecho, declamaba sus poemas en público. Pero la perspectiva de que fueran escuchados por el grupillo de escritores le hacía sentir pudor, así que se contenía cuando estaban presentes. Y esto lo convertía en escritor vergonzante de composiciones vergonzantes, dicho aquí con toda propiedad por el premio nobel colombiano.

Yo creo entender la causa de esta moda incorrecta que iguala vergonzoso y vergonzante. La segunda es palabra que ha ido cayendo en desuso y hoy resulta poco frecuente en el habla. Su carácter raro la hace aparecer ante gentes de mediana lectura como sinónimo refinado de vergonzoso. Y ese saborcillo elevado y culto suele ser un reclamo insuperable para cursis, relamidos y pedantes, tipos por supuesto ajenos al distinguido público de este blog, que os tomaréis la entrada de hoy como simple curiosidad. De todos vosotros me despido hasta la semana que viene.

Profesor LÍLEMUS

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