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Si os hablo de un psicoterapeuta que escribe cuentos y además es argentino, sé que alguno pensará: «¡Vaya, se puede ser cuentista de tres modos a la vez!». Pues bien, más allá de estereotipos simplones, este es el caso de Jorge Bucay, nacido en Buenos Aires en el 49, médico psiquiatra y autor de un buen puñado de libros, en los que recurre con frecuencia al cuento como medio de reflexión y curación.

Jorge Bucay-El elefante encadenadoEsto convierte las obras de Bucay en una modalidad peculiar de eso que suele llamarse “autoayuda”. Pero, si lo pensamos bien, la literatura ha tenido desde sus orígenes un carácter así. Ya los romanos nos la mostraron como instrumento apto para prodesse et delectare (ser útil y entretenida), y esto se manifiesta no solo en los géneros considerados didácticos (la fábula, el apólogo, la sátira, el ensayo), sino realmente en cualquiera de los demás. La tragedia, la comedia, la novela, el relato, la lírica, nos presentan personajes que los lectores, por un curioso mecanismo psicológico, tendemos a imaginar como personas reales, cuyas disyuntivas y destinos son en el fondo los mismos que protagonizamos nosotros en lo cotidiano y también en lo extraordinario. Sabemos que aquello no ha sucedido, pero disfrutamos dejándonos engañar. Al leer un libro, al escuchar una canción, al ver una película, nos “disfrazamos” de otros seres humanos que alguna vez seremos, o hemos sido, o podríamos ser.

Por si alguno quiere profundizar en su obra previo pago, os dejo el enlace a una página de Amazon. En esta entrada me limitaré a reproducir uno de sus cuentos, tomado de su obra “Déjame que te cuente. Los cuentos que me enseñaron a vivir”. Tiene todos los ingredientes de la fábula tradicional, incluidos los de ser protagonizado por un animal y concluir con una moraleja accesible a todos los públicos. Leyendo a Bucay, uno entiende que, si crecer es una misión arriesgada que hemos de asumir todos a cualquier edad, la educación -la de unos padres, la de un profesor, la de un psicoterapeuta- se convierte en una tarea muy delicada que exige los medios más aptos.

Profesor LÍLEMUS


EL ELEFANTE ENCADENADO

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

Elefante encadenadoEl misterio sigue pareciéndome evidente. ¿Qué lo sujeta, entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?». No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

RINGLING BROS. CIRCUS ELEPHANTHace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no se escapa porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó poner a prueba su fuerza.

Elefante niño encadenado

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que «no podemos» hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos. Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré. Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos:

No puedo y nunca podré.

JORGE BUCAY

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