La otra tarde, viéndome espantar abejorros para cortar de una abelia ramas con que hacer arco y flechas, alguien comentó: “Por eso se llama abelia: porque sus flores atraen a las abejas”. Yo, que no soy de contradecir y además tenía suficiente quehacer con aquellos bichos del demonio, callé, aunque me parecía recordar que la abelia se llama así en honor de cierto naturalista de apellido Abel. Qué le voy a hacer: las etimologías me revolotean la cabeza como insectos veraniegos, empeñados en clavar aguijones fascinantes a los humildes objetos cotidianos. En efecto, según comprobé más tarde, el médico y naturalista británico Clarke Abel (1780-1826) descubrió el arbusto en China y lo trajo a Europa, labor que le fue reconocida en el bautizo de este género botánico.

Clarke Abel-abelia

Al ver que los abejorros dejaban de molestarme cuando yo hacía lo propio, decidí quedarme en prudente espera frente al arbusto. Y como nunca me ha gustado salir derrotado de dos frentes a la vez, improvisé una socorrida victoria rascando de mi memoria los nombres de otras especies vegetales inspirados en el apellido de alguien. Hace un par de años, investigando el asunto, había recolectado un apreciable número de ejemplos, así que algunos me vinieron fluidamente. La buganvilla, por poner uno, toma su nombre de Louis Antoine de Bougainville (1729-1811), el famoso marino y explorador parisino que completó la primera circunnavegación francesa del globo entre 1766 y 1769. Su descripción idílica de la isla de Tahití como un paraíso de primitiva inocencia e ingenuidad influyó en la construcción del concepto europeo del “buen salvaje”, el hombre no contaminado por la refinada maldad de la civilización. De resultas de aquel viaje llegó además a Europa desde Brasil el primer ejemplar de esta espectacular enredadera, detalle que aprovechó Phillibert Commerson, el naturalista de la expedición, para denominarla a mayor gloria de su capitán.

Conde de Bougainville-buganvilla

También la macadamia, cuyas semillas son las deliciosas nueces homónimas, esconde en sus ramas cierto apellido, deducible de los sonidos de su nombre. Se trata de John Macadam (1827-65), ilustre político y científico australiano. El árbol es originario precisamente de Australia y fue llamado macadamia por un amigo y colega suyo, director del Real Jardín Botánico de Melbourne.

John Macadam-macadamia

Ya veis que la adulación y el colegueo han tenido fuerte peso en la taxonomía botánica. Los casos abundan. El fraile y botánico francés Charles Plumier eligió el nombre begonia en honor de Michel Bégon (1638-1710). Bégon, como officier de plume de la Marina Real francesa, fue gobernador de la colonia de Santo Domingo, hoy Haití. Apasionado coleccionista de plantas, su nombre ha quedado asociado así al género Begonia.

Ya que hoy escribo con la esperanza de asombraros, me temo que alguno de mis conocidos estará imaginando la delgada línea que separa la originalidad de la extravagancia. Solo diré en mi defensa que llevar en la cabeza estas referencias puede convertir un paseo a solas por el jardín en un concurrido encuentro con personajes vistosamente empelucados.

Begonia-Michel Begon

En otros casos la denominación de una planta se ha debido a puros motivos de reconocimiento científico. El propio Plumier, que documentó más de 4.300 especies de plantas, quiso perpetuar el nombre del médico, profesor y humanista alemán Leonhart Fuchs (1501-66), dando su nombre a cierto espécimen que encontró en el Caribe: la fucsia. Fuchs es una figura relevante de su siglo. Como profesor de medicina, se interesó en las propiedades farmacológicas de las plantas y realizó dibujos de gran calidad como apoyo de la clasificación de especies. Consciente del poder de la experiencia práctica en el conocimiento, llevaba a sus alumnos a realizar trabajos de campo en plena naturaleza.

Leonhart Fuchs-fucsia

Otra de las plantas descritas y nombradas por el incansable Plumier es la magnolia. En este caso, en recuerdo del botánico francés Pierre Magnol (1638-1715), a quien debemos el importante concepto botánico de familia para agrupar plantas con caracteres morfológicos semejantes.

Magnolia-Pierre Magnol

Al sentir mi autoestima bien resguardada tras este parapeto de erudición, me animé a dejar de lado la memoria etimológica y volver a la acción. El discurrir de la tarde me impacientaba y urgía a encontrar en la abelia un resquicio donde meter la podadera sin correr grandes riesgos. La verdad es que la abelia del jardín veraniego de mi infancia era un arbusto más grande y abierto, en cuyo seno bastaba deslizar los brazos para lograr la codiciada materia prima de nuestras armas. Además, aquel jardín era un paraíso floral mimado por mi abuela paterna, y las abejas disponían de una increíble variedad en la que repartir su atención. Pero yo había prometido a los hijos arco y flechas, y a ciertas edades el prestigio de un padre no admite fisuras.

Debo confesar que este segundo intento se cerró con una segunda retirada, cuyo humillante vacío me vi forzado a llenar con el recuerdo de la figura gigante de Linneo. El sueco llegó a clasificar unas 6.000 especies vegetales (además de 8.000 animales), para lo cual necesitó un arsenal de nombres que le han valido el apodo de segundo Adán. Entre los que acuñó personalmente, había yo encontrado el de la gardenia, por el escocés Alexander Garden (1730-91), que vivió en Charleston, Carolina del Sur, y desde allí enviaba especímenes vegetales a Linneo; también el de la camelia, por el botánico Georg Josef Kamel (1661-1706), un misionero jesuita que transportó ejemplares de esta planta desde Filipinas a Europa; hay quien le atribuye además el de la dalia, flor nacional de México, por su alumno el botánico sueco Anders Dahl (1751-89), pero parece que el término fue creado en realidad por un español, director del Real Jardín Botánico de Madrid. Dada la enorme popularidad de Linneo entre las flores, es natural que algunas, al ser nombradas, insistan en hacerse las suecas.

Dalia-gardenia-camelia

Yo mismo anduve por ahí haciéndome el sueco y buscando coartadas, antes de volver al campo de batalla para encontrar por fin un tallo lo bastante curvo y accesible al que dar un mordisco con la podadera. Reconozco que la cosa no precisó de especial pericia por mi parte. Resulta que, con tanta etimología, se había hecho casi de noche en el jardín, y los últimos abejorros expedicionarios estaban regresando ya al panal con el botín cosechado en la abelia. Arbusto que -puedo asegurarlo- atrae a estos chupópteros del infierno, aunque eso nada tenga que ver con el nombre que le hemos dado.

¡Lo que hay que hacer en estos días menguados para estimular a los hijos con la esquiva y benéfica naturaleza! Que yo recuerde, nuestros arcos infantiles los fabricábamos nosotros mismos, asumiendo personalmente los riesgos y dejando a los padres los propios de su abnegada condición. Aquello sí que era un reparto igualitario de tareas.

Profesor LÍLEMUS

Anuncios