Terminada la Primera Guerra Mundial, el escritor Luigi Pirandello (1867-1936) preguntó a su hijo Fausto, de diecinueve años, si deseaba continuar los estudios interrumpidos por la contienda o prefería ponerse a trabajar. El hijo le salió entonces con que quería ser escultor, y Pirandello se quedó pensativo unos segundos considerando la posibilidad. Luego, sin cambiar el gesto, manifestó:

D’accordo, ti manterrò per tutta la vita (de acuerdo, te mantendré toda la vida).

Cuento la anécdota porque, tomada de la vida del hombre, muestra un rasgo característico de su obra como escritor: la aceptación de las realidades humanas como hechos incuestionables. Pocos autores han indagado con la valentía de Pirandello en la condición humana. Sus personajes, víctimas de la propia fragilidad, viven abocados a la desdicha por una especie de fatalidad que el autor no desea ni cambiar ni juzgar. Esto se cumple al pie de la letra en el relato de esta semana, que concluye en uno de los finales más originales de Pirandello. Precisamente cuando el desenlace parezca haber llevado al personaje al ridículo, el lector no se sentirá movido a la risa burlesca (la de la “comicidad” tradicional) sino a una sonrisa comprensiva y compasiva (la del famoso “humorismo” pirandelliano, del que os hablaré más tarde). Uno puede discutir su visión del ser humano, pero nadie negará que su actitud ante él está llena de humanidad.

Luigi Pirandello-rostro

El autor siciliano, ganador del Premio Nobel en 1934, considerado uno de los mayores dramaturgos del siglo XX, es universalmente conocido por su obra teatral Seis personajes en busca de autor (1921). Fuera de Italia ha quedado en segundo plano su importante producción narrativa, que por cierto le dio el primer gran éxito de público en 1904 con la novela Il fu Mattia Pascal. Es autor de otras seis novelas (romanzo, en italiano) y de 256 relatos breves (novella, en italiano). Los quince volúmenes de relatos se fueron publicando con el título conjunto de Novelle per un anno, ya que su idea era alcanzar el ambicioso número de 365, uno por cada día del año.

Luigi Pirandello y familia en 1917
Los Pirandello en 1917: Luigi, Lietta, la mujer Maria Antonietta y Fausto, que finalmente se dedicó a la pintura. El hijo mayor, Stefano, se encontraba entonces en  la guerra.

A los veintitantos heredé de un tío bohemio la edición Mondadori de los relatos completos, que guardo con afecto en mi biblioteca, y desde que creé este blog he querido publicar alguno. Dos cosas me habían hecho desistir hasta ahora: por un lado, la dureza y profundidad de su visión lo hace difícil para el lector medio; por otro, me costaba encontrar en Internet buenas traducciones. Al final he elegido, por su redondez, La casa de la agonía (publicado póstumamente en 1937) y he aprovechado las vacaciones para sentarme a traducirlo yo mismo, siguiendo, como traductor aficionado que soy, un método personal: primero escribo un borrador de traducción con el texto original delante; luego, apartando el original, leo y releo el borrador, a veces en voz alta, y lo voy reescribiendo hasta dejarlo en lo que considero castellano natural; cuando temo haber ido demasiado lejos, vuelvo al original e intento que sea el propio autor quien me aclare sus intenciones. Estos diálogos silenciosos siempre han sido lo mejor de la literatura. Y de verdad necesito escuchar su voz, porque la tentación de “recrear” la obra según mi gusto personal es constante en este proceso. Traduttore, traditore.

Por si alguno de vosotros conoce la lengua de Dante (la de Pirandello, en este caso) y no se fía del resultado, os dejo después de la traducción el texto original italiano. Tal vez alguien lo sepa disfrutar, en especial mi apreciado Carlos Laorden, un antiguo alumno que anda por Roma en no sé qué aventura mediática apasionante.

Profesor LÍLEMUS


LA CASA DE LA AGONÍA

Sin duda el visitante, al entrar, había dicho su nombre, pero la vieja negra renqueante que había venido a abrirle como una mona con delantal, o no había entendido o lo había olvidado. Así que desde hacía tres cuartos de hora, para toda aquella casa silenciosa él era, ya sin nombre, “un señor que espera ahí”.

“Ahí” quería decir en el salón.

En la casa, aparte de la negra, que debía de haberse encerrado en la cocina, no había nadie. El silencio era tal, que el pausado tictac de un antiguo reloj de pared, tal vez desde el comedor, se oía destacado en el resto de las habitaciones como el latido del corazón de la casa; y parecía que los muebles de cada una de las habitaciones, incluidas las más alejadas, gastados pero bien cuidados, un poco ridículos por su estilo ya pasado de moda, estuvieran también escuchándolo, bien seguros de que en aquella casa nunca sucedería nada y ellos, por lo tanto, seguirían siempre así, inútiles, admirándose o compadeciéndose mutuamente, o mejor incluso dormitando.

Los muebles tienen también su alma, sobre todo los viejos, un alma que les viene de los recuerdos de la casa donde han pasado tanto tiempo. Para darse cuenta, es suficiente poner entre ellos un mueble nuevo.

Salon butacaUn mueble nuevo está todavía sin alma, pero ya, por el solo hecho de haber sido elegido y comprado, con el deseo imperioso de tenerla.

En cuanto llega, se ve que los muebles viejos lo miran mal: lo consideran un intruso pretencioso que aún no sabe nada y nada puede decir, pero entretanto se hace quién sabe qué ilusiones. Ellos, los muebles viejos, ya no se hacen ninguna, y eso los entristece: saben que con el tiempo los recuerdos empiezan a debilitarse y, con ellos, también su alma poco a poco se debilitará. Y se quedan así, descoloridos si son de tela, oscurecidos si de madera, también ellos silenciosos.

Si por desgracia persiste en ellos algún recuerdo desagradable, corren el riesgo de ser echados de allí.

Ese viejo sillón, por ejemplo, sufre un verdadero tormento al ver el polvo que las polillas extraen en montoncitos sobre el tablero de la mesita que tiene delante y a la cual aprecia de verdad. Él mismo se sabe muy pesado; conoce la debilidad de sus cortas patas, especialmente de las dos traseras; y teme que lo agarren por el respaldo -ojala nunca suceda- y lo arrastren fuera de su sitio; pero con esa mesita delante se siente más seguro, protegido; y no le gustaría que las polillas, haciéndola quedar mal con todos esos ridículos montoncitos de polvo en el tablero, la llevaran a acabar sus días en el desván.

Todas estas observaciones y consideraciones las hacía el anónimo visitante olvidado en el salón.

Como absorbido por el silencio de la casa, él, que había perdido en ella el nombre, parecía haber perdido también la persona, convertido en uno de aquellos muebles en los que tanto se había ensimismado, sumido en la escucha del pausado tictac que llegaba destacado hasta el salón a través de la puerta entornada.

Pequeño de cuerpo, casi desaparecía en el gran sillón oscuro de terciopelo morado donde se sentaba. Desaparecía también dentro del traje que llevaba. Los bracitos, las piernitas había casi que buscárselas en las mangas y los pantalones. Era solo una cabeza calva, con dos ojos penetrantes y dos bigotitos de ratón.

Estaba claro que el dueño de la casa había olvidado la cita dada para venir a verlo; y varias veces el hombrecillo se había preguntado si aún tenía derecho a estar allí esperándolo, al haber pasado ya de un límite razonable la hora fijada para la invitación.

Pero él ya no esperaba al dueño de la casa. Y si este se hubiera presentado de repente, él se habría sentido incómodo.

Allí confundido con el sillón donde estaba sentado, con una dolorosa fijeza en los ojillos penetrantes y una angustia que crecía a cada instante y le impedía respirar normalmente, él esperaba otra cosa, terrible: un grito procedente de la calle: un grito que anunciase la muerte de alguien; la muerte de un transeúnte cualquiera que, entre la multitud de hombres, mujeres, jóvenes, viejos y niños, cuyo murmullo confundido le llegaba hasta allá arriba, pasara en el momento preciso bajo la ventana de aquel salón del quinto piso.

Y todo esto se debía a que un gran gato pardo había entrado en el salón, sin siquiera notar la presencia de él, a través de la puerta entornada, y de un salto había subido a la repisa de la ventana abierta.

De todos los animales, el gato es el menos ruidoso. No podía faltar en una casa llena de tanto silencio.

Tiesto con geraniosEn el rectángulo azul cielo de la ventana destacaba un tiesto de geranios rojos. El azul, antes vivo y ardiente, poco a poco se había teñido de violeta, como si desde lejos la noche, que aún tardaba en llegar, hubiera soplado sobre él un ligero aliento de sombra.

Las golondrinas que revoloteaban en bandadas, como enloquecidas por la última luz del día, proferían de vez en cuando agudos chillidos y se lanzaban contra la ventana como si quisieran irrumpir en el salón; pero enseguida, al llegar a la repisa, levantaban el vuelo. No todas. Ahora una, luego otra, cada vez, se metían bajo la repisa, no se sabía cómo ni por qué.

Llevado de la curiosidad, antes de que entrara aquel gato, se había acercado a la ventana, había apartado un poco el tiesto de geranios y se había asomado a mirar en busca de una explicación. Y así había descubierto que una pareja de golondrinas tenía el nido justo debajo de la repisa de aquella ventana.

Nido di rondiniY la cosa terrible era precisamente esa: que ninguno de los que continuamente pasaban por la calle, enfrascados en sus asuntos y preocupaciones, podía pensar en un nido colgado bajo la repisa de una ventana en el quinto piso de una de las muchas casas de la calle, y en un tiesto de geranios dejado en la repisa, y en un gato que intentaba dar caza a las dos golondrinas del nido. Y mucho menos podía pensar en la gente que pasaba este gato que ahora, agazapado y escondido detrás del tiesto, movía apenas la cabeza para seguir con la vista perdida el vuelo de las golondrinas que chillaban, ebrias de aire y de luz, al pasar ante la ventana; y cada vez que tenía delante una bandada, levantaba un poco la punta del rabo que colgaba, listo para atrapar con las garras la primera golondrina que intentara meterse en el nido.

Él y solo él sabía que ese tiesto de geranios, con un simple golpe del gato, se precipitaría desde la ventana sobre la cabeza de alguno; el tiesto ya se había desplazado dos veces por las nerviosas sacudidas del gato; estaba casi al borde de la repisa; y él apenas respiraba por la angustia y tenía toda la calva perlada de grandes gotas de sudor. Le resultaba tan insoportable el horror de aquella espera, que hasta le pasó por la mente el pensamiento diabólico de ir él mismo a la ventana y dar al tiesto con un dedo extendido el último empujón, sin quedarse a esperar que lo hiciera el gato. Total, al siguiente golpecito, la cosa habría sucedido sola.

No podía hacer nada.

Anulado como estaba por el silencio de la casa, él ya no era nadie. Él era el silencio mismo, medido por el pausado tictac del reloj. Él era aquellos muebles, testigos mudos e impasibles aquí arriba de la desgracia que iba a suceder allá abajo en la calle, y de la que ellos nada sabrían. Solo él sabía, por pura casualidad. Porque hacía ya un buen rato que él no debía estar allí. Muy bien podía imaginar que en aquel salón no había nadie, ni tampoco en el sillón al que estaba como atado por la atracción de aquella fatalidad que pendía sobre la cabeza de un desconocido, colgando de la repisa de aquella ventana.

De nada servía que él conociera esa fatalidad, la natural coincidencia de aquel gato, aquel tiesto de geranios y aquel nido de golondrinas.

Gato y geranios

La función de aquel tiesto era precisamente estar expuesto en aquella ventana. Si él lo hubiera quitado de allí para impedir la desgracia, podría impedirla hoy; mañana, la vieja criada negra colocaría de nuevo el tiesto en su sitio, sobre la repisa: porque la repisa, para aquel tiesto, era su sitio. Y el gato, espantado hoy, volvería mañana a sus tentativas de cazar las golondrinas.

Era inevitable.

Y he aquí que el gato había empujado el tiesto un poco más: ya estaba casi un dedo fuera del borde de la repisa.

No pudiendo soportarlo más, escapó de allí. Y al precipitarse escaleras abajo le vino en un relámpago la idea de que llegaría a la calle justo a tiempo para recibir en la cabeza el tiesto de geranios que precisamente en ese instante caía desde la ventana.

Pirandello firma

LUIGI PIRANDELLO

(Traducción de Álvaro Alonso Rotaeche)


EL HUMORISMO DE PRIRANDELLO

Antes de copiar el texto italiano, me gustaría echaros una mano con la lectura. Habréis notado que en el texto los objetos, los muebles, los animales, parecen tener más vida y personalidad que la propia persona protagonista. Y también mayor incidencia en su destino final. El anónimo personaje es nombrado al principio vagamente como “el visitante” o “un señor”, pero pronto la referencia se limita a simples y expresivos pronombres, a “el hombrecillo”, a “una cabeza calva”, a un “nadie” confundido con el silencio de la casa. Y en esta progresiva despersonalización, acaba convertido en una pieza entre otras de cierto mecanismo fatal que él se limitará a obedecer.

También habréis visto que la clave del relato se halla -o parece hallarse- en el último párrafo. Está claro que el personaje se sabe a punto de morir por el golpe de un tiesto en la cabeza. Entonces, ¿por qué no detiene su carrera escaleras abajo? ¿Es que no desea salvarse de una muerte ridícula? Como suele suceder en la buena literatura, las preguntas del lector no tienen una respuesta única, y en cualquier caso esta hay que buscarla en todos los párrafos del texto. Nuestro personaje, poco a poco empequeñecido por fuerzas que lo envuelven y actúan sobre él, se siente finalmente incapaz de luchar contra la fatalidad y decide aceptarla como una liberación de la angustia. Pero no se trata de una verdadera decisión, sino de una especie de derrota. No hay en ella el deseo altruista (¿quién tiene pensamientos altruistas mientras huye escaleras abajo?) de recibir en uno mismo la muerte que iba a tocar a un desconocido. El tiesto de geranios es un simple síntoma del absurdo de un mundo gobernado por el azar, al cual el ser humano solo puede asistir como observador pasivo. Y el único modo de escapar de ese azar es “huir para encontrarlo” y desaparecer en él.

Pirandello-humorismoSi el genial desenlace sigue sin convenceros, podéis probar otro camino, también muy literario: responded a vuestra extrañeza con vuestra propia vida. Buscad en ella tantos destinos que aceptamos con franca derrota de la voluntad. No creo que nos falten buenos ejemplos. Pueden pertenecer a la vida personal, a la profesional, a la familiar. Volved luego al personaje y veréis que en su destino absurdo está “lo contrario” (el reverso) de lo que idealmente debería ser, y que ese contrario o reverso lo protagonizamos a diario también nosotros. Esto nos lleva a experimentar por él una especie de compasión fraternal, una sonrisa comprensiva que sabe pasar por encima de las apariencias y las máscaras para llegar hasta la intimidad del personaje.

En eso consiste la poética del humorismo en Pirandello: en superar la percepción de lo contrario (l’avvertimento del contrario), que se materializa en una fría risa de burla, y alcanzar el sentimiento de lo contrario (il sentimento del contrario), que conduce a una cálida sonrisa de comprensión. Por eso al leerlo sentimos que el autor habla de nosotros mismos, que podemos ver en sus personajes, sin máscaras ni excusas, nuestras mismas miserias, culpas, miedos, remordimientos, contradicciones. Y que a través de esa misma mirada comprensiva podríamos encontrar dentro de nosotros todo lo que podemos ser en verdad, lo que está dentro de nosotros y aún desconocemos. Leer a los grandes es una actividad muy saludable.

Y aquí os dejo con el original italiano.

Profesor LÍLEMUS


LA CASA DELL’AGONIA

Il visitatore, entrando, aveva detto certamente il suo nome; ma la vecchia negra sbilenca venuta ad aprire la porta come una scimmia col grembiule, o non aveva inteso o l’aveva dimenticato; sicché da tre quarti d’ora per tutta quella casa silenziosa lui era, senza più nome, “un signore che aspetta di là”.

Di là, voleva dire nel salotto.

In casa, oltre quella negra che doveva essersi rintanata in cucina, non c’era nessuno; e il silenzio era tanto, che un tic-tac lento di antica pendola, forse nella sala da pranzo, s’udiva spiccato in tutte le altre stanze, come il battito del cuore della casa; e pareva che i mobili di ciascuna stanza, anche delle più remote, consunti ma ben curati, tutti un po’ ridicoli perché d’una foggia ormai passata di moda, stessero ad ascoltarlo, rassicurati che nulla in quella casa sarebbe mai avvenuto e che essi perciò sarebbero rimasti sempre così, inutili, ad ammirarsi o a commiserarsi tra loro, o meglio anche a sonnecchiare.

Hanno una loro anima anche i mobili, specialmente i vecchi, che vien loro dai ricordi della casa dove sono stati per tanto tempo. Basta, per accorgersene, che un mobile nuovo sia introdotto tra essi.

Un mobile nuovo è ancora senz’anima, ma già, per il solo fatto ch’è stato scelto e comperato, con un desiderio ansioso d’averla.

Ebbene, osservare come subito i mobili vecchi lo guardano male: lo considerano quale un intruso pretenzioso che ancora non sa nulla e non può dir nulla; e chi sa che illusioni intanto si fa. Loro, i mobili vecchi, non se ne fanno più nessuna e sono perciò così tristi: sanno che col tempo i ricordi cominciano a svanire e che con essi anche la loro anima a poco a poco si affievolirà; per cui restano lì, scoloriti se di stoffa e, se di legno, incupiti, senza dir più nulla nemmeno loro.

Se mai per disgrazia qualche ricordo persiste e non è piacevole, corrono il rischio d’esser buttati via.

Quella vecchia poltrona, per esempio, prova un vero struggimento a vedere la polvere che le tarme fanno venir fuori in tanti mucchietti sul piano del tavolinetto che le sta davanti e a cui è molto affezionata. Lei sa d’esser troppo pesante; conosce la debolezza delle sue corte cianche, specialmente delle due di dietro; teme d’esser presa, non sia mai, per la spalliera e trascinata fuor di posto; con quel tavolinetto davanti si sente più sicura, riparata; e non vorrebbe che le tarme, facendogli fare una così cattiva figura con tutti quei buffi mucchietti di polvere sul piano, lo facessero anche prendere e buttare in soffitta.

Tutte queste osservazioni e considerazioni erano fatte dall’anonimo visitatore dimenticato nel salotto.

Quasi assorbito dal silenzio della casa, costui, come vi aveva già perduto il nome, così pareva vi avesse anche perduto la persona e fosse diventato anche lui uno di quei mobili in cui s’era tanto immedesimato, intento ad ascoltare il tic-tac lento della pendola che arrivava spiccato fin lì nel salotto attraverso l’uscio rimasto semichiuso.

Esiguo di corpo, spariva nella grande poltrona cupa di velluto viola sulla quale s’era messo a sedere. Spariva anche nell’abito che indossava. I braccini, le gambine si doveva quasi cercarglieli nelle maniche e nei calzoni. Era soltanto una testa calva, con due occhi aguzzi e due baffetti da topo.

Certo il padrone di casa non aveva più pensato all’invito che gli aveva fatto di venirlo a trovare; e già più volte l’ometto si era domandato se aveva ancora il diritto di star lì ad aspettarlo, trascorsa oltre ogni termine di comporto l’ora fissata nell’invito.

Ma lui non aspettava più adesso il padrone di casa. Se anzi questo fosse finalmente sopravvenuto, lui ne avrebbe provato dispiacere.

Lì confuso con la poltrona su cui sedeva, con una fissità spasimosa negli occhietti aguzzi e un’angoscia di punto in punto crescente che gli toglieva il respiro, lui aspettava un’altra cosa, terribile: un grido dalla strada: un grido che gli annunziasse la morte di qualcuno; la morte d’un viandante qualunque che al momento giusto, tra i tanti che andavano giù per la strada, uomini, donne, giovani, vecchi, ragazzi, di cui gli arrivava fin lassù confuso il brusìo, si trovasse a passare sotto la finestra di quel salotto al quinto piano.

E tutto questo, perché un grosso gatto bigio era entrato, senza nemmeno accorgersi di lui, nel salotto per l’uscio semichiuso, e d’un balzo era montato sul davanzale della finestra aperta.

Tra tutti gli animali il gatto è quello che fa meno rumore. Non poteva mancare in una casa piena di tanto silenzio.

Sul rettangolo d’azzurro della finestra spiccava un vaso di gerani rossi. L’azzurro, dapprima vivo e ardente, s’era a poco a poco soffuso di viola, come d’un fiato d’ombra appena che vi avesse soffiato da lontano la sera che ancora tardava a venire.

Le rondini, che vi volteggiavano a stormi, come impazzite da quell’ultima luce del giorno, lanciavano di tratto in tratto acutissimi gridi e s’assaettavano contro la finestra come volessero irrompere nel salotto, ma subito, arrivate al davanzale, sguizzavano via. Non tutte. Ora una, poi un’altra, ogni volta, si cacciavano sotto il davanzale, non si sapeva come, né perché.

Incuriosito, prima che quel gatto fosse entrato, lui s’era appressato alla finestra, aveva scostato un po’ il vaso di gerani e s’era sporto a guardare per darsi una spiegazione: aveva scoperto così che una coppia di rondini aveva fatto il nido proprio sotto il davanzale di quella finestra.

Ora la cosa terribile era questa: che nessuno dei tanti che continuamente passavano per via, assorti nelle loro cure e nelle loro faccende, poteva andare a pensare a un nido appeso sotto il davanzale d’una finestra al quinto piano d’una delle tante case della via, e a un vaso di gerani esposto su quel davanzale, e a un gatto che dava la caccia alle due rondini di quel nido. E tanto meno poteva pensare alla gente che passava per via sotto la finestra il gatto che ora, tutto aggruppato dietro quel vaso di cui s’era fatto riparo, moveva appena la testa per seguire con gli occhi vani nel cielo il volo di quegli stormi di rondini che strillavano ebbre d’aria e di luce passando davanti la finestra, e ogni volta, al passaggio d’ogni stormo, agitava appena la punta della coda penzoloni, pronto a ghermire con le zampe unghiute la prima delle due rondini che avrebbe fatto per cacciarsi nel nido.

Lo sapeva lui, lui solo, che quel vaso di gerani, a un urto del gatto, sarebbe precipitato giù dalla finestra sulla testa di qualcuno; già il vaso s’era spostato due volte per le mosse impazienti del gatto; era ormai quasi all’orlo del davanzale; e lui non fiatava già più dall’angoscia e aveva tutto il cranio imperlato di grosse gocce di sudore. Gli era talmente insopportabile lo spasimo di quell’attesa, che gli era perfino passato per la mente il pensiero diabolico d’andar cheto e chinato, con un dito teso, alla finestra, a dar lui l’ultima spinta a quel vaso, senza più stare ad aspettare che lo facesse il gatto. Tanto, a un altro minimo urto, la cosa sarebbe certamente accaduta.

Non ci poteva far nulla.

Com’era stato ridotto da quel silenzio in quella casa, lui non era più nessuno. Lui era quel silenzio stesso, misurato dal tic-tac lento della pendola. Lui era quei mobili, testimoni muti e impassibili quassù della sciagura che sarebbe accaduta giù nella strada e che loro non avrebbero saputa. La sapeva lui, soltanto per combinazione. Non avrebbe più dovuto esser lì già da un pezzo. Poteva far conto che nel salotto non ci fosse più nessuno, e che fosse già vuota la poltrona su cui era come legato dal fascino di quella fatalità che pendeva sul capo d’un ignoto, lì sospesa sul davanzale di quella finestra.

Era inutile che a lui toccasse quella fatalità, la naturale combinazione di quel gatto, di quel vaso di gerani e di quel nido di rondini.

Quel vaso era lì proprio per stare esposto a quella finestra. Se lui l’avesse levato per impedir la disgrazia, l’avrebbe impedita oggi; domani la vecchia serva negra avrebbe rimesso il vaso al suo posto, sul davanzale: appunto perché il davanzale, per quel vaso, era il suo posto. E il gatto, cacciato via oggi, sarebbe ritornato domani a dar la caccia alle due rondini.

Era inevitabile.

Ecco, il vaso era stato spinto ancora più là; era già quasi un dito fuori dell’orlo del davanzale.

Lui non poté più reggere; se ne fuggì. Precipitandosi giù per le scale, ebbe in un baleno l’idea che sarebbe arrivato giusto in tempo a ricevere sul capo il vaso di gerani che proprio in quell’attimo cadeva dalla finestra.

LUIGI PIRANDELLO

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