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RESUMEN: Conocer el origen de la palabra campechano no solo es una sorpresa para la mayoría de los españoles; esta etimología, como tantas otras, nos da una pista fundamental para conocer el verdadero sentido de la palabra y su correcto uso.


A las personas que se comportan con llaneza y cordialidad aun en situaciones que parecen exigir formulismo y ceremonia, las solemos calificar de campechanas. En España se tiende a relacionar etimológicamente esta palabra con campo, pero nada más lejos de la realidad. Cualquier mexicano sabe que los campechanos son los naturales de Campeche, una de las treinta y dos entidades federativas que conforman los Estados Unidos Mexicanos. La ciudad de San Francisco de Campeche es cabeza de este territorio del sureste del país, una próspera región que es puerta y parte de la península de Yucatán.

Estado de Campeche

En la imaginación popular Campeche siempre ha estado asociado a la vida placentera, igual que el valle de Jauja (Perú) lo estuvo a la abundancia (de ahí el esto es jauja), la antigua ciudad de Síbaris (Italia) al refinamiento (de ahí los sibaritas) o la de Esparta (Grecia) a la austeridad (y de ahí la dieta espartana). Las gentes de Campeche tienen fama de abiertas y amistosas, y los forasteros dicen encontrar allí lugareños atentos y acogedores. Completan su retrato la franqueza, la afabilidad, la sencillez y la buena disposición para las bromas.

San Francisco de Campeche

El topónimo Campeche es de origen maya, y significa, según algunos, ‘que viene del sol’. Sin embargo, la falsa etimología que lo relaciona con campo ha operado, sobre todo aquí en España, una degradación de este hermoso concepto. Campechanía no significa incorrección, ni abandono, ni ordinariez, cosa que debe recordarse a menudo en un país donde los políticos actúan con informalidad, los profesores visten con desaliño y la televisión habla con zafiedad. Para eso, mejor ser rígidos y estirados.

Principe Carlos campechano

El príncipe Carlos de Inglaterra luciendo campechanía durante su visita a Campeche.

La campechanía es una de las caras posibles de la naturalidad, esa virtud liberadora que nos salva de ser ostentosos, rebuscados o relamidos. Practicada entre iguales, acerca al distante, y entre desiguales eleva al inferior. Pero para ello debe ejercerse discretamente, buscando el equilibrio entre lo que se cede y lo que se conserva: exige ser afable sin perder la dignidad, huir del formulismo sin caer en la informalidad, descender hasta los otros sin rebajarse ni faltar a los propios deberes. Si las personas fuéramos mecanismos, el campechano sería un reloj con el carillón desactivado, que no por ello deja de dar las campanadas puntualmente. En caso contrario, podría resultar desconcertante y hasta perjudicial.

La campechanía es, en fin, una de las caras de la modestia. Porque el ocupar distintas alturas no siempre se debe a la calidad de las personas, y el campechano, que lo sabe, se las arregla para reducir las distancias y moderar los brillos. Como si el ardiente sol de Campeche se pusiera en la cara el antifaz de una nube. No más por dar un respiro.

Profesor LÍLEMUS

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