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Al llegar por fin el cuarto centenario de Cervantes y Shakespeare, oiréis por ahí que el Día Internacional del Libro se celebra los 23 de abril por haber muerto ambos en tal día del año 1616. Esta historia se cuenta cada año, sin que a nadie parezca importarle que murieran con once días de diferencia, el viernes 22 y el martes 23 de abril, respectivamente. Se ve que la sorpresa vende bien y las oscuras casualidades sin duda la provocan. Yo mismo, jugando con la oscuridad de mi anterior afirmación, espero teneros leyendo todavía un ratito.

Cervantes y Shakespeare

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE CERVANTES

Don Miguel murió en Madrid el 22 de abril de 1616. Tras haber publicado en octubre la segunda parte del Quijote, y estando ya muy delicado de salud, empleó sus últimos meses en completar la novela Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que se editaría póstuma en 1617. Esta obra llenó de orgullo a Cervantes, quien supo volcar en ella la madurez final de su estilo, siempre natural y entretenido, elegante y proporcionado. Es una pena que en la fotografía de la producción cervantina haya quedado tapada por la enormidad del Quijote.

Muerte de cervantes

El agravamiento de su enfermedad (hoy diagnosticada como diabetes) volvió urgentes los últimos preparativos de la novela. Tras recibir el lunes 18 de abril la extremaunción, el 19 escribe para su benefactor, el conde de Lemos, la emotiva dedicatoria de la obra, en la que se transparenta la paz, entereza y hasta el humor con que miraba la muerte inminente:

Persiles y Sigismunda 1617Señor; aquellas coplas antiguas que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: «Puesto ya el pie en el estribo», quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo,
con las ansias de la muerte,
gran señor, esta te escribo.
 

Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de V. E., que podría ser fuese tanto el contento de ver a V. E. bueno en España, que me volviese a dar la vida. […]

También en esos días consigue dictar Cervantes el breve prólogo de la novela, que concluye con la famosa despedida:

A Dios gracias, a Dios donaires, a Dios regocijados amigos, que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida.

Prologo persiles final

El adiós se hizo efectivo, como he dicho, el viernes 22. Cervantes contaba entonces 68 años de edad, y se despedía de la vida «semejante al sol que, después de fecundar y consolar con su luz al universo, desciende majestuoso hacia el ocaso, y parece mayor al declinar la tarde de un hermoso día», como dijo en la Vida de Cervantes (1819) su primer biógrafo serio, Martín Fernández de Navarrete. Al día siguiente, 23 de abril, tuvo lugar el entierro en el convento de las Trinitarias Descalzas. San Sebastián, su parroquia, según costumbre de la época, registró la fecha del entierro como fecha de la muerte, lo que explica la perpetuación del error.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE SHAKESPEARE

Mientras el viernes 22 de abril se ponía en Madrid el sol de Cervantes, el de Shakespeare aún ardía en el cielo de Stratford-upon-Avon (Warwickshire, Inglaterra), donde faltaban once días para la hora decisiva del martes 23. De hecho, los calendarios ingleses mostraban entonces la fecha del viernes 12 de abril. Supongo que conocéis la explicación de este aparente galimatías. El Concilio de Trento (1542-1563), en su labor reformadora, había decretado la actualización del calendario de Julio César (el calendario juliano, que andaba ya muy desfasado con el correr de los siglos). El nuevo calendario gregoriano (llamado así en honor del papa Gregorio XIII) no solo quitaría el carácter bisiesto a algunos años (los divisibles por 100, a excepción de los que lo son por 400), sino que suprimió directamente los diez días que van del 5 al 14 de octubre de 1582, ambos incluidos. La reforma fue inmediatamente adoptada por los países de influencia católica, entre ellos España, pero no por los demás, que se resistían a admitir la autoridad del papa. En Inglaterra e Irlanda la lógica no se impuso a los prejuicios hasta el año 1752, de modo que en 1616 la vida de Stratford se ordenaba todavía por el calendario antiguo.

Shakespeare, dieciséis años más joven que Cervantes, se encontraba razonablemente bien de salud, y su muerte, sucedida en circunstancias que ningún documento conservado se molestó en recoger, ha dado lugar a especulaciones. Según cierta versión, lanzada por el párroco de Stratford en 1661 (tal vez demasiado tardía para ser totalmente fiable), el dramaturgo se reunió en la taberna con los escritores Ben Jonson y Michael Drayton, supuestamente para festejar algunas ideas literarias nuevas. Y las ideas debían de ser espectaculares, porque el festejo derivó en una trompa monumental, la trompa derivó en una fuerte fiebre, y la fiebre derivó en el fatal desenlace, cuyo cuarto centenario conmemoramos estos días. Sea o no cierta la historieta, en España ya era el 3 de mayo de 1616.

Shakespeare and Cervantes

Cervantes, que ni siquiera en sus últimos días perdió la esperanza de curarse, había expresado en el prólogo del Persiles este deseo:

Tiempo vendrá, quizá, donde anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta y lo que se convenía.

Por desgracia la muerte no se anduvo con rodeos y el roto hilo nunca fue reanudado. Tampoco lo fue el de Shakespeare, de cuyos 52 años cabía esperar aún grandes cosas. A veces me da por imaginar otros Sanchos y Julietas y Hamlets y licenciados Vidriera que se quedaron para siempre presos en sus tinteros. Pero me consuela pensar que lo que faltó por decir al manco de Lepanto y al bardo de Avon nos lo han dicho en realidad con creces, no por sí mismos sino en la pluma de otros. Y es que no solo supieron crear fábulas irrepetibles; también nos enseñaron magistralmente –uno sobre el papel, el otro sobre las tablas- a inventarlas y contarlas, a enredarlas y resolverlas. Sus obras son fuentes inagotables, de donde cada siglo ha bebido sus propias aguas. Y a ambos convienen por igual las palabras de Fernández de Navarrete sobre Cervantes, «uno de aquellos ingenios privilegiados que el Cielo concede de cuando en cuando a los mortales para consolarlos de su miseria y pequeñez, y a quienes reserva exclusivamente la prerrogativa de ilustrar al mundo y de influir en la reforma de las opiniones y costumbres de sus semejantes».

Profesor LÍLEMUS

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