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El día 2 de agosto de 1971 se celebró una lección de física recreativa verdaderamente sobresaliente. Y digo “sobresaliente” no solo por el contenido de la clase, sino porque la cosa tuvo lugar a 389.000 km sobre nuestras cabezas, la distancia a la que aquel día se encontraba la Luna. Habitualmente son los alumnos quienes se quedan “en la luna” mientras el profesor explica; aquel día fue el profesor quien estuvo literalmente en la superficie de nuestro satélite.

Galileo-Apollo 15 Irwin

James Irwin (Apollo XV) saluda la bandera de su país. Al fondo, las estribaciones de los montes Apeninos lunares.

En la lección se trataba de experimentar en el vacío de la Luna el movimiento de objetos de masas diferentes en caída libre, es decir, sometidos exclusivamente a la aceleración de la gravedad. Aquí os dejo la filmación, antes de contaros la historia de aquella clase.

Como habéis escuchado, el vídeo hace más de una referencia a Galileo Galilei (1564-1642), ya que fue él quien por primera vez estudió este fenómeno usando el método científico. La historia de sus experimentos es muy interesante y os la pienso contar en otra ocasión. Baste señalar aquí la conclusión a la que llegó: que todos los cuerpos en el vacío caen hacia el centro de la Tierra con la misma aceleración, sin que importe cuál sea su masa. Si nuestra experiencia cotidiana ve los objetos ligeros caer más despacio, es solo por la mayor resistencia que a su caída ofrece el aire.

Galileo-GalileoEsta conclusión contradecía la física de Aristóteles y enfrentó a Galileo con la comunidad científica y universitaria de principios del XVII, profundamente “aristotelizada”. La caída libre pudo experimentarse por fin en 1761, dejando caer una pluma y una moneda de guinea en el interior de una cámara vaciada artificialmente por el inglés George Adams. Pero nunca, antes de los viajes a la Luna, se había podido realizar una prueba semejante en un medio vacío “natural”.

Vayamos, si os parece, a nuestra historia. Las misiones norteamericanas Apollo tuvieron un número importante de actuaciones que no estaban previstas en sus programas de actividades. Desde la lectura de los primeros versículos del Génesis que hicieron los astronautas del Apollo VIII en la órbita de la Luna, hasta el par de bolas de golf que Alan Shepard (Apollo XIV) golpeó con un hierro 6 adaptado al extremo de una herramienta de trabajo, pasando por la famosa frase que pronunció Armstrong (Apollo XI) al pisar la superficie lunar, la inventiva de los astronautas dio mucho juego en la que fue la mayor aventura científica del siglo XX.

Shepard golpeando la bola en la imágenes de TV

Shepard golpeando una bola de golf con hierro 6 en las imágenes de TV.

En vísperas del viaje del Apollo XV, los integrantes de la misión andaban rascándose la cabeza durante las tertulias nocturnas en busca de nuevas ideas que poner en práctica cuando llegase el momento. Y así triunfó la propuesta de Joe Allen, un astronauta que formaba parte de la tripulación de reserva y que luego actuó durante el viaje como “capcom” (capsule communicator o intermediario vía radio entre los astronautas y el control de la misión). En efecto, en una de aquellas sobremesas Allen propuso experimentar sobre la Luna la caída simultánea de un objeto pesado y uno ligero sin la resistencia de la atmósfera terrestre, añadiendo así un eslabón a la cadena iniciada por el “guinea and feather experiment” de Adams. Como objeto pesado, pero manejable, era fácil elegir el martillo geológico que formaba parte de la equipación habitual de los astronautas; como objeto ligero por excelencia, parecía natural repetir la consabida pluma.

Martillo geológico usado en las misiones Apollo XIV a XVII

Ejemplar del martillo geológico que se usó en las misiones Apollo XIV a XVII.

Aquella tripulación estaba formada por David R. Scott (comandante), James B. Irwin (piloto del módulo lunar Falcon) y Alfred M. Worden (piloto del módulo de mando Endeavour). Los dos primeros eran los destinados a llegar hasta la superficie, pero para el verano de 1971 otros diecisiete hombres habían viajado ya a la Luna (uno, Jim Lovell, en dos ocasiones) y seis de ellos la habían pisado con sus botas. Había que dar, pues, al experimento un toque llamativo de inconfundible sabor americano que siguiese encandilando a un público ya demasiado familiarizado con los viajes espaciales. Casualmente el módulo lunar de aquella misión había sido bautizado como Falcon, y el comandante Scott recordó que tenía entre sus amigos a un profesor de la U. S. Air Force Academy de Colorado Springs (Colorado), cuya mascota es precisamente un halcón. El astronauta tejano (había nacido en San Antonio) no necesitó grandes gestiones para hacerse no con una, sino con dos plumas de halcón, que fueron donadas por el colaborador animal como aportación a la ciencia (a la recreativa, en este caso).

Worden, Scott, Irwin y el sufrido plumífero de esta historia

Worden, Scott e Irwin posan con el colaborador plumífero de esta historia.

Y así fue como, unas semanas después, en los minutos finales de la tercera y última EVA (Extra Vehicular Activity), una vez cumplidos los objetivos científicos programados, Scott pudo relajarse y, sin el conocimiento previo de los jefazos, sostener en sus manos dos cuerpos de masas muy diferentes: un martillo geológico de aluminio de 1,32 kg y una pluma de halcón de 0,03 kg. Naturalmente, estos objetos pesaban menos allí, ya que la aceleración de gravedad en la superficie de la Luna es de 1,62 metros por segundo al cuadrado (una sexta parte de la terrestre), pero seguían guardando una relación de 44 a 1. Al dejarlos caer, ambos alcanzaron a la vez la superficie de regolito del Mare Imbrium, en medio de los aplausos de la sala de control. Quizá os interese ver de nuevo el vídeo, ahora que ya conocéis su trasfondo.

Y allí sigue hoy la pluma aportada por el generoso halcón de Colorado Springs, algunos metros desplazada por los gases de escape del motor de despegue lunar. Y también bastante deteriorada por cambios de temperatura mensuales de cientos de grados y por el eventual impacto de micrometeoritos (los mismos que en la atmósfera terrestre se transforman en estrellas fugaces).

Mediante este sencillo experimento los astronautas del Apollo XV rindieron un merecido homenaje a “Mister Galileo”. Y digo “merecido” porque el principio de caída libre, aparte de la caída propiamente dicha, explica otros fenómenos en apariencia dispares, como el movimiento vertical ascendente sometido a la acción desaceleradora de la gravedad, o el movimiento de un objeto (un planeta, una de sus lunas, una nave espacial) en órbita alrededor de un cuerpo celeste. Casi todos los momentos importantes de aquella misión, como sugiere en la grabación el propio Scott, estuvieron en última instancia fundamentados en el incansable trabajo del científico pisano; y muy especialmente, el incierto viaje de regreso -de “caída”- a la Tierra, que empezaría cuatro horas más tarde de aquel episodio.

El incomprendido padre de la ciencia moderna habría sonreído satisfecho al escuchar en la televisión las palabras del comandante Dave Scott: “Which proves that Mr. Galileo was correct in his findings”. Desde luego, nadie habría presenciado el experimento con mayor motivación.

Profesor LÍLEMUS

[En querida memoria de Roberto, mi compañero de aventuras lunares]

Si queréis leer más anécdotas de las misiones Apollo, podéis probar con estas:

GANAR UNA APUESTA EN LA LUNA.

ME HAN FALLADO LOS CÁLCULOS.

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