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Si os digo que el nacimiento de Cristo sudeció algunos años a.C. (o sea, antes de Cristo), parecerá que achaco a Dios cierta impaciencia o precipitación por entrar en escena. Pero no. Dios entró como hombre en la escena humana cuando le pareció oportuno, al llegar eso que el apóstol Pablo llama en elegante lengua griega «τὸ πλήρωμα τοῦ χρόνου» (la plenitud o culminación del tiempo).

Dionisio el exiguoEl problema empezó pasado medio milenio de aquella culminación. En la primera mitad del siglo VI un papa con nombre nada fácil de recordar (Hormisdas) encargó al sabio (y monje) Dionisio el Exiguo la elaboración de una tabla con las fechas de la Pascua para los cien años siguientes. Al hacerla, este erudito en astronomía, matemáticas e historia numeró por vez primera los años venideros tomando como punto de partida el nacimiento de Jesús. Sin sospechar que la nueva cronología sería un éxito rotundo (la era cristiana no tuvo vigencia real hasta varios siglos después), se apoyó en los inseguros datos históricos a su disposición para fijar el nacimiento del Salvador en el año 753 ab urbe condita (es decir, desde la fundación de Roma), resultando así el 754 el primero de nuestra era.

Sin embargo, a toro pasado y con los datos históricos hoy disponibles, esta datación resulta imposible. Combinando lo que nos dicen los Evangelios con lo que sabemos por los historiadores antiguos, Cristo no pudo nacer más tarde del 748 de la fundación de Roma, ni antes del 746, lo que sitúa su nacimiento entre los años 6 y 8 antes de la era cristiana.

Nacimiento de Jesus

Todo ello no pasaría de ser una anécdota curiosa si no fuera porque los astrónomos modernos, considerando estas fechas, se han esforzado por determinar cuál pudo ser la estrella que guio a los Reyes Magos hasta tan magno, y a la vez humilde, acontecimiento. Ya os adelanto que el feliz resultado de esta búsqueda es, hayáis leído lo que hayáis leído por ahí, poco menos que imposible. Es cierto que los autores de los Evangelios aportan algunas informaciones históricas para subrayar la veracidad de los hechos que narran, pero su intención no es la de escribir libros de historia convencionales, ni mucho menos satisfacer el acusado interés científico del hombre moderno.

En este sentido, hay dos dificultades mayores para identificar la estrella de Navidad. La primera deriva de la vaguedad con que el texto griego de San Mateo nombra a los Reyes Magos: «μάγοι ἀπὸ ἀνατολῶν», es decir, «unos magos de Oriente». En tiempos más antiguos, la palabra μάγοι se había referido específicamente a la casta sacerdotal persa de los magos, practicantes de la astrología y la adivinación, pero en la época de Jesús tenía ya un sentido bastante impreciso. Por otro lado, ese Oriente podría ser Persia, o Mesopotamia, u otra región al este de Judea, cada una con sus propios referentes culturales y astronómicos. Todo lo que podemos saber por el relato evangélico es que unos sabios extranjeros, conocedores de la astronomía y familiarizados con las escrituras judías (la creencia en la venida de un מָשִׁיחַ (mashiaj) o Mesías que sería salvador y rey del pueblo judío estaba entonces ampliamente difundida por Oriente Próximo), vieron en el cielo una señal del nacimiento de este Mesías, palabra que significa ‘el ungido’ y San Mateo usa traducida al griego como χριστός (Cristo, el Ungido) ya desde su primer versículo.

Reyes Magos

La segunda dificultad deriva de la vaguedad del término usado por Mateo para referirse a la propia estrella. Los Magos, en su conversación con Herodes, aseguran haber visto «αὐτοῦ τὸν ἀστέρα ἐν τῇ ἀνατολῇ» («la estrella de él en el Oriente»), donde ἀστήρ (aster) significa genéricamente cualquier astro o cuerpo celeste (excluyendo una constelación: en griego, ἄστρον, astron) y no necesariamente eso que en español llamamos estrella. Antes de la invención del telescopio, todos los cuerpos celestes, salvo el Sol y la Luna, se veían aproximadamente iguales como puntos de luz.

Los astrónomos antiguos practicaban un arte mixto que hoy mantenemos nítidamente separado en ciencia astronómica y seudociencia astrológica. Como muestra, en griego clásico ἀστρολογία (astrologuía) y ἀστρονομία (astronomía) significan exactamente lo mismo: el estudio de los astros. Así que ellos eran a la vez Stephen Hawking y Aramis Fuster, y sus observaciones y registros del cielo, muy detallados y complejos, estaban destinados a fines varios: la asociación de los ciclos anuales de la naturaleza con ciertos fenómenos celestes, la elaboración del calendario, la anticipación de eclipses, el pronóstico mágico, la consulta de las decisiones de estado para evitar desgracias públicas. Y a nuestros Magos de Oriente algún fenómeno celeste inusual, interpretado según unas claves astronómico-astrológicas que en gran medida desconocemos, les hizo ponerse en camino a Jerusalén para preguntar con todo candor: «¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle», lo que provocó en el legítimo pero inseguro rey Herodes y en la ciudad entera una alarma y excitación bastante comprensibles.

A partir de aquí, todo son cábalas, pero como las cábalas nos encantan vamos a entregarnos a ellas. Por poner un primer ejemplo de fenómenos inusuales, la estrella de Belén bien podría haber sido una nova o una supernova, ya que ambas se ven en el cielo como estrellas que brillan repentina e intensamente durante un breve lapso de tiempo, que va de unos pocos días a varios meses. De hecho, hay constancia histórica de una nova en el año 5 a.C., pero esta fecha parece demasiado tardía para señalizar un nacimiento que había sucedido entre el 6 y el 8 a.C. Además, el rey Herodes ya estaría enfermo de muerte para cuando diera tiempo a los Magos de llegar a la ciudad santa.

Nova in Delphinus - PNV J20233073+2046041

La nova V339 Delphini, aparecida en 2013 en la constelación del Delfín.

Por otra parte, en la iconografía navideña tendemos a imaginar la estrella como un cometa, en griego ἀστήρ κομήτης (aster kometes) o ‘estrella cabelluda’. Y lo hacemos así desde que Giotto, que pintó una Adoración de los Magos en 1304, tres años después del paso del cometa Halley, tuvo la original idea de añadir una vistosa y perdurable cabellera a la estrella de Navidad. Sin embargo, el Halley había pasado cerca de la Tierra en el año 12 a.C., y esta fecha se nos antoja, en cambio, demasiado temprana.

Giotto y el cometa Halley

La Adoración de los Magos, de Giotto di Bondone (1267-1337), y el cometa Halley.

Asimismo podría tratarse de algún fenómeno asociado a un planeta, que también entra en el concepto griego de aster. En efecto, planeta se dice ἀστήρ πλανήτης (aster planetes), que significa ‘estrella errante’, por oposición a una estrella corriente, que se llamaba ἀστήρ ἀπλανής (aster aplanés) o ‘estrella fija’. Al tratarse de astros móviles, sus evoluciones por el cielo, sus entradas y salidas de unas constelaciones a otras, daban pie a toda clase de interpretaciones. Y para el caso que nos ocupa, ciertamente sucedió a lo largo del año 7 a.C. un fenómeno planetario muy poco frecuente, que paso a explicar: una triple conjunción de Júpiter y Saturno.

Las conjunciones se dan cuando dos cuerpos celestes, vistos desde la Tierra, aparecen en la misma línea visual. Las de Júpiter y Saturno se repiten cada veinte años más o menos, por lo que no son un fenómeno especialmente raro. Antes de seguir con el tema, os dejo aquí un vídeo que he elaborado con la ayuda del programa Starrynight Backyard, y que simula la salida de ambos planetas vista desde Mesopotamia a finales de mayo del 7 a.C., cuando estos cuerpos se encontraban en la primera de las tres conjunciones.

Ahora bien, la conjunción de aquel año tuvo una peculiaridad inusual: coincidió con el movimiento de retrogradación de ambos planetas sobre el fondo de las estrellas fijas. Todo planeta del Sistema Solar tiene un movimiento propio y continuado que va de oeste a este a lo largo de su órbita. Sin embargo, durante una parte de ella, el astro visto desde la Tierra parece ralentizar primero su marcha, detenerse luego completamente y ponerse finalmente a marchar en sentido contrario, de este a oeste. Se trata de un efecto puramente visual, que sucede cuando la Tierra adelanta a los planetas exteriores a su órbita o es adelantada por los interiores.

Movimiento retrogrado de Marte

Retrogradación de la órbita de Marte visto desde la Tierra entre junio y noviembre de 2003, en una composición de 29 fotografías de frecuencia más o menos semanal. La línea de puntos del fondo son las posiciones correspondientes de la órbita de Urano, también en movimiento retrógrado.

Si da la casualidad de que la conjunción de Júpiter y Saturno coincide aproximadamente con el movimiento retrógrado de ambos, se produce un hermoso baile mutuo que dura varios meses y en determinadas circunstancias da lugar a tres conjunciones seguidas. Para que lo podáis ver, he creado este otro vídeo de la triple conjunción del 7 a.C., usando el mismo programa informático. El vídeo recoge en treinta segundos lo que en la realidad duró once meses, y el objeto ese que pasa cada tanto a gran velocidad es precisamente la Luna en su ciclo mensual.

De acuerdo con las pruebas que he podido efectuar con el simulador del Starrynight, este curioso y bello fenómeno es extraordinariamente raro (solo ha sucedido otras once veces desde entonces) y muy bien pudo parecer a aquellos sabios de Oriente una señal digna del nacimiento del Mesías. De hecho, la constelación de Piscis, en la que se encontraban los dos planetas, solía asociarse en la Antigüedad con el pueblo judío.

De modo que quizá fue este el astro que los condujo hasta la casa de Belén. O quizá no. Nuestra curiosidad científica de hombres modernos sigue como al principio. Y, en realidad, la de aquellos sabios astrónomos también. La prueba es que, al entrar en aquella humilde casa de un pueblo perdido, ellos, que habían viajado largamente tras la estrella con la esperanza de adorar a un rey extranjero, salvador de su pueblo, hicieron algo muy sorprendente: encontrando a un niño de lo más corriente en compañía de su madre, no se dieron la vuelta para seguir buscando por Belén, sino que cayeron de rodillas ante él y lo adoraron. Como si aquel mocoso fuera de verdad un rey salvador, su propio rey y salvador.

Adoracion de los magos - Poussin

Recordaréis que las versiones en español suelen decir algo como “arrodillándose lo adoraron”, pero el original griego de Mateo dice algo sutilmente distinto: πεσόντες προσεκύνησαν αὐτῷ (pesontes prosekínisan avtó), literalmente “cayendo lo adoraron-de-rodillas”. Mirad bien la forma verbal πεσόντες (pesontes), “cayendo”, porque exactamente el mismo verbo se usa en los Hechos de los Apóstoles para referirse a la caída de Saulo ante la luz que lo envolvió en su caminar hacia Damasco: ἔπεσα τε εἰς τὸ ἔδαφος (épesa te is to édafos), “caí al suelo”. Curioso y, a la vez, significativo, ¿no os parece? Dos viajes, dos revelaciones inesperadas de la misma verdad, dos vencimientos, dos caídas al suelo de rodillas.

Y así, mientras los Magos, vencidos por la luz de una verdad insospechada, iban cayendo en la cuenta de todo, allá fuera en lo alto seguía luciendo la estrella, como un rompecabezas sin resolver pero ya inútil y olvidado. Después de todo, el fin del viaje nunca había sido ella.

Profesor LÍLEMUS

 

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