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Al lector que lee con intensidad y viveza, los libros no se le presentan una, sino innumerables veces. Y es que para un aficionado a la literatura las ideas, sentimientos, e impresiones del presente suelen venir asociados a los personajes y voces de los textos leídos, porque en el diálogo con ellos ha formado desde la infancia los conceptos de dignidad, justicia, libertad, individualidad. A través de esta permanencia en la memoria, el libro puede acabar haciéndose un buen amigo, de esos que se presentan espontáneamente justo cuando los necesitas, y son capaces de explicarte bien claro lo que te sucede, y no te abandonan cuando haces el ridículo, o te sientan en una silla para soltarte tres verdades cuando el resto hace equilibrios para disculparte.

Traje nuevo del emperador

Y el relato de hoy, escrito por el genial Alonso Ibarrola, se me ocurre que podría darnos un poco de dignidad. Para ello es preciso que penséis en un enemigo personal. Tiene que ser un enemigo real, íntimo, verdaderamente personal. Y para el caso que nos ocupa hoy, preferiblemente numeroso. Pero esto no es del todo imprescindible. Basta que sea un enemigo tan poderoso, que con el paso del tiempo hayáis perdido la esperanza de poder con él. Porque si de verdad os encontráis con fuerzas para vencerlo, no es para tal situación el texto de hoy. Hay ocasiones y ocasiones. El brevísimo texto de hoy lo imagino dirigido a derrotados de antemano que aún esperan aguantar dignamente el chaparrón. No sé, puede ser el ambiente de trabajo en el que habéis caído, insulso y sin motivación, horizontal y sin horizonte a la vista; puede ser que hayáis llegado a la conclusión de que vuestro equipo de lo que sea nunca podrá con sus limitaciones de toda la vida; o tal vez os angustie la situación política y social, y sintáis que se avecinan tiempos de chubasco y gabardina; puede tratarse de deudas que llaman con insistencia a la puerta de la cuenta corriente; o de vuestros propios defectos, que os tienen hundidos hasta el flequillo; o de un cúmulo de dolores que os ponen cada vez más difícil la sonrisa.

Ataque masivo

Porque de eso se trata hoy: de encontrar un camino a la sonrisa. Hay un tipo de dignidad que, además de saber aguantar el chaparrón, sonríe. Y esa es la que a mí personalmente me transmiten los dos protagonistas del brevísimo cuento de hoy, una pareja de ases del sentido del humor. Y ya que el sentido del humor es ese último reducto de libertad donde solo entran quienes uno deja pasar, tal vez queráis practicar en compañía la sonrisa, que podría volverse por este medio risa franca, insustancial, liberadora. Pero tampoco esto es imprescindible. Después de todo, la soledad es tan buena como una buena compañía.

Jose Manuel Alonso Ibarrola

Ahora bien, el cuento habla de dos, y dice…

Profesor LÍLEMUS


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ATAQUE MASIVO

El enemigo estaba allí, fuertemente atrincherado y protegido por numerosas baterías, que cubrían con su fuego todo el valle. Era preciso atravesarlo con cargas furiosas de la caballería. El Alto Estado Mayor calculó que serían precisas cinco oleadas, cada una de ellas con cinco mil hombres. Teniendo en cuenta que el enemigo causaría un sesenta o setenta por ciento de bajas, era lógico suponer que la quinta oleada llegaría a su destino. Dadas las órdenes pertinentes se iniciaron las cargas. La batalla no se desarrolló según el cálculo previsto y lo cierto es que para la supuesta última y definitiva oleada sólo quedaban dos soldados. Preguntaron estos si la carga tenían que hacerla al galope forzosamente, como las anteriores. Vistas las circunstancias, se les dio plena libertad para hacer lo que quisieran. Y los dos soldados, pie a tierra, cansadamente, arrastrando de la brida a sus respectivos caballos, se lanzaron contra el enemigo, hablando tranquilamente de sus cosas…

ALONSO IBARROLA

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