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En un artículo anterior (La casa de tu vecino) intenté recrear la tradicional importancia que ha tenido la casa para la humanidad. Hoy quiero enriquecer aquello explicando la aportación que al concepto de casa hizo la civilización romana, aportación cada vez más olvidada y, por eso mismo, necesaria en estos tiempos amenazados por el avance imparable del Estado.

En Roma a la casa la llamaban domus, término que tenía un sentido más preciso que el nuestro. No se aplicaba, por ejemplo, a la casa de pisos, que en latín era llamada insula (‘isla’). La domus romana es la casa señorial, normalmente de una sola planta y formada por dos espacios: uno delantero, que tiene como centro el atrio, y otro trasero, organizado en torno al jardín peristilo. Esta amplitud de la vivienda la hacía apta para contener la propia familia, los esclavos, las amistades con quienes se compartía la intimidad en cenas y festejos, o los clientes que venían cada mañana a saludar a su patrono.

domus romana

Como recordaréis los que estudiasteis latín, para significar ‘señor’ se usaba la palabra dominus, derivada precisamente de domus. Al señor romano se le ve, pues, como propietario de la casa. No en vano, a partir de dominus hemos formado en castellano la palabra dueño. Esta idea de posesión reaparece en dominio, que es el poder que el señor tiene sobre lo suyo, y en domicilio, que es la casa entendida como el lugar donde nos declaramos establecidos ante el Estado para el cumplimiento de nuestras obligaciones y el ejercicio de nuestros derechos. Anecdóticamente se podrían citar otros miembros de esta familia léxica, como el mayordomo (el criado principal de la casa) o los animales domésticos (los que viven en ella), pero esto nos apartaría de nuestro tema: la aportación principal de Roma a la casa es la idea de propiedad, poder y autoridad.

La autoridad del dominus romano se extiende sobre la llamada familia, que incluye a personas, animales y bienes. Esta palabra procede de famulus (‘esclavo’), pues en origen designaba el conjunto de la servidumbre, lo que da una idea de la clase de poder casi absoluto que se reconocía al pater familias: el pater es sacerdote doméstico (responsable del culto a los dioses familiares y los espíritus de los antepasados muertos) y también rey doméstico.

lararium romano

Lararium de una domus romana, donde el pater familias realizaba las ofrendas y oraciones a los dioses y espíritus guardianes del hogar.

El uso del término rex (`rey`) no deja de resultar curioso, ya que esta era en Roma una de las palabras más feas. Caca, culo, pedo, pis y rex, podríamos decir. Los romanos habían fundado su República en 509 a.C. tras expulsar a los reyes que la habían gobernado desde su fundación en el 753. Con el cambio de régimen, el poder único de la época monárquica fue fragmentado en diversas áreas encomendadas a cónsules, pretores, censores, cuestores y ediles. Todos estos cargos eran electivos, gratuitos (no remunerados), colegiados (ejercidos por más de una persona), temporales (elegidos por un período de tiempo limitado) y responsables (se les podía exigir responsabilidades durante o tras su ejercicio). Como se ve, el sistema republicano estaba concebido de modo que nadie pudiera ni acercarse siquiera a forma alguna de poder absoluto. De hecho, cuando la República agonizaba a mediados del siglo I a.C, la acumulación de poderes por parte de Julio César condujo a su asesinato por un grupo de republicanos nostálgicos, entre los que se encontraba alguien tan próximo como el hijo de una amante del propio Cayo: Marco Junio Bruto. Y cuando la República finalmente murió y dio paso al Imperio, los emperadores tuvieron buen cuidado de no denominarse reges, sino imperatores, que en origen era el título de los generales del ejército.

Gerome Jean Leon-Muerte de Cesar-1867

La muerte de Cayo Julio César, pintada por Jean-Léon Gérôme.

Pues bien, durante todo este período antimonárquico el término rex se usó con la mayor naturalidad para definir el tipo de poder que ejercía el pater familias. Lo mismo que se negaba en el ámbito público estaba ampliamente reconocido en el privado, coincidiendo con uno de los sistemas políticos mejor logrados y más florecientes de la historia humana. La casa romana está concebida como un auténtico reino cuyo monarca es el padre, y ni siquiera el Estado puede inmiscuirse en sus decisiones, a veces severísimas, pues la familia es una especie de mini-estado independiente. La inviolabilidad del domicilio, un concepto que ha pasado a todos los sistemas jurídicos herederos del derecho romano, incluido el nuestro, es una entre muchas muestras de esta radical independencia.

Sin embargo, su potestad sobre los hijos y la esposa es descalificada hoy como autoritaria y machista, y al hacerlo se renuncia a imitar su principal peculiaridad, que es la autonomía. Los seres humanos somos así. Cada época se fabrica su propio canuto para observar de modo incompleto la realidad y adaptarla a sus prejuicios e intereses. Y este canuto a menudo centra nuestra atención en los peligros menos probables y la desvía de los más acuciantes. Si estuviéramos dentro de la jaula de un león, seguro que lo apuntaríamos a los barrotes, dando la espalda a la fiera. Cuánto cuesta a veces lograr la visión de conjunto.

Los romanos sabían bien que los muros de la casa garantizan una sólida defensa de la libertad personal. Y los políticos de hoy, en su loca carrera hacia el absolutismo (electivo, sí, pero absolutista al fin y al cabo), deben de saberlo también, porque, sintiendo la libertad personal como un obstáculo en su lucha por el poder, se esmeran en confundirse con el propio Estado, y en espoliar a los ciudadanos hasta acaparar la inmensa mayoría de los recursos, y en regular con leyes invasivas el ámbito doméstico, y en vigilar preventivamente nuestras comunicaciones privadas, y en imponer sus ideologías particulares como verdades comprobadas, y en adoctrinar con ellas a nuestros hijos en la escuela. En un mundo donde todos los partidos políticos son más o menos socialistas (no en la ideología, pero sí en los métodos), es preciso conmemorar en voz alta el tiempo en que el Estado cedía ante la familia en todos los asuntos familiares, y ante el ciudadano en muchos de los asuntos públicos.

En época latina tardía el término domus dejó de designar la casa particular y se especializó como ‘casa del Señor’, es decir, de Dios, aplicándose en concreto a la iglesia catedral, lo que explica que esta se llame duomo en italiano o Dom en alemán. Al quedar vacío el hueco semántico de la vivienda particular, este fue ocupado por la palabra casa, que en latín clásico significaba más modestamente ‘choza’. Todo un síntoma de la degradación de la libertad que hoy padecemos.

Profesor LÍLEMUS

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