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Chaman y doctorAntes del descubrimiento de los microorganismos, la medicina se dedicó mayormente a dar palos de ciego en su lucha contra la enfermedad. Poco importa si se trataba de un chamán del Amazonas que aplica hierbas y pronuncia conjuros secretos o de un doctor de la Sorbona que practica sangrías y diagnostica con palabras griegas: la lucha contra la enfermedad fue a lo largo de la historia un combate desigual. El apelativo “matasanos” ha estado siempre muy justificado, y no es de descartar que lo esté aún en nuestros días.

Fleming en el laboratorioPero la invención del microscopio empezó a equilibrar de algún modo la desigual batalla. Entre los hallazgos que propició, es de destacar el desarrollo de los antibióticos. Se cuenta que el señor Alexander Fleming (1881-1955), cuyo laboratorio en el Saint Mary’s Hospital de Londres no debía de ser un modelo de orden ni limpieza, descubrió el día 22 de septiembre de 1928 que una placa de Petri sembrada con la bacteria Staphylococcus aureus estaba contaminada por un hongo.

Fleming-Penicillium notatumEl descubrimiento de tal contaminación no tiene especial importancia ni precisa de extraordinaria intuición. Si así fuera, la sufrida señora de la limpieza del hospital, habituada a esta clase de “hallazgos”, habría sido varias veces merecedora del premio Nobel. Sin embargo, lo que vio el ojo científico del escocés iba a revolucionar la historia de la medicina: las bacterias que rodeaban la colonia de hongos estaban muertas. Aquel hongo era, pues, un asesino de bacterias, algo que la humanidad llevaba soñando desde hacía milenios, aun antes de sospechar la existencia misma de las bacterias. Este hongo resultó ser de la especie Penicillium notatum, el primero en ser empleado para la producción de la penicilina, con la que se inició la Era de los Antibióticos.

La sede del Chelsea Arts Club en el 143 de Old Church Street.

La sede del Chelsea Arts Club en el 143 de Old Church Street.

Una faceta menos conocida de Fleming es su pertenencia al famoso Chelsea Arts Club. Este club londinense, fundado en 1891, reúne todavía hoy a poetas, pintores, músicos y artistas de todo tipo, y durante años Fleming participó en él en su condición de acuarelista aficionado. Pero un día cayó en la cuenta de que el papel absorbente puede colorearse con un tipo muy peculiar de pigmento: la coloración natural de hongos y bacterias, que producen innumerables y bellos tonos de verdes, amarillos, rojos, blancos, azules.

Fleming-Cuadros con bacterias

La técnica de este arte bacteriano –tal vez sugerida por alguna otra casualidad de su falta de higiene- me la explicó muy amablemente vía email, en respuesta a una consulta mía, Mr. Kevin Brown, conservador del Alexander Fleming Laboratory Museum de Londres. Al parecer, Fleming empezaba por dibujar un boceto sobre papel absorbente, a menudo recortándolo con la forma y tamaño de una placa de Petri. Después lo presionaba contra uno de estos platos de cultivo, con lo que el boceto quedaba cubierto de una capa de gel de agar enriquecido con nutrientes. Una vez preparado este “lienzo”, lo coloreaba con diferentes colonias bacterianas, según los tonos que pretendiera obtener. Naturalmente, estos no aparecían a la vista hasta que la colonia se había desarrollado, por lo que sus pinturas eran verdaderos cuadros vivientes que se manifestaban paulatinamente hasta crear el efecto deseado. Bastaba entonces con matar las bacterias y fijarlas con formol para detener el proceso orgánico y dar por concluida la obra.

Fleming-Bacterias colorantes

Si hay entre mis lectores algún microbiólogo, quizá le interese saber que, por ejemplo, para el color amarillo usaba el Micrococcus luteus, para el rosa el Micrococcus roseus, mientras que el púrpura lo conseguía con una bacteria que lleva el expresivo nombre de Chromobacterium violaceum.

Fleming-Torero-Las VentasNo quiero dejar de destacar que Fleming fue un hombre muy querido por sus contemporáneos. Aparte de numerosos reconocimientos, que incluyen el premio Nobel de 1945, en el 48 visitó varias ciudades españolas en una verdadera gira triunfal preparada por su amigo Florencio Bustinza. Las calles y monumentos dedicados al científico escocés abundan en nuestra geografía, y son un merecido agradecimiento a este gran benefactor de la humanidad que unió a su incansable trabajo científico los placeres de la afición al arte. Recordar a esta inspiradora raza de humanistas es casi un deber para la formación de los futuros científicos.

Profesor LÍLEMUS

[To Mr. Kevin Brown, the Alexander Fleming Laboratory Museum Curator, for his detailed and kind response]

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