En este viernes soleado de septiembre, unos minutos antes de terminar la última clase de la tarde, el profesor Samuel Lílemus da por cumplidas las tareas y se dirige a sus alumnos:

-Hoy vamos a terminar con la lectura de un brevísimo relato de terror.

A continuación dedica a crear el ambiente apropiado casi tantas palabras como tiene el propio relato. La sensibilidad necesita lubricarse, despertar la imaginación a lo que el autor dice y a lo que calla. Sin aparente prisa, como si tuviera algún reparo en descorchar el cuento y derramar la espuma de palabras, situaciones y personajes, aún se demora unos segundos en empezar a leer. La primera frase llega por fin a acomodarse en oídos acogedores. Hay que cuidar la entonación, el ritmo, las pausas, las intensidades. El placer de la lectura pasa por la representación mental viva del mundo narrado.

Tras pronunciar las dos últimas palabras, levanta ceremoniosamente la vista y la mantiene suspendida en espera de las primeras reacciones. Es bello ver en sus caras la alegría de la comprensión confundiéndose con la excitante inminencia del fin de semana.

Darles a probar la literatura en semejantes copas es, por parte del profesor, casi casi hacer trampa.

El relato dice…


LA PESADILLA DE PETER PAN

Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme, porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana, porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.

Mi padre es un superheroeTodos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre, que insiste en que él solo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías, porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado de sangre de leopardo.

A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.

Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo en el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

Fernando Iwasaki

Capitan Garfio

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