Severo Ochoa laboratorioHe leído estos días un interesante escrito del premio nobel de medicina Severo Ochoa. Bajo el expresivo título “A pursuit of a hobby”, este asturiano universal relata en treinta páginas una breve autobiografía profesional, que sería interesante lectura para alumnos que se inician en carreras relacionadas con la investigación científica o están considerando estudiarlas. También para sus docentes, en estos tiempos en que los alumnos leen poco y en general los profesores también. A menudo ambos hechos están conectados.

Santiago Ramon y CajalCuenta allí Severo que su vocación profesional se gestó durante el bachillerato por influencia de un joven y brillante profesor de química: Eduardo García Rodeja. Este supo dirigir la curiosidad de su discípulo hacia los logros del investigador español Santiago Ramón y Cajal, que había ganado el Premio Nobel de Medicina en 1906, cuando Severo contaba solo un año. Cito sus propias palabras: “My imagination had been fired by the accomplishments of the great Spanish neurohistologist Santiago Ramón y Cajal and I was dreaming of studying histology under him”.

Entre ellas he destacado, como veis, tres: “imagination”, “fired” y “dreaming”. Y es que las vocaciones profesionales estallan en la mente de los adolescentes con toda la inconcreción de lo que se desconoce pero ardientemente se desea, igual que un enamoramiento. Y los huecos que no están ocupados por información concreta son cubiertos casi al capricho por la imaginación, también al modo de un enamoramiento. Los sueños son el primer combustible de una gran carrera profesional, y los profesores, siempre ocupados en la inteligencia de los alumnos, deberían prestar más atención a la enorme influencia que ejercen sobre su fantasía.

El interés por la biología le llevó en 1922 a Madrid, donde se matriculó en la Facultad de Medicina, carrera que en la España de entonces aseguraba la mejor preparación biológica. Su primer chasco fue comprobar que el septuagenario Ramón y Cajal se había jubilado de su cátedra, pero aquel incipiente ardor profesional encontró pasto en el profesor de Fisiología: Juan Negrín, futuro Presidente del Gobierno republicano durante la Guerra Civil. Este facilitó a Severo y a su compañero Jose G. Valdecasas unas prácticas en el laboratorio de la Residencia de Estudiantes, ya que la facultad no contaba con laboratorio de investigación propio. Al empezar el tercer curso ya había concebido la idea de dedicar su vida a la búsqueda científica, a pesar de la tradicional falta de medios de nuestro país. Y es que Severo sabía, por una de sus lecturas favoritas (“Reglas y consejos para la investigación científica”, del propio Ramón y Cajal) que “para la obra científica los medios son casi nada y el hombre es casi todo”.

Y el hombre se dedicó a su preparación profesional con verdadera pasión. En el cuarto curso de carrera, a pesar de su pobre conocimiento del inglés, pidió por carta al profesor Noel Paton de Glasgow la oportunidad de trabajar a sus órdenes durante las vacaciones de verano. Al regresar a Madrid, fue capaz de escribir en lengua inglesa los resultados de su trabajo de aquellos años, que fue publicado con todos los honores por el prestigioso Journal of Biological Chemistry. Una vez concluidos sus estudios, se casó en 1931 en el santuario de Covadonga con la gijonesa Carmen García Cobián, que sería siempre su compañera y guía, tanto en lo personal como en lo profesional. La Guerra Civil le llevó en septiembre del 36 fuera de España. Tras residir en distintos países, se instaló en los Estados Unidos, donde trabajó de modo estable como investigador y profesor para la Universidad de Nueva York. Su carrera profesional culminó con la concesión del Premio Nobel en 1959.

Carmen García Cobián con Severo Ochoa en Nueva York.
Carmen García Cobián con Severo Ochoa en Nueva York.

Cuenta Ochoa que a finales de los años 40 él y su mujer fueron invitados a una fiesta en honor de Otto Loewi and Sir Henry Dale, ganadores del Premio Nobel de Medicina en 1936. Al pedirse a los invitados que dedicaran el libro de firmas indicando cuál era su hobby, Severo no dudó en escribir que el suyo era la bioquímica. Al oír esto, uno tiende a imaginarse al asturiano como una rata de laboratorio sin otros intereses más allá del trabajo. Pero lo cierto es que Severo tenía diversas aficiones. Era, en concreto, amante de la música, el arte, el teatro y los buenos restaurantes. También adoraba los automóviles, y estaba especialmente orgulloso de un Cadillac de su propiedad, a bordo del cual le sucedió un hecho curioso. Se trata de una historia poco conocida, y no creo que la encontréis por ahí. Yo la conozco porque Severo se la contó a un íntimo amigo, el eminente cardiólogo Francisco Vega Díaz, quien se la contó a su hijo Luis, quien me la ha contado a mí.

Un Cadillac Fleetwood del 57 como el que tuvo Severo.

El hecho sucedió el 15 de octubre de 1959, cuando Severo, encontrándose en su laboratorio de Nueva York, recibió por teléfono desde Estocolmo la noticia de la concesión del Nobel de Medicina. Inmediatamente quiso comunicárselo en persona a Carmen, su esposa, antes de que esta se enterase por otros medios. Así que dejó las probetas como estaban, se subió al magnífico Cadillac y puso rumbo a su casa. Pero con la excitación se olvidó de los límites de velocidad y, para cuando quiso darse cuenta, se encontraba perseguido por un coche de policía. Al detener el automóvil en el arcén, quiso explicar a los agentes los motivos de su prisa, y los agentes se mostraron altamente comprensivos. Tanto que se ofrecieron a escoltar hasta su casa al recién elegido premio nobel. Minutos después Carmen vio aparecer al marido en medio de una estridencia de luces y sirenas, y, temiéndose lo peor, salió de casa con los brazos tendidos y el susto en la voz. Con marcado acento asturiano le salió del alma:

-Ay, Severín, ¿pero qué has hecho?

En realidad, “Severín” no había hecho nada distinto de lo que siempre hizo: tomarse las cosas con pasión. Y si supo disfrutar del trabajo profesional -muy profesional- como de un hobby fue porque se lo tomó con la pasión de un aficionado. Es cierto que sus descubrimientos sobre la biosíntesis de los ácidos nucleicos constituyen uno de los hitos que abrieron el camino de la moderna genética molecular, pero también son mucho más. Son una muestra de la fascinación que los secretos de la naturaleza ejercen en las personas despiertas. “A la naturaleza le gusta esconderse”, decía Heráclito, y obligarla a salir de su escondite puede llegar a ser un juego apasionante, capaz de provocar ese incendio que es una vocación profesional.

Profesor LÍLEMUS

[Para Luis Vega, el entretenido contador de anécdotas]

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