El último medio siglo ha transformado la literatura en muchos sentidos, pero hay uno que me gusta destacar: algunos de los autores que en otras épocas se habrían dedicado a la poesía y la novela son en nuestro tiempo cantautores musicales y guionistas cinematográficos. También me gusta afirmar que esta “pérdida de efectivos” no es en absoluto una resta; es una suma muy interesante.

Ladrón de bicicletas-cartelUn buen ejemplo del segundo aspecto de este fenómeno es el italiano Cesare Zavattini (1902-1989). Autor polifacético, practicó la poesía, la narrativa, el teatro, el periodismo. Como narrador escribió algunos cuentos y novelas, pero su genio lo volcó generosamente en sus famosos guiones de cine, de los que escribió unos ochenta. Zavattini comprendió como nadie las potencialidades del cine para contar historias, y sus obras fueron dirigidas por los mejores: Antonioni, Fellini, Rossellini, Visconti. Es de destacar su asociación artística con Vittorio De Sica, para quien escribió veinte guiones, entre ellos “Siuscià” (“El limpiabotas”, 1946), “Ladri di biciclette” (“Ladrón de bicicletas”, 1948) y “Miracolo a Milano” (“Milagro en Milán”, 1951).

Cesare Zavattini-RetratoSobre su proceso creativo, Za’ confesó en cierta ocasión que dormía mal y pasaba largas horas de la noche ideando ocurrencias que luego insertaba en el conjunto coherente del guion. De esta misma clase de “escenas sueltas” están hechos sus relatos breves. El que os traigo hoy es una obra maestra del humor, pero del humor entendido como una mirada a la vez irónica, ingenua y llena de fantasía. Y de un personal sentido del destino que explica y apacigua la inquietante intervención del azar en nuestras vidas. Disfrutad de la traducción, porque es de uno de los grandes: Juan Marsé.


EL AMOR

Camille Monet en la ventana-1Me refugié bajo un portal. De la casa de enfrente llegaban las notas de un vals. Cesó la lluvia y en el balcón de aquella casa apareció una muchacha morena vestida de amarillo. No la veía bien allá arriba. No hubiese podido decir “su nariz sonrosada”, pero me enamoré. Quizá fue por el olor de la tierra mojada. Quizá el brillo de las goteras bajo el sol que asomaba otra vez —nos sigue de puntillas alguien que mueve las nubes, suscita clamores en los caminos solo para que nos empujen donde a él le conviene, pero de modo que se acuse a las nubes y a los clamores—. A la muchacha se le cayó desde el balcón un pañuelo; corrí a recogerlo y entré en el portal escaleras arriba. En los últimos peldaños me esperaba la muchacha.

—Gracias— me dijo.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, jadeante.

—Ana —me respondió. Y desapareció.

Le escribí una carta como nunca más he vuelto a escribir en la vida. Al cabo de un año era mi mujer. Somos felices. A menudo viene a vernos María, la hermana de Ana; se quieren y se parecen mucho. Un día se habló de aquella tarde de verano, de cómo nos habíamos conocido Ana y yo.

—Estaba en el balcón —contó María— y de repente se me cayó el pañuelo. Ana estaba tocando el piano. Le dije: “Se me ha caído el pañuelo. Alguien viene a traérmelo”. Ella, menos tímida que yo, fue a tu encuentro y os conocisteis. Lo recuerdo como si fuera ayer. Las dos llevábamos un vestido amarillo.

Cesare Zavattini

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