Si la entrada de la semana pasada (Las Lágrimas de San Lorenzo) estuvo dedicada a la explicación científica de las estrellas fugaces, la de hoy quiere ser un acercamiento poético a este mismo fenómeno. Después de todo, ciencia y poesía son dos modos distintos de enfrentarse a los mismos enigmas. Pero en la ciencia hay una aspiración a comprender que suele resultar frustrada, ya que tiende a escrutar los aspectos externos del enigma sin llegar a mirar de verdad en su interior. Un poema, igual que un cuadro, aspira en cambio a mirar de verdad las cosas, sin la pretensión de agotarlas pero dejándonos el convencimiento íntimo de que las cosas son exactamente así, aunque no las lleguemos a comprender del todo.

Masaoka Shiki

En noches de estrellas fugaces suelo recordar un texto del poeta japonés Masaoka Shiki, quien por cierto tuvo la oportunidad de conocer la explicación científica de su origen, ya que fue descubierta en los años anteriores a su nacimiento en 1867. El texto es un haiku (un breve poema de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas) que dice: 淋しさや  花火のあとの  星の飛ぶ.

Masaoka Shiki-Hoshi no tobu

Leído de arriba abajo y de derecha a izquierda, suena más o menos así: sabishisa yahanabi no ato nohoshi no tobu. Su traducción, como toda traducción, es poco menos que imposible, pero por el momento vamos a contentarnos con esta:

     soledad
     después de los fuegos artificales
     una estrella fugaz

Olvidemos, también por el momento, los signos de puntuación y descubramos, en cambio, que en el recorrido por las estaciones del año que son los haiku, este de Shiki nos sitúa en el verano. Lo sabemos por el empleo de 花火 (hanabi, ‘fuegos artificiales’) como kigo o palabra estacional, igual que el viento del este (東風, kochi) nos situaría en la primavera, o la Vía Láctea (天の川, amanogawa) en el otoño, o la nieve (雪, yuki) en el invierno. Casi todo está codificado en este género poético.

Es, pues, una noche de verano. En ella “alguien” ha asistido a una multitudinaria función de fuegos artificiales y, cuando ya todos se han retirado, sigue allí solo mirando el cielo. De pronto, una estrella fugaz brilla en el firmamento. El gran público ha contemplado hace un rato entre exclamaciones la ruidosa pirotecnia veraniega; ahora a un hombre solitario le es dado ver en el silencio esta especie de fuego artificial particular como un exclusivo regalo de la noche.

Estrella fugaz azul

Pero toda esta historia reconstruida alrededor de un protagonista me parece demasiado suponer para algo tan simple como un haiku. Siempre hay un salto entre la anécdota que subyace a un poema y su expresión poética, pero en este caso ha habido un proceso de simplificación radical. Observad que no hay en el texto elementos narrativos, aparte de ese ‘después de’ (のあと, no ato) que marca la sucesión de dos momentos distintos (los fuegos, la estrella fugaz). Tampoco hay en él ninguna forma verbal. Lo esencial aquí es otra cosa. Los haiku suelen presentar una estructura bimembre, mediante la yuxtaposición de dos imágenes separadas -y también unidas- por una “palabra de corte” o kireji, que puede estar situada en cualquier lugar del poema. De entre la lista tradicional de 18 posibles kireji, Shiki, según un recurso repetido en numerosos haiku, emplea al final del primer verso la palabra や (ya), que no significa precisamente nada, pero sirve para enfatizar el elemento precedente (淋しさ, sabishisa, ‘soledad’). En español sería algo así como enmarcar el sustantivo “soledad” entre signos de exclamación (“¡soledad!”) o añadirle algo que lo destaque (un artículo o demostrativo: “la soledad”, “esta soledad”). Tal vez baste con escribir unos puntos suspensivos: “soledad…”. Pero es esencial separarlo de algún modo del resto y dejar que resuene en la mente, porque el poeta nos está invitando a considerar lo que sigue al kireji (la estrella fugaz tras los fuegos artificiales) como una consecuencia de lo que lo precede (la soledad).

Ahora preguntémonos: ¿de quién o de qué es la soledad del primer verso? ¿Quién o qué está “solo”? No podemos suponer tranquilamente que esta soledad sea la del individuo que contempla la escena. Observad que en el texto no aparece por ninguna parte un “yo”, ni siquiera un “él”. Aquí no hay más que una sucesión de elementos: la soledad (enfatizada), los fuegos artificiales (ya terminados), la estrella fugaz. Y todo ello está simplemente nombrado, sin expresión alguna de emociones, ni de sorpresa, ni de alegría, ni del orgullo de haber sido tocado por el golpe de suerte de un fenómeno de la naturaleza sin duda extraordinario. El poeta se encuentra allí, pero no hace nada por mostrarse. El observador de esta visión deja todo el protagonismo a lo observado, sin inmiscuirse en ello. La estrella fugaz del haiku no ha sido ni buscada, ni esperada, ni observada por nadie en particular. Ha surgido de pronto, inesperada, al margen del observador. De hecho, el poeta podría haberla nombrado directamente mediante el sustantivo 流れ星 (nagare-boshi, ‘estrella fugaz’) pero ha preferido hacerlo con una metáfora reveladora: 星の飛ぶ, hoshi no tobu, que podría traducirse como ‘el salto (o el vuelo) de una estrella’.

Si somos capaces de sentir plenamente en el primer verso la soledad de la naturaleza, su silencio, su quietud, su “naturalidad”, percibiremos en los fuegos del segundo todo el dinamismo de la multitud ajetreada, el ruido, los destellos, la “artificialidad”. Y eso hará posible que el efímero y discreto “vuelo” de la estrella fugaz en el tercer verso destaque en la soledad de la noche y transmita su mensaje al observador que participa de esa misma soledad.

Fuegos artificiales

Podríamos añadir, si se quiere, lo que sobre este fenómeno natural nos dice la ciencia. Sabemos que las partículas de materia que originan las estrellas fugaces proceden de cometas. Sabemos también que los cometas están hechos de materiales residuales de la formación, hace miles de millones de años, del Sistema Solar, y que han viajado hasta nosotros desde regiones inimaginablemente remotas. En algún momento de su longeva historia, fueron atraídos hacia el centro del Sistema Solar por influencias gravitarorias diversas. Después de millares de acercamientos recurrentes a las proximidades de nuestra estrella, una partícula determinada se desprendió de la superficie del cometa. Y así quedó orbitando alrededor del Sol a la espera de cruzarse con la atmósfera terrestre y brillar bellamente durante una fracción de segundo que nos ha pillado mirando al cielo.

Miles de millones de años acaban de resolverse en un efímero encuentro casual, y uno podría sentirse “elegido” por ese momento increíble. Pero el haiku de Masaoka Shiki nos invita con su sencillez extrema a volcar toda la sensibilidad en la observación de este hecho singular, experimentándolo simple y directamente, sin poner por medio nuestros propios sentimientos. La estrella fugaz no necesita la sorpresa de nadie, ni su ciencia, ni su emoción, ni su nostalgia, para ser una efímera belleza que hace un brevísimo “salto” o “vuelo” (飛ぶ, tobu) y desaparece nostálgicamente para siempre. Poco importa que esa estrella sea imagen de nuestra propia vida. Dejémosla simplemente ser, sin enturbiar su claridad por convertirla en “nuestra” estrella. De esta sensibilidad discreta y observadora está hecha el alma japonesa.

Hay quienes formulan deseos al contemplar estrellas fugaces. Pero en cada deseo el alma expresa una carencia insatisfecha, y a la vista de una estrella fugaz, considerando la belleza de ese encuentro increíble, yo me pregunto qué más se puede desear. Frente al pleno placer de la pulpa saboreada en el paladar del alma, el deseo se vuelve una cáscara inútil y desechable. El único deseo sensato a la vista de una estrella fugaz me parece el de ver una segunda estrella fugaz.

Profesor LÍLEMUS

[Para Vicente Jiménez Groh, quien me enseñó que en el acercamiento intuitivo y poético a las cosas está su verdadera ciencia, principio que he llegado a compartir pero olvido siempre que me conviene. La amistad está llena de esta clase de quiebros.]

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