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RESUMENLas letras de casi todos los alfabetos actuales se remontan a unos mismos signos creados hace casi cuatro milenios en la península del Sinaí. Un pueblo semita que vivía esclavizado en ella se inspiró en los jeroglíficos egipcios para crear una colección de veintitantos “dibujos” de objetos (un diente, una serpiente, una casa, una cabeza…), cada uno de los cuales representaba un sonido de su propia lengua. Mediante este revolucionario sistema se hacía posible por vez primera en la historia escribir cualquier palabra empleando un número muy reducido de símbolos.

Este artículo se publicará en dos partes: una centrada en los jeroglíficos egipcios y una segunda que trata de la génesis y desarrollo del albafeto.


UNA IDEA GENIAL: EL ALFABETO

Hace un par de años propuse a mi hija de seis, que empezaba a ejercitarse en el arte de la escritura, un juego de destreza: poner por escrito “palabras increíbles”. Intrigada y divertida, tomó bolígrafo, papel y se dispuso a escuchar la primera que le disparé: “Esternocleidomastoideo”. Hay padres desalmados.

-¿Eso “esixte”? -preguntó sorprendida mientras empezaba a enlazar unas letras con otras. Cuando un momento después hubo completado la palabra, le pedí que la firmara y escaneé con orgullo el resultado.

Origen alfabeto-Esternocleidomastoideo

Esternocleidomastoideo. Cristina. Seis años. A mi querida -y lista- hija le había bastado un año de aprendizaje para pasar de la agrafía más absoluta a la capacidad de escribir con soltura cualquier palabra, por complicada o desconocida que esta fuera. Una niña china de su edad deberá contentarse con escribir el puñado de caracteres incluidos en el programa del primer curso escolar, y, por mucho que progrese adecuadamente, se hará vieja sin saber escribir todas las palabras posibles. Pero Cristina ha aprendido un sistema de escritura en que a cada fonema -o sonido, para entendernos- corresponde un signo: Cristina posee un alfabeto, y en él caben desde el principio todas las palabras del idioma, incluidas las que para ella todavía no “esixten”, como esta que nombra el músculo del cuello que va desde el esternón y la clavícula hasta la apófisis mastoides. Casi nada.

Hace 5.000 años Cristina habría tenido el estatus de un viejo sabio barbudo, solemne y respetado; hoy en día esta “sabiduría” es posible en una niña preciosa, expresiva y alegre, lo que, aparte de impulsar la difusión de la cultura escrita, hace que a un padre se le caiga la baba. Ella no sabe que cada letra que ha escrito fue hace 3.700 años el bello dibujo de un objeto, aunque, si un día se lo llego a contar, su cara se iluminará con una vivacidad especial. El objetivo de este artículo es provocar en vosotros una reacción semejante, pero -lo advierto- no debéis esperar que se me caiga la baba por ello.

UN “ALFABETO” PERDIDO EN LA SELVA JEROGLÍFICA

Si uno quiere conocer el origen de tal hallazgo, es preciso que se remonte a la escritura jeroglífica del antiguo Egipto, pues, aunque no constituye un alfabeto, en ella se encuentra la semilla de la que este nacería. Sobre los jeroglíficos abunda entre la gente común una idea equivocada: tendemos a pensar que son simples representaciones de ideas (ideogramas) y que pueden por tanto leerse usando cualquier idioma, más o menos como “leemos” las instrucciones de montaje de un armario de IKEA sin que importe si somos suecos, rusos o españoles.

Instrucciones

Instrucciones “escritas” mediante ideogramas no asociados a ninguna lengua en particular.

En realidad, los jeroglíficos fueron creados para representar palabras egipcias y oraciones construidas según la gramática egipcia, por lo que solo pueden leerse en egipcio. Los orígenes de esta escritura se remontan a fines del IV milenio a.C. Pero desde que dejó de usarse en el siglo IV d.C. hasta tiempos de Champollion, que la descifró en el XIX, los murales de los templos y palacios egipcios estuvieron mudos porque dominaba entre los sabios la creencia de que su lectura era cuestión de echarle imaginación a la interpretación de unos “dibujitos”.

Origen alfabeto-IsisY así, una inscripción como la que acompaña este párrafo (que contiene figuras de bastón, hoja verde, culebra, agua, trono, rebanada azul, huevo amarillo y diosa sentada) supuestamente debía de transmitir un mensaje en el que estuvieran implicados estos seres y objetos. Os podéis imaginar los disparates que resultaron de esta creencia. Más que estar mudos, los jeroglíficos se dedicaron durante aquellos siglos a decir tonterías por boca de los sabios. Hoy sabemos que esta inscripción es un verdadero texto, que se lee de arriba abajo y de izquierda a derecha. Su lectura es “dyed medew in ȝset” y significa ‘palabras dichas por Isis’. Debo decir que las vocales son mera suposición, ya que el sistema jeroglífico no permitía representarlas; en caso de duda (o sea, casi siempre, pues no hay ser humano moderno que haya escuchado la lengua de Ramsés) los egiptólogos leen convencionalmente una e.

Los “jeroglíficos” (palabra que significa ‘escritura sacerdotal’) forman un complejo sistema que en su época clásica constaba de unos 800 signos y que no puedo explicar aquí con detalle. Baste saber que hay básicamente dos clases de ellos:

1.-Jeroglíficos con significado. Son los logogramas (representaciones de palabras completas) y también los determinativos semánticos. Estos últimos, que no se leen, acompañan a palabras dudosas o ambiguas para orientar sobre su significado. Así, el signo del huevo puede acompañar a nombres propios femeninos y el de la rama a palabras que designan objetos de madera.

2.-Jeroglíficos fonéticos (sin significado). Son los fonogramas, que representan sonidos y deben unirse unos con otros para formar palabras significativas, y también los refuerzos fonéticos, que no se leen y acompañan a palabras dudosas para orientar sobre su pronunciación. Esta fue precisamente la llave que abrió a Champollion la escritura jeroglífica: la suposición de que, contra la creencia general, había en ella un importante componente fonético.

A los jeroglíficos de tipo fonético no podemos llamarlos propiamente letras, ya que la mayoría se leían con dos y hasta tres sonidos consonánticos (ligados por vocales que desconocemos), pero aquellos que equivalían a un solo sonido (los fonogramas “unilíteros”) no se diferencian esencialmente de eso que hoy entendemos por letras.

Origen alfabeto-Isis solaEn el ejemplo anterior, el nombre egipcio de Isis (ȝset, pronunciado más o menos “Aset”) se escribe juntando el fonograma del trono azul (que se lee con dos sonidos: ȝs) y el de la rebanada (el semicírculo azul, que se lee t). La vocal e debe suponerse, porque no está representada. Y ni el determinativo semántico del huevo (que informa de que lo anterior es un nombre propio femenino) ni el de la diosa sentada (que informa de que es además una divinidad) deben leerse mediante sonidos. De hecho, más de la mitad de los signos de un texto egipcio suelen quedar sin lectura, pues son simples redundancias que orientan al lector sobre el significado o la pronunciación de los que sí se leen.

Hay otros detalles que complican aún más el sistema. Por ejemplo, casi todas las palabras se pueden escribir usando distintas series de jeroglíficos; además, es frecuente que un mismo jeroglífico funcione en unos textos como logograma (con significado) y en otros como fonograma (sin él), o incluso como determinativo semántico o refuerzo fonético (sin siquiera lectura). Pero me vais a consentir que os ahorre los ejemplos, porque todo esto nos está apartando del tema. Lo que aquí nos interesa es que, al leer un texto egipcio, un número importante de jeroglíficos no representan una palabra con significado (como suele creerse), sino una serie de sonidos; y que aquellos que representan uno solo, como la rebanada del ejemplo (que se lee t), son ya una especie de letras.

Estos jeroglíficos unilíteros servían entre otras cosas para escribir los nombres extranjeros. Quienes conocéis los cartuchos reales de la Piedra de Rosetta, recordaréis que en ellos los nombres de los reyes egipcios Ptolomeo y Cleopatra (que son nombres griegos) están “deletreados” mediante jeroglíficos, según muestra la imagen siguiente. Téngase en cuenta que para esta época tan tardía (196 a.C.) la escritura jeroglifica ya había conseguido crear símbolos para las vocales.

Cartuchos reales que dieron a Champollion la primera pista en su desciframiento de los jeroglíficos.

Cartuchos reales que dieron a Champollion la primera pista en su desciframiento de los jeroglíficos.

Como se ve, la escritura jeroglífica es una verdadera selva llena de complicaciones y dificultades en la que, sin embargo, hay una especie de alfabeto disperso pidiendo que alguien lo extraiga y reúna como un sistema de escritura autónomo.

Sobre cómo un pueblo semita esclavizado en Egipto llevó a cabo esta insólita pero, en el fondo, simple tarea, tratará la segunda parte del presente artículo: LOS JEROGLÍFICOS Y EL ORIGEN DEL ALFABETO (2), que publicaré la semana que viene.

Hasta entonces.

Profesor LÍLEMUS

[Para Cristina, por supuesto]

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