En mi habitual punta de trabajo del mes de mayo, el viernes pasado pude hacer un paréntesis para asistir a una fiesta de cuarenta cumpleaños junto con algunas docenas de invitados. En ella, aparte de encontrarse, cenar, charlar y bailar hasta las tantas, se dijeron versos y se cantaron canciones con letras escritas para la ocasión. La cosa combinaba el humor afilado y la burla afectuosa, y la atmósfera creada resultó familiar y divertida. Mientras tomaba parte en aquello, por una asociación de ideas no del todo caprichosa, me vino a la imaginación la figura del poeta latino Marcial moviéndose entre los invitados, con la toga correspondiente y un gin-tonic en la mano. Lo siento, yo tengo estas cosas: como el sufrido niño de “El sexto sentido”, veo gente muerta.

MarcialEl gran Marco Valerio Marcial, que por cierto murió hace 1.900 años, era originario de la Hispania romana. Nacido en la ciudad de Bílbilis, cerca de la actual Calatayud, en el 64 d.C. se instaló en Roma, donde, tras años de penurias, de hacer la pelota a patronos influyentes y de escribir versos para malganarse la vida, llegó a alcanzar un éxito notable. Los emperadores Tito y Domiciano lo colmaron de honores, y sus obras llegaron a ser famosas en todo el Imperio.

Marcial es conocido en la historia de la literatura latina por haber llevado a su cima el género literario del epigrama. Es este una composición poética breve caracterizada por la concisión, la agudeza y el tono festivo o sarcástico, en general destinada a atacar con virulencia a personajes y grupos sociales, aunque los hay también de tema amoroso, funerario o elogioso. Su lenguaje es a menudo picante, atrevido, grosero o incluso obsceno, lo cual no ha ayudado ciertamente a su difusión en nuestro mundo, donde la literatura antigua tiene cabida sobre todo en la escuela.

Marcial-EpigramasLos epigramas de Marcial son intensamente afilados y mordaces. Por su obra desfila toda una galería humana: personajes vacíos y superficiales, médicos matasanos, escritores mediocres, pesados insufribles, pecadores de todo tipo, individuos llenos de taras físicas, viejos que disimulan su edad, antiguos esclavos que entierran su pasado debajo de mil lujos. En un alarde de humor, ni él mismo se salvaba de sus propias burlas; y solía jugar limpio: nunca utiliza la invectiva o el ataque personal, sino que prefiere enmascarar sus agudas observaciones bajo nombres imaginarios.

Aunque el epigrama es un género modesto, ocasional por naturaleza y destinado a no perdurar, de su obra conservamos nada menos que 1.554 poemillas, que publicó en quince libros a lo largo de su vida. Ahora bien, es de suponer que, para cuando fueron recogidas en forma de libro, algunas de sus composiciones ya circulaban de modo natural en un ámbito que los romanos adoraban: los banquetes, fiestas y recepciones. La elocuencia era una de las virtudes más apreciadas en Roma, un medio esencial para brillar en la vida pública (la política, la milicia, los tribunales, los negocios, la corte), y a ella estaba orientada una parte importante de la educación. Y en aquella Roma elegante y bulliciosa del Imperio, donde ser aburrido era uno de los peores pecados sociales, Marcial tenía que ser un huésped codiciado. La risa de sus conciudadanos hizo ilustre al hispano, como antes había hecho con el comediógrafo Plauto.

Por eso, cuando releo sus epigramas en la biblioteca mental, me gusta imaginarlos recitados desde uno de esos lechos en que los romanos se tumbaban a comer, beber, charlar y divertirse. No exactamente con un gin-tonic en la mano, sino con una copa de su querido vino de Falerno. Y es así como me gustaría que imaginarais el par de ejemplos que os he traído. Después de todo, el propio Marcial decía de sí mismo: “Possum nil ego sobrius; bibenti succurrent mihi quindecim poetae” (Sobrio nada puedo; si bebo, vienen en mi ayuda quince poetas).

Marcial-Cena

El primero se entretiene sin piedad en la burla de una mujer desdentada:

     Si memini, fuerant tibi quattuor, Aelia, dentes:
     Expulit una duos tussis et una duos.
     Iam secura potes totis tussire diebus:

     Nil istic quod agat tertia tussis habet.

          Si recuerdo bien, Elia, tú tenías cuatro dientes.
          Una tos se llevó dos, y otros dos una segunda.
          Ya puedes toser tranquila el resto de tus días:

          Nada tiene ya que hacer ahí una tercera tos. 

El segundo es más fino, y por eso mismo de un humor más pleno. Se trata de una forma sutil de llamar gorrón a un conocido:

     Hospes eras nostri semper, Matho, Tiburtini.
     Hoc emis. Inposui: rus tibi vendo tuum. 

          Eras huésped fijo, Matón, de nuestra casa de campo tiburtina.
          Ahora me la compras. Te he timado: te vendo tu propia finca. 

No sé si podéis escuchar –yo las oigo- las carcajadas en los lechos contiguos. Sin ninguna contención: a la latina. No estaban para nada locos, estos romanos.

Profesor LÍLEMUS

[Para Santi Echevarría, con quien acabo de recuperar el contacto a través de su blog Telegrama Turco. Él sabía encontrar en las clases de Latín las cosas divertidas de la cultura romana]

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