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La siguiente imagen reproduce el texto original del principio del versículo 17 del capítulo 20 del libro que el Tanakh judío llama שׁמות (Shemot, ‘los nombres’) y nuestra Biblia, Éxodo.

Casa-Exodo

En arameo antiguo se lee “Lo thahmod bith ri’ekha” y su traducción es “No codiciarás la casa de tu vecino”. He querido destacar en color azul el sentido de escritura y la palabra que tal vez, por inesperada, os haya sorprendido: la casa. El versículo completo repite a continuación el “no codiciarás” y añade otros motivos de la codicia humana que concluyen en un rotundo “nada”, para que quede claro que se estaba nombrando la parte por el todo: “No codiciarás la mujer de tu vecino, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto sea de tu vecino”. Pero su primera referencia es inequívoca y se dice aparte de las otras: bith ri’ekha, la casa de tu vecino.

Casa-Tablas de la Ley

El capítulo 20 del Éxodo, donde se recoge el Decálogo que Dios entregó a Moisés, no es un texto cualquiera: constituye algo así como el manual de instrucciones de la naturaleza humana. Al igual que cualquier otro manual, está escrito con la autoridad del fabricante, y tiene por objeto comunicar al destinatario del producto qué usos conducen a su buen funcionamiento y qué abusos, por el contrario, lo echan a perder. Y si de verdad el buen uso de su naturaleza sirve al hombre para alcanzar la felicidad, ya se ve que la envidia del bienestar ajeno lo arrastra a la ansiedad, la tristeza y la infelicidad, sin contar con que está en la raíz de toda clase de transgresiones al resto del decálogo: no está mal situada esta “instrucción” en último lugar. Pero lo curioso de todo esto es que el propio Creador, en su invitación a ennoblecer los deseos del corazón, identifique el bienestar humano con la casa.

Casa-Zubiate-Ceanuri

En este mundo de pisos, apartamentos y burbujas inmobiliarias es fácil perder el sentido de singularidad que un día tuvo la casa para la familia. La casa la planificamos, la construimos, la amueblamos, la habitamos, la personalizamos, la defendemos. En ella detuvimos un día la antigua trashumancia y quedamos instalados, y por eso la llamamos morada (del lat. morari, ‘detenerse’) y mansión (del lat. mansio, ‘permanencia, estancia’). En ella nacemos, crecemos, morimos, y es escenario de amores, entregas, proyectos, enseñanzas, amistades, dolores, ilusiones, y por eso la llamamos vivienda. Ella, la gran inmóvil, representa la continuidad de la familia ligada a una tierra, más allá del ir y venir de los individuos que la forman, y por eso la llamamos solar (de suelo) e inmueble (del lat. inmobilis). En ella nos declaramos legalmente establecidos para el cumplimiento de las obligaciones y el ejercicio de los derechos, y entonces la llamamos domicilio. A ella se dirigen quienes nos buscan, y la llamamos dirección. En ella, en fin, sentimos el calor acogedor del fuego que nos reúne, y la llamamos hogar (palabra emparentada con hoguera).

Casa-Les Fleurs-ArcachonEs cierto que la casa pertenece a la persona, pero hay algo más en ella, un sentido distinto y personal de pertenencia que la convierte en la más espiritual de las posesiones materiales. También poseemos animales, vehículos, dinero, utensilios, pero la casa tiene entre nuestros bienes una nota distintiva: es capaz de contener al resto de los bienes y a nosotros mismos. No es la casa la que pertenece al hombre, es el hombre quien pertenece a la casa, igual que pertenece a su familia o a su tierra. Y eso hace de ella su más auténtica y sagrada pertenencia.

Por eso la casa es motivo de orgullo y también causa de elementales envidias. Dios sabe lo que dice y cómo lo dice.

Profesor LÍLEMUS

[Para Jaime y Javier, que hace tiempo asistieron con afecto a mis clases y acaban de incorporarse a este blog]

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