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Orion-ConstelacionLa noche se ha cerrado sobre cierta playita perdida en medio de la nada. El profesor Samuel Lílemus, sentado en un taburete plegable de campo, acaba de apagar la linterna roja antes de colar por fin la vista en el ocular del telescopio recién montado. En el interior del tubo óptico, la nebulosa de Orión es todavía un vago velo luminoso sobre las estrellas que forman la espada colgada al cinturón del gigante mitológico. La oscuridad aún se tomará un tiempo en dilatar las pupilas del profesor, multiplicando así el poder de las lentes y espejos del artefacto. Viniendo desde su espalda a la playa solitaria, el aire trae confundidos el sonido y el olor del negro mar.

Lílemus sabe que esa imagen en la que, poco a poco, van naciendo matices azulados ha recorrido una distancia superior a los 1.300 años luz -el dato lo van refinando año tras año los científicos- hasta llegar a sus ojos. Los árabes aún no habían cruzado el estrecho de Gibraltar cuando de esta remota región del espacio partieron, como manada fugitiva, los mismos fotones que ahora están siendo atrapados en la jaula circular del telescopio.

Orion nebulosa-01

Lílemus sabe también que en medio de esa enorme nube de polvo y gas hay estrellas increíbles. Acostumbrado a considerar la edad de nuestro Sol, de unos 4.500 millones de años, la estrella principal de esta región (Theta 1 Orionis C) resulta ser un bebé de poco más de un millón de años. Pero un bebé gigante de masa equivalente a 40 soles, 250.000 veces más luminoso que él y con una temperatura superficial de entre 40 y 45.000 grados (unas siete veces mayor, según los cálculos actuales). La enormidad de su masa obligará al coloso a quemar en breve tiempo todo su combustible para compensar la poderosa acción de la gravedad (que tiende a comprimirla) mediante la generación de energía por reacciones nucleares (que tiende a expandirla). Y así, dentro de unos pocos millones de años, Theta 1C, tras una movida pero fugaz infancia, morirá espectacularmente como una supernova.

Lílemus podría recordar también que la nebulosa de Orión es un activo vivero de astros. Los vientos estelares generados en sus jóvenes estrellas, cientos de veces más fuertes que los del Sol, forman imponentes ondas de choque al encontrarse con el gas de la nebulosa, compactándolo en concentraciones más densas, de las que un día nacerán nuevas estrellas.

Pero lo cierto es que Lílemus ya no recuerda nada. El tiempo ha pasado y la nebulosa del ocular ha terminado de abrir por fin su variado abanico de azules. Es fácil ahora dejarse hechizar por la visión, imaginar íntimamente la inmensidad del espacio, el frío del espacio, la soledad del espacio. Hace ya unos minutos que el mar no danza en sus oídos ni el olor de la arena le golpea la cara. En su concentración le llegan sin palabras, como una idea informe, los versos de Rubén Darío:

          Eres un universo de universos
          y tu alma una fuente de canciones.
          La celeste unidad que presupones
          hará brotar en ti mundos diversos.
 

Ya Lílemus se encuentra más allá, al otro extremo de la visión, en el interior de una nebulosa lejana que a su vez ha penetrado profundamente en su interior, desatando pensamientos inquietantes, hipnóticos. Hay noches en que el telescopio se vuelve nave espacial y le conduce a una borrachera de vértigo y adrenalina. Conoce las fotografías increíbles obtenidas con los grandes telescopios, plenas de detalles y colores, lo que no hace más que llevar esta experiencia de la soledad del cosmos a un límite irremediable, insufrible. Pero la adrenalina es adictiva, y si alguien estuviera mirando la escena desde algún lugar de la playa vacía, vería al profesor persistir un buen par de minutos antes de levantarse repentinamente del taburete a mojar los pies en la realidad de la orilla. Hay que tomar tierra como sea.

La nebulosa de Orión fotografiada por el telescopio espacial Hubble.

La nebulosa de Orión fotografiada por el telescopio espacial Hubble.

El frío del agua le trae el recuerdo difuso de una idea largamente paladeada en el pasado, tomada del libro “Prosa del observatorio”. En esta obra Julio Cortázar recrea el observatorio astronómico que el marajá Jai Singh mandó construir en la ciudad de Jaipur en la primera mitad del XVIII:

“Jai Singh asciende los peldaños de mármol y hace frente al huracán de los astros; algo más fuerte que sus lanceros y más sutil que sus eunucos lo urge en lo hondo de la noche a interrogar el cielo como quien sume la cara en un hormiguero de metódica rabia: maldito si le importa la respuesta, Jai Singh quiere ser eso que pregunta, Jai Singh sabe que la sed que se sacia con el agua volverá a atormentarlo, Jai Singh sabe que solamente siendo el agua dejará de tener sed”.

De izquierda a derecha, Orión, Tauro, las Pléyades.

De izquierda a derecha, Orión, Tauro, las Pléyades.

Al comprender con los pies la inmediatez de la vida, Lílemus puede sentirse de nuevo tranquilo. Ya de vuelta al taburete, levanta los ojos desnudos –por el momento no habrá más telescopio- al cercano cielo de abril, a la figura familiar de la constelación de Orión, de Tauro, de las Pléyades que cantó en la Antigüedad la poetisa Safo:

          Se han puesto ya la Luna y las Pléyades. Ya media
          la noche. Las horas avanzan, pero yo duermo sola.
 

Nunca ha habido en el profesor contradicción entre ciencia y poesía. Le divierte oír hablar de “verdad científica” y “belleza poética”, ahora que los años le han enseñado a apreciar la belleza de la ciencia y la verdad de la poesía. Ambas son necesarias, pero si la primera es una necesidad colectiva, en nuestro devenir individual, sin embargo, necesitamos la guía cordial de la segunda.

Por eso –piensa- deberíamos poner a cada una en su sitio. Porque la ciencia es una estrategia nunca perfecta, en la que hablamos a la Naturaleza con la intención de obligarle a responder. La poesía, en cambio, es un arte logrado: el arte de hablar solo, sabiendo que la Naturaleza se morirá por sumarse a la conversación.

[Para Arsenio Álvarez, que nos enseñó en la adolescencia a “humanizar la técnica” en su proyecto Áncora]

[Para Gemeu, que sabe crear bellos mosaicos con teselas de ciencia y poesía]

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