Unas  horas antes de escribir estas líneas he sabido que el accidente aéreo de Seyne-les-Alpes fue provocado por el copiloto Andreas Lubitz, y todavía me encuentro doblado, intentando encajar este golpe bajo de la inmisericorde actualidad. Un accidente debido al fallo de una máquina, incluso a un error humano, al final nos acaba consintiendo el mullido consuelo del azar. Pero saber que todo se ha debido al acto deliberado de un hombre nos sobrecoge y nos avergüenza y, lo que es peor, nos hace desconfiar de la misma naturaleza humana, cuya imperfección, en otras circunstancias, estaríamos dispuestos a cobijar bajo el paraguas del errare humanum est. Hoy el comprensivo paraguas ha quedado desarmado por un inesperado golpe de viento y vamos a tener que aguantar a pelo el chaparrón.

Reglamentos-Airbus-A320

Otras cosas se han sabido: que el copiloto Andreas Lubitz (lástima me da el hombre) había superado todas las pruebas psicológicas exigidas para formar parte de una tripulación de vuelo; que era “ein sehr netter, lustiger und höflicher Mensch” (‘una persona muy agradable, divertida y educada’) en opinión del director del club de vuelo donde había obtenido su primera licencia; y también que este accidente nunca se habría producido antes de los atentados del 11-S en Nueva York. En efecto, tras aquella tragedia se introdujeron cambios en los protocolos de seguridad y se blindó la cabina de pilotaje de las aeronaves para defenderla de cualquier ataque exterior; incluido el “ataque” del desesperado comandante Patrick Sonderheimer que, de regreso del servicio y armado con un hacha, trataba de tumbar la puerta y salvar la vida de 150 personas.

Y otra cosa no se sabe todavía, pero se sabrá pronto: alguien traerá nuevos cambios a los reglamentos de seguridad aérea. Y es que todo este episodio me ha hecho pensar en algo que en realidad ya tenía pensado de antemano. Lo digo para daros la oportunidad de defenderos con dudas del texto que sigue, ya que pocas cosas hay tan peligrosas como un autor de blog a quien la realidad acaba de confirmar en sus ideas preconcebidas. Me estoy refiriendo a algo que llamo la “carrera reglamentística” y que es una de las peores herencias que nos ha dejado el movidito siglo XX.

Reglamentos-Bloque del Este

A principios de los años noventa dos hechos fundamentales e interconectados retocaron el curso de la historia humana: la caída del bloque socialista europeo y el fin de la carrera armamentística que durante décadas habían disputado los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Supuestamente el modelo socialista desapareció entonces de la política europea y se impuso en ella el estilo de las democracias occidentales, sin la amenaza de una eventual III Guerra Mundial en la que habría que tomar partido por uno u otro bando. Supuestamente.

En realidad, durante las largas décadas de socialismo se había gestado en los países del Bloque del Este un modelo de Estado que para 1989 ya había empezado a contaminar el modelo occidental y que logró sobrevivir a aquella caída. Todo había empezado en los orígenes mismos de los regímenes comunistas, cuando su aparato gobernante tuvo la certeza de que la mayoría de la población se resistiría a orientar espontáneamente el ejercicio de su libertad en dirección al “paraíso comunista”. Está claro que el misterio de la libertad humana es siempre desconcertante y a menudo cabreante, pero en esencia aquello era algo que ya se sabía desde tiempos del código de Hammurabi: que el ser humano, abandonado a su capricho sin la inspiración de los principios morales ni el freno de la ley, tiende a caer en la maldad, la injusticia y la trampa. La historia de la humanidad es en parte la historia de las explicaciones dadas y las soluciones propuestas a este problema. Me viene ahora a la cabeza, no sé por qué, una novela del premio Nobel William Golding que lo trata magistralmente. Lleva el ilustrador título de “El Señor de las Moscas” (1954), que es la traducción del nombre hebreo “Belcebú”.

Reglamentos-Lord of the fliesLa novedad del socialismo del siglo XX consistió en suponer que esta tendencia puede llegar a corregirse por la ampliación desenfrenada (hasta donde sea preciso) del ámbito de la ley. Partiendo de una profunda desconfianza del ser humano en su condición de individuo libre, era preciso que la acción del Estado sustituyese a la libertad individual en todos los órdenes de la vida donde fuera posible: la actividad económica, la educación, las relaciones familiares, los cánones artísticos, los modelos éticos, la corrección de las injusticias, el ocio, la religión, la promoción del deporte… Esto exigía una vigilancia total de las manifestaciones espontáneas de la vida, pero la alternativa habría sido reconocer la derrota del sistema, y ya se sabe que con las cosas de comer no se juega.

Así se produjo en el mundo comunista una hipertrofia del Estado que, armado con leyes, planes quinquenales, reglamentos y mecanismos de vigilancia, pretendía poner orden en la imprevisibilidad humana. Pero el final del socialismo europeo de Estado no supuso, como habría sido de esperar, la extinción del modelo mismo. La tan cacareada caída del muro de Berlín (en la que, por cierto, participé entusiasmado junto con un grupo de amigos) se quedó en simple derrumbamiento de una presa cuyas aguas ya habían empezado a fugarse con anterioridad e invadían de reglamentos el mundo occidental. Los cada vez más eficaces medios de vigilancia que la nueva tecnología ponía a su servicio, convencieron a los políticos occidentales de que aquel modelo (convenientemente traducido al lenguaje democrático pero esencialmente inalterado) seguía siendo válido para lograr los objetivos de cualquier acción de gobierno. Se abandonó la carrera armamentística, pero se emprendió en su lugar una vertiginosa carrera “reglamentística”. En esto se aprecian hoy muy pocas diferencias entre la izquierda y la derecha, ya que ambas parten de la premisa de que saben perfectamente lo que nos conviene a todos.

Jacques, Lílemus y Jens en Berlín (1990). Georg, el inspirador de aquella aventura, tomó la fotografía.
Jacques, Lílemus y Jens en Berlín (1990). Georg, el inspirador de aquella aventura, tomó la fotografía.

Si algo no marcha bien en la sociedad –cosa que los crímenes y accidentes de todo tipo nos recuerdan con frecuencia- o simplemente no se ajusta a los parámetros imaginados por el gobernante, la solución es fácil: basta crear al respecto una nueva legislación con sus mecanismos de vigilancia y castigo correspondientes. Y si el remedio no funciona, se aumenta la dosis y todo arreglado. Esta fiebre normativa la llevamos padeciendo en España desde hace tiempo con las sucesivas reformas del código penal, con leyes cada vez más invasivas que prometen acabar con la violencia doméstica, con el fraude fiscal, con los conductores peligrosos, con los fumadores públicos, con los maltratadores de aula, con los recalcitrantes que se resisten a rotular sus tiendas en la lengua autonómica de turno. Uno se pregunta cuándo imaginarán una ley terrible que disuada a los representantes públicos del robo del dinero público.

Reglamentos-Corrupción politica

En esta misma línea se van imponiendo la sustitución de la familia por el Estado en la educación de los valores, la injerencia de la Administración en casi todos los ámbitos de toma de decisiones (y de movimiento de dinero), la generalización de lo políticamente correcto como referencia moral única, los estándares de calidad estúpidos que se exigen en cualquier actividad empresarial, o el acaparamiento voraz de los recursos económicos, devueltos luego con cuentagotas en forma de subvenciones que garantizan la permanencia en el poder a quien las distribuye. Se confunde lo público (lo del pueblo) con el Estado, y al Estado con los partidos, con el consiguiente crecimiento del poder de estos a costa de la libertad ciudadana. Y cuando se produce un conflicto entre el Estado y el ciudadano particular, este lleva todas las de perder, ya que ese gigantesco Estado al que hemos atribuido la mayor parte de las decisiones públicas suele ser el principal infractor de sus propias leyes y reglamentos.

PADOVA 16 GIUGNO 2009 - INCIDENTE MORTALE SACCOLONGO VIA PELOSA

Poco importa que luego las estadísticas desmientan pertinazmente la eficacia de estas medidas y del sistema que las sustenta. Ni los accidentes aéreos, ni el aumento de muertes en la carretera o en el hogar, ni la pérdida de competitividad de las empresas, ni la parálisis de la universidad, ni los vergonzosos escándalos de corrupción impedirán que la mente enferma de nuestros gobernantes logre imaginar nuevas vueltas de tuerca en la asfixiante presión reglamentaria. La imprevisibilidad del ser humano ha estado tradicionalmente confiada al sentido común, a unos principios morales de enunciado muy general, a la autoridad de los mejor preparados y también a la acción persuasiva de las leyes. Pero nuestra sociedad escéptica ha renunciado a la acción benéfica de los principios, al sentido común y a la figura de la autoridad, y eso la empuja necesariamente a este inflacionismo legislativo y gubernamental, que bien sabrá encontrar nuevos e insospechados aspectos de nuestra vida susceptibles de ser reglamentados, prohibidos, obligados y vigilados. Hace falta un millón de reglamentos para sustituir a un solo principio moral.

En este marco de fe ciega en algo tan incompleto como un reglamento inscribo el fallo de seguridad que ha favorecido el crimen del copiloto. Y en este marco de inflacionismo gubernamental inscribo el hecho sorprendente de haber convertido el accidente de Seyne-les-Alpes en un asunto de Estado. La visión de Hollande, Merkel y Rajoy estorbando con sus séquitos y cuerpos de seguridad en pleno espacio de trabajo de los técnicos de rescate me ha hecho imaginar a un trío de payasos montando el espectáculo en medio del escenario de la tragedia. ¿No tenían nada mejor que hacer para mejorar la situación de los millones de personas cuya suerte depende de la buena gestión pública de asuntos que sí son de su incumbencia? Me temo que no: esta raza de modernos Gabi, Fofó y Miliki seguirán voceando ante nuestra sociedad infantilizada el “¿cómo están ustedes?”, no sea que a alguien le dé por decir que no se preocupan por los ciudadanos.

Reglamentos-Hollande-Merkel-Rajoy

Y cuando, como esta semana, suceda una desgracia que nos sacuda a todos, nadie se planteará si los protocolos de seguridad son omnipotentes, o si los tests psicológicos sirven para predecir comportamientos humanos, o si tal vez nuestra sociedad individualista y deshumanizada está gravemente enferma. El Gran Funcionario tomará el micrófono de la sala de prensa y se comprometerá públicamente a encontrar un culpable, siempre que sigamos dándole nuestro voto para crear nuevos reglamentos al respecto. Y de paso renunciemos a un espacio más de nuestra cada vez más menguada –no voy a decir libertad, que a estas alturas ya me parece para nota- intimidad.

No podemos saber qué sorpresas y consecuencias deparará la investigación de estos días en Francia y Alemania. Pero de una cosa estoy seguro: mientras el imprevisible copiloto Andreas Lubitz se lanzaba a tumba abierta con el pestillo de la cabina atrancado por reglamentos falibles, el Señor de las Moscas, invisiblemente recostado en el asiento que el comandante Sonderheimer acababa de dejar libre, tenía que estar cascándose de risa.

Profesor LÍLEMUS

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