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Hace unas semanas tratábamos aquí el origen de los modernos sellos de correos en la entrada ESCRÍBEME UNA PERDIDA. En ella, a partir de la anécdota apócrifa de la posadera que rechazó una carta alegando que no podía pagarla, os hablaba de la revolución que para el servicio de correos británico supuso la invención en 1840 de las estampillas. Hoy quiero contar cómo podía ser la carta que la posadera rechazó, lo que nos ayudará a visualizar el aspecto real de la correspondencia que se intercambiaban nuestros antepasados.

Sello de lacre

La apariencia de las cartas modernas, compuestas de una serie de hojas contenidas en un sobre al que se pega un sello de papel, habría resultado extraña entonces. En nuestros días, la confidencialidad del mensaje es tarea encomendada al sobre, pero en 1835 el sobre de papel era un producto manufacturado y caro. Usualmente era la propia hoja de papel escrita la que, convenientemente doblada, dejaba una cara libre donde apuntar la dirección del destinatario.

Precisamente la palabra carta significa originariamente eso: papel. En efecto, los griegos llamaban χάρτης (chartes) a la hoja de papiro, de donde el latín charta, ‘papel’, sentido que conserva actualmente el italiano (donde se llama floglio di carta a la hoja de papel) y aún sobrevive en nuestro cartón, con ese sufijo aumentativo que sugiere grosor y dureza.

La pintura tradicional ha practicado a menudo un género de obras cuyo motivo central es la lectura de una carta. En ellas es frecuente que la misiva en manos del personaje, habitualmente femenino, conserve bien visibles los pliegues originales, como se aprecia en el siguiente cuadro del año 1662.

Sello-Gerard Terboch-1662-Dama leyendo una carta

Se entiende que el plegado del papel servía para hacer la carta manejable y ocultar su contenido a ojos indiscretos, pero no bastaba para garantizar ni su absoluto secreto ni la autenticidad del remitente. En aquel mundo de comunicaciones lentas y complicadas no era tarea fácil verificar la autenticidad de una carta, lo que daba pie a fraudes y falsificaciones. Por eso se recurría para la comunicación cotidiana a criados de confianza que recorrían la ciudad entregando la correspondencia inmediata, pero para las largas distancias no había más remedio que emplear el servicio de correos. Era, pues, necesario cerrar sólidamente la carta con una señal identificativa para garantizar al destinatario que la misiva era de quien decía ser y que no había sido abierta ni espiada. Para ello se aplicaba en la unión de los pliegues una porción de lacre licuado con fuego, sobre el que se imprimía una marca en relieve mediante un sello. Al enfriarse, el lacre se endurece y la carta queda firmemente cerrada. El sello era una pieza metálica –a menudo adaptada a un anillo de dedo- que llevaba grabado en hueco el escudo de armas familiar o cualquier otra señal identificativa.

El cuadro siguiente, pintado en 1733, recoge todos estos elementos. Mientras el hombre prende una cerilla en la vela, la mujer sostiene la carta en una mano y una barra de lacre rojo en la otra. Sobre la mesa se encuentra, aparte de pluma y tintero, el sello metálico.

Sello-Mujer sellando una carta

La etimología de sello tiene su interés en este sentido. En latín la marca hecha con pintura o grabado sobre una superficie recibe el nombre genérico de signum. De su plural signa, ‘marcas’, viene nuestro sustantivo seña, y naturalmente sus derivados señal y señalar. El diminutivo latino de signum es sigillum, que significa por lo tanto ‘marquita’ y que se aplicó a la producida por presión de estos anillos identificadores sobre la cera o el lacre. De sigillum procede, por vía popular, sello; y, por vía culta, sigilo, que significó primero ‘sello’ y evolucionó más tarde a ‘secreto en que se guarda un asunto’ y hasta ‘silencio con que se hace algo’ (designando así el efecto con el nombre de la causa).

Al crearse las modernas estampillas de correos y popularizarse el uso de sobres, estos cumplían ya la tradicional función cerradora del sello de lacre. Así pues, el lacrado fue cayendo en desuso y la palabra sello pasó a designar las propias estampillas, aunque ni su forma ni su cometido eran los mismos. Otros idiomas mantuvieron nombres diferentes: el inglés (stamp y seal), el francés (timbre y sceau), el italiano (francobollo y sigillo), el alemán (StempelSiegel). Con todo, no parece que la desaparición de los sellos de lacre fuese inmediata. Buscando en la red he encontrado la fotografía de una de aquellas primeras cartas que fueron selladas con el Penny Black tras la reforma del servicio postal inglés de 1840.

Sello-Penny-Black-1840

Como podéis ver, el sobre es ya del tipo moderno, dotado de un cierre adhesivo, pero también se aprecian en su parte superior los restos de un sello de lacre, ya sea para cerrar más fuertemente la carta, o para identificar con certeza al remitente, o por simple hábito. En cualquier caso, este doble cierre da a entender que, para sus primeros usuarios, aquellos sobres que estaban asumiendo la función del antiguo sello no resultaban todavía suficientemente “sigilosos”.

Profesor LÍLEMUS

Si queréis conocer la historia de los primeros sellos de correos, podéis leer en este mismo blog la entrada ESCRÍBEME UNA PERDIDA.

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