Etiquetas

,

Profesor Samuel LilemusEl profesor Samuel Lílemus, armado con una densa, refrescante y probablemente merecida cerveza de trigo, se ha arrellanado en su sillón favorito delante de la televisión. Es día 12 de enero y en el Palacio de Congresos de Zúrich acaba de empezar la gala del Balón de Oro de la FIFA. No es que sea frecuente encontrar al profesor presenciando tales eventos, pero esta vez es diferente: entre los candidatos al premio de mejor jugador mundial de 2014 (Cristiano Ronaldo, Lionel Messi y Manuel Neuer) hay un portero, y Lílemus lleva años deseando que el trofeo salga de manos de los goleadores para ir a las de aquellos que garantizan la seguridad (porteros, defensas) y la construcción de juego (centrocampistas).

Finalistas-Balon de oro

Los goleadores están sobrevalorados en el mundo del fútbol, según parece. El gol –cada gol, incluidos los de penalti- es el resultado de un esfuerzo colectivo en que colaboran la disciplina posicional de los defensas, la paciencia y visión de juego de los centrocampistas, la precisión de los centradores, la puntería y saber estar en el sitio exacto de los delanteros y también la solidez de los porteros, que tiende a generar confianza general en el conjunto. Pero a fin de cuentas tanto las federaciones como la prensa deportiva acaban escribiendo con letras de oro los nombres de los máximos goleadores, extendiendo con distinciones individuales el error de que el mérito recae en quien da el último toque al balón antes de que entre en la portería. Por eso la simple posibilidad de que el premio de este año recuerde al público, especialmente el infantil, la realidad elemental de los deportes de equipo ha despertado la curiosidad del profesor.

Copa mundial-Vaso WeizenEl portero en cuestión, Manuel Neuer, es natural de Gelschenkirchen, la tierra del Schalke 04, donde empezó su carrera profesional, aunque lleva ya unos años atrapando balones para el Bayern de Múnich y también para la selección alemana. Bayern es el nombre alemán de Baviera; y de ahí la bávara cerveza que Lílemus saborea mientras cae en la cuenta de que la forma acampanada del típico vaso de Weizenbier (cerveza de trigo) guarda un sorprendente parecido con el trofeo mundial de fútbol que precisamente Neuer conquistó el pasado verano en Brasil.

Además, hace unas semanas Michel Platini, presidente de la UEFA, se ha manifestado claramente a favor de que el premio de este año vaya a parar a un integrante de la selección campeona del mundo. El que un diplodocus del establishment futbolístico se pronuncie de un modo tan claro ha hecho concebir esperanzas en el profesor. Esperanzas que con toda probabilidad resultarán frustradas. Así suele suceder. De hecho, Lílemus ya ha empezado a imaginar antes de tiempo cómo el speaker, llegado el momento culminante de la ceremonia, proclama ante la audiencia global el nombre de Cristiano Ronaldo. El portugués lo recibió por primera vez en 2008, cuando su extraordinario talento individual aún no había atisbado que el fútbol es un deporte de equipo. Y volvió a recibirlo el año pasado, ya en un estado de madurez deportiva digna de elogio, convertido en un verdadero capitán (llevara o no el brazalete), un primero entre iguales capaz de compartir el balón con inteligencia, de encender al equipo con su chispa y de producir con sus botas a lo largo de la temporada en 69 ocasiones –se dice pronto- la explosión final del gol. Y probablemente lo recibirá también este año. Sus formas siguen siendo un tanto mejorables, pero ese ha sido siempre su talón de Aquiles; por detrás de ellas, el fondo es el de un jugador renacido que parece haber superado ya su disculpable egoísmo juvenil.

Cristiano Ronaldo-Balon-de-OroAburrido de presentaciones y preliminares, el profesor sigue dándole a la imaginación con ojos extraviados. Y en ella, a través del turbio dorado de la cerveza, el portugués ya avanza sonriente por el pasillo del palacio, bien alta la cabeza donde cada mechón puntiagudo ocupa un lugar minuciosamente atribuido. Debajo de esta arquitectura engominada, la sonrisa impecable se abre para pronunciar, tras los saludos de rigor, las palabras que la terca imaginación del profesor le obliga a articular:

«Quiero darles sinceramente las gracias por este reconocimiento. Tal vez alguno de ustedes se esté preguntando cómo me siento en este momento. Se lo voy a decir: me siento solo. No veo aquí en el escenario a los compañeros que en la pasada temporada me ayudaron a conseguir este balón dorado. En realidad, decir que me ayudaron es ya un despropósito. Cuando ellos se preparaban a conciencia en los entrenamientos, cuando corrían hasta el límite de las fuerzas en los partidos, su meta no era “mi” balón de oro: luchaban naturalmente por el logro colectivo de la victoria, lucha que no veo representada en este trofeo individual.

»Lo recibí por primera vez hace seis temporadas, el mismo año en que fallé mi lanzamiento de la tanda definitiva de penaltis en la final de la Champions. Cuando, unos minutos después, terminamos logrando aquel título, recuerdo haberme tirado a llorar en el césped, en lugar de sumarme –con humildad de campeón que se resigna a la mirada burlona de millones- al abrazo en que se había fundido el resto del equipo. Los títulos se logran gracias a muchos aciertos y a pesar de muchos errores, pero aquel niñato que yo era no podía ni sospecharlo: había crecido deslumbrado y desorientado por tanta Bota de Oro, tanto Globe Soccer, tanto Balón de Oro, tantos onces ideales, tantos premios Puskás… Hoy vuelvo a recibirlo habiendo ya aprendido que el balón de fútbol de toda la vida –también este de oro- está hecho de muchos hexágonos y pentágonos cosidos entre sí para formar una esfera casi perfecta que rueda suavemente por el terreno. Y basta el desgarrón de una costura para que toda esa edificación redonda se venga abajo.

»Aquel chico había aprendido a jugar al fútbol en un descampado de su isla natal, en partidillos infantiles donde nadie quería jugar de defensa, ni mucho menos de portero: todos corríamos alocados como un enjambre de delanteros persiguiendo el balón. Y aquel chico les pide que hagan de los premios del fútbol un espejo de la realidad que sucede en el campo. Hagan ustedes que los niños de todo el planeta se sientan autores de cada gol que marca su equipo, sin considerar la posición que ocupan en el campo. Dividan este balón metálico en sus piezas: yo me sentiré orgulloso de recoger uno de sus doce pentágonos, o uno de sus veinte hexágonos o, mejor aún, una cualquiera de las noventa costuras que los mantienen unidos. Muchas gracias.»

O algo así. Quién sabe. Total, entre las tareas propias de un profesor siempre han ocupado un lugar importante los sueños.

Profesor LÍLEMUS

Anuncios