Farmacia-serpiente-copaLa farmacia es etimológicamente el lugar donde se preparan fármacos, elegante palabra griega que significa ‘medicamento, droga’. Sin embargo, hasta hace dos o tres generaciones al farmacéutico solía llamársele boticario y a su establecimiento, botica. La cosa debía de sonar demasiado rancia y castiza, pero lo cierto es que la botica también tiene su origen ilustre y griego: viene de ἀποθήκη (apotheke), lo cual no extrañará a quien conozca el nombre alemán de la farmacia: Apotheke. En realidad, el término griego designaba genéricamente un almacén o depósito, y esto explica tanto el sentido que tuvo botica en otro tiempo (‘tienda, lugar de venta’, conservado en el francés boutique) como el hecho de que a su familia de palabras pertenezca también bodega. A su vez, la raíz θήκη (theke) está en el origen de palabras castellanas que significan ‘depósito’, tales como biblioteca, pinacoteca, hemeroteca, discoteca.

higia-serpiente-copaLa etimología revela interesantes parentescos, pero me temo que esto nos aparta del tema. De las farmacias (o boticas) no interesa aquí el nombre, sino la imagen de la serpiente enroscada a una copa que suele aparecer en sus fachadas, o tal vez en su papel de envolver. Este símbolo se remonta a la mitología griega y, en concreto, a dos divinidades conectadas entre sí: la copa se relaciona con Higía, diosa de la salud, de cuyo nombre procede nuestra palabra higiene; la serpiente, con su padre Asclepio, dios de la medicina.

Asclepio era hijo de Apolo y la mortal Coronis, y fue entregado para su educación al centauro Quirón, quien le enseñó el arte de la medicina. Muy pronto el joven mostró sus habilidades y llegó a descubrir el modo de resucitar a los muertos. Temiendo Zeus que Asclepio perturbase el orden de la naturaleza, decidió echar mano de uno de sus rayos y fulminarlo (del latín fulmen, que significa precisamente ‘rayo’). Tras su muerte fue transformado en constelación, medio muy socorrido que en el mundo clásico servía a los dioses más poderosos para compensar de alguna manera sus arbitrariedades. La constelación no es por cierto una de las más conocidas: se trata del Ofiuco (‘el portador de la serpiente’), palabra emparentada con όφις (ofis), ‘serpiente’, de quien toma nombre el orden zoológico al que pertenecen esta clase de bichos (los ofidios). En general, al grupo de estrellas suele llamársele por el nombre latino equivalente: Serpentarius.

Ophiuco

La asociación del dios de la medicina con la serpiente se debe al simple hecho de que este reptil muda periódicamente la piel, por lo que en diversas culturas ha quedado como símbolo de regeneración e inmortalidad. En los templos de Asclepio, que eran a la vez una especie de hospitales, se usaban especies no venenosas en los rituales de sanación, y era normal verlas moverse en libertad por el suelo de las dependencias.

El más famoso de estos santuarios estuvo situado en la ciudad de Epidauro, en Peloponeso (Grecia). En el año 293 a.C., coincidiendo con una epidemia de peste en Roma, el senado de esta ciudad envió a Epidauro por mar una embajada que debía presentarse en el templo de Asclepio, a quien los romanos llamaban Esculapio. La historia es muy conocida y no tiene desperdicio. Resulta que la embajada regresó a Roma en barco con algunos ejemplares auténticos de las preciadas serpientes del dios. Al atracar la nave en los muelles del Tíber, uno de los animales se escapó, saltó al agua y nadó hasta la cercana isla Tiberina, donde se le perdió temporalmente el rastro.

Isla tiberina-Templo de esculapio

Es fácil imaginar que todo se debió a la negligencia de alguien, pero los romanos eran tipos más bien supersticiosos y el senado prefirió interpretar el hecho como una señal divina. Así, la isla fue consagrada a Esculapio, construyéndose en ella un santuario-hospital que practicaba curaciones de acuerdo con las prestigiosas técnicas de Epidauro. Posteriormente, en el siglo I d.C., los edificios de la isla fueron rodeados de un muro de piedra rematado en sus extremos por la forma de una proa y una popa, que daba al conjunto la espectacular apariencia de un barco navegando por el Tíber. La obra incluía un obelisco que ocupaba el lugar del mástil, lo que debía de mejorar sensiblemente el efecto.

Isla Tiberina-Roma antigua

El episodio de la serpiente es digno de meditación. A cualquiera se le ocurre que el asunto podría haberse resuelto con un sencillo y directo reconocimiento de responsabilidades: “Lo siento: he sido yo. Me despisté y se me ha escapado el bicho”. Pero en la historia de la humanidad esta clase de salidas, sin duda llenas de dignidad, han conducido en general a una triste vía muerta, salvo por su innegable contribución a nuestra experiencia común. En estos casos de error y duda, la fantasía humana suele arreglárselas para llegar más lejos y abrir caminos como Scott hacia la Antártida o Lope de Aguirre en busca de El Dorado. El errare humanum est siempre ha sido para nosotros un trampolín fabuloso. Y si no, que se lo digan a Colón, quien creó el sueño de la ruta occidental a las Indias bien pertrechado de errores cartográficos de bulto.

Esculapio-serpiente¿Por qué reconocer insulsamente la chapuza de la serpiente cuando era posible vestirla de acierto con la complicidad de nadie menos que el dios de la medicina? Por cierto, la consagración de la isla parece haber surtido efectos duraderos, ya que todavía hoy el recinto alberga dos hospitales. Pero dudo que en ello haya tenido algo que ver ningún dios de la medicina. La divinidad allí convocada, omnipresente en nuestra errática historia, fue bien otra: la diosa Fantasía.

Profesor LÍLEMUS

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