Si uno echa un vistazo al idioma verá que, en español, ni el verde, ni el azul, ni el amarillo: el rey de los colores es el rojo.

Cuando Jorge Manrique en sus famosas Coplas a la muerte de su padre quiere ponderar la hermosura de la juventud destinada a consumirse por obra del tiempo, describe así la belleza de un rostro juvenil:

          Decidme, la hermosura,
          la gentil frescura y tez
          de la cara,
          la color e la blancura,
          cuando viene la vejez,
          ¿cuál se para?

Botticelli-Retrato de mujer joven-1480La belleza de la cara reside aquí en tres elementos: la propia juventud (“frescura”), siempre llena de gracia (“gentil”), y dos cualidades cromáticas relacionadas con el bullir de la sangre en un organismo joven. Una de ellas es la blancura, es decir, la bella palidez del rostro que desparecerá cuando, por obra del tiempo, la circulación sanguínea superficial vaya obstruyéndose y el cutis empiece a amarillear. Por cierto, que esta palidez –por oposición a la morenez- ha sido tradicionalmente apreciada en nuestro mundo. Como dice una seguidilla popular:

          Aunque soy morenita,
         mi amor me quiere
          lo mismo que si fuera
          como la nieve.

La otra cualidad que aparece en la faz pintada por Manrique se nombra como “la color”, palabra que, especialmente en el género femenino (la color), significó ‘colorido del rostro’. Naturalmente, esa coloración que destaca sobre la palidez de la cara no es otra que el rojo de mejillas y labios, el cual con la vejez se volverá lívido, que es sinónimo de amoratado (y no de pálido, como a veces suponemos).

Esta especialización cromática del vocablo color explica que el adjetivo colorado aparezca ya a fines del siglo XV como sinónimo de rojo. Tal sentido es usual entre nosotros (se conserva en la expresión “ponerse colorado”), pero en general la palabra fue sustituida en la Península por encarnado, cuya relación original con el rostro queda patente al considerar que procede de carne. En cambio, colorado triunfó en el español de América, donde llegó a alcanzar un uso muy frecuente. En Uruguay existe un partido político de toda la vida llamado el Partido Colorado, en cuya bandera se muestra un sol sobre fondo rojo. También Paraguay tiene Partido Colorado, y también su bandera es roja (con una estrella, en este caso).

Bandera del Partido Colorado de Uruguay
Bandera del Partido Colorado de Uruguay

Al color encarnado o rojo muy encendido se le llamó en castellano rubor, palabra que más frecuentemente se aplica al color que la vergüenza saca al rostro. El nombre de esta tonalidad facial, que da lugar a verdaderas explosiones de belleza, está emparentado con rubio y también con arrebol. El arrebol es el color rojo de las nubes iluminadas por los rayos del Sol y se aplica, con metáfora llena de sugerencias, a este mismo color en el rostro femenino, e incluso al cosmético, por lo general de tonos rojizos, que las mujeres se ponen en las mejillas: primero para realzar el color natural de la juventud, más tarde para remediar su ausencia. Es decir, para responder con hechos, mejor que con vulgares y obvias palabras, a la inquietante pregunta de Manrique: “Cuando viene la vejez, ¿cuál se para?” (‘¿en qué se queda?’).

Arrebol

Alguno ya habrá caído en la cuenta de que a este cosmético de tonos rojizos lo solemos llamar con otro derivado de color: colorete. Y es que, en materia de colores, el rojo siempre ha sido el rey.

Profesor LÍLEMUS

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